La disputa por el control de las cadenas de valor del futuro gira en torno al litio. De este metal estratégico depende la transición energética global, los vehículos eléctricos, los sistemas de almacenamiento masivo, la inteligencia artificial, los satélites y buena parte de la arquitectura defensiva y tecnológica de las grandes potencias
Presenciamos, una vez más, cómo un recurso natural se convierte en el eje alrededor del cual gira la reconfiguración del poder mundial. Si el petróleo definió el siglo XX como el combustible de la movilidad y la guerra industrial, el litio se erige en el siglo XXI como el “oro blanco” que sostiene la nueva era: la transición energética, los vehículos eléctricos, los sistemas de almacenamiento masivo, la inteligencia artificial, los satélites y buena parte de la arquitectura defensiva y tecnológica de las grandes potencias. No se trata de un mineral más. Es el metal estratégico que permite materializar la electrificación del mundo y, con ello, la disputa por el control de las cadenas de valor del futuro.
El mercado global del litio obedece a una lógica concentrada. Mientras la minería se reparte entre Australia (líder actual en producción de espodumeno, es decir, litio en roca), Chile, Argentina y, crecientemente, China, el procesamiento y la refinación siguen dominados de manera abrumadora por empresas del país comunista, que controlan entre el 60 y el 80 por ciento de las capacidades mundiales de conversión en carbonato e hidróxido de litio, así como la fabricación de baterías. Esta verticalidad –desde la mina hasta la celda– no es casualidad: es el resultado de una ejecución planificada de escala, subsidios estratégicos y control estatal-privado que pocas naciones han logrado replicar.
En este contexto, México decidió en 2022 nacionalizar el litio y crear Litio para México (LitioMx) como expresión de soberanía. La medida, coherente con una visión de que los recursos estratégicos deben permanecer bajo control público, respondió a una larga historia de concesiones entregadas sin que el país desarrollara capacidades propias. Sin embargo, la realidad actual es elocuente: seguimos sin producción comercial significativa, el presupuesto de LitioMx es marginal –apenas alrededor de 14 millones de pesos en 2026, destinados casi exclusivamente a nómina– y el proyecto más avanzado –el de Sonora, con reservas de primer nivel mundial– permanece paralizado por el arbitraje internacional que Ganfeng Lithium (empresa china) mantiene contra el Estado mexicano en el CIADI [1].
Aquí surge la falsa disyuntiva que algunos sectores presentan con insistencia: o nos alineamos con Estados Unidos o nos entregamos a China. Este maniqueísmo simplista oculta la complejidad del momento y, sobre todo, evade la pregunta central de la soberanía concreta.
La agresividad de las empresas chinas en el mercado del litio no obedece a una maldad intrínseca ni a un designio imperial oculto. Es, en esencia, la ejecución racional y despiadada de la lógica del mercado global tal como existe hoy: quien llega primero con mayor escala, mejor tecnología integrada y mayor respaldo financiero, se queda con la mayor parte del valor. El vacío espacial que te produciría un terrible ahogamiento no es por maligno; simplemente mata a quien sale sin traje. La “violencia” del mercado del litio no es una maldad intrínseca: es la consecuencia de la asimetría existente que no nos ha dejado todavía construir el traje necesario: autonomía tecnológica, capacidad institucional, talento especializado y músculo financiero para operar de igual a igual.
Por eso resulta paradójico que algunos defensores abstractos de la soberanía señalen a China como amenaza existencial mientras ignoran que es precisamente una empresa china la que tiene a México demandado ante tribunales internacionales por el litio. Al mismo tiempo, el reciente Plan de Acción con Estados Unidos sobre Minerales Críticos (febrero 2026) genera suspicacias legítimas, pues Washington busca claramente asegurar sus propias cadenas de suministro para su seguridad nacional y su competencia con Pekín. Ninguna de las dos potencias actúa por altruismo. Todo es estrategia.
La relación con Estados Unidos es, también, asimétrica: un socio de enorme peso económico y tecnológico, pero también un actor que prioriza su propia hegemonía en la transición energética y la defensa. Sin embargo, el esquema construido a través de LitioMx como empresa pública, con el litio declarado de utilidad pública y nacionalizado, constituye un ancla que asegura la participación estatal en cualquier asociación futura. Esta estructura legal e institucional –donde el Estado retiene el control estratégico, la propiedad del recurso y la capacidad de exigir participación mayoritaria en valor agregado, transferencia tecnológica y estándares soberanos– impide que la asimetría derive en subordinación.
Es, precisamente, una herramienta para negociar desde una posición de fuerza mínima, no de entrega. De hecho, México está ensayando otras formas cooperativas entre el sector estatal y el privado que sean diferentes a las neoliberales APP tradicionales: esquemas donde la rectoría del Estado es innegociable, el valor agregado se queda mayoritariamente en manos públicas, y las alianzas se diseñan para fortalecer capacidades nacionales sin ceder el control estratégico.
Y aunque no lo parezca a simple vista, esta tarea ya es de corte multipolar: en un mundo que transita hacia una tripolaridad (o multipolaridad real) –con Estados Unidos, China y emergentes bloques del sur global–, México no puede permitirse alineamientos ciegos. Como exploré en una columna anterior (“Doctrina Monroe 2.0: el fin de la globalización y la emancipación real”), el viejo sistema neocolonial intenta perpetuarse mediante mecanismos de emergencia, pero la historia avanza hacia la emancipación sustantiva del Sur global a través del desarrollo industrial planificado y la resistencia inteligente. El litio mexicano puede ser una palanca en esa dirección.
La verdadera soberanía en esta nueva era no consiste en cerrar las puertas por miedo a la “agresividad” ajena, ni en abrirlas de par en par bajo la ilusión de que el más fuerte será generoso. Consiste en construir el traje espacial: desarrollar fuerzas productivas propias, generar conocimiento tecnológico soberano (especialmente para el procesamiento de nuestras arcillas de Sonora, distintas a las salmueras sudamericanas), formar capital humano y diseñar asociaciones donde el Estado mantenga el control estratégico y la mayor parte del valor agregado.
México tiene reservas importantes y una ubicación geopolítica privilegiada. Pero carece aún del traje. La emancipación real pasa por dejar de ver el litio solo como un recurso a defender y empezar a concebirlo como palanca para un desarrollo industrial planificado que nos permita negociar bajo un piso base de soberanía en el mundo multipolar que se está configurando.
No hay relación de dominio que no implique resistencia. Pero la resistencia inteligente del siglo XXI no es el aislamiento, sino la construcción paciente y decidida de capacidades propias. Solo así el vacío del mercado global dejará de ser letal y se convertirá, simplemente, en el entorno donde una nación soberana puede respirar y avanzar.
Referencia:
[1] Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones.
Óscar David Rojas Silva*
*Economista (UdeG) con estudios de Maestría y Doctorado (UNAM) sobre la crítica de la economía política. Es director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre. Académico de la FES Acatlán y la UAM Xochimilco.
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