La democracia neoliberal y el chantaje del Partido Verde y el PT

La democracia neoliberal y el chantaje del Partido Verde y el PT

FOTO: MARIO JASSO/CUARTOSCURO.COM

Todo mundo sabe que el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT) intentan chantajear a la presidenta Claudia Sheinbaum porque tienen pavor de que se les disminuya el dinero a los partidos políticos y se terminen los plurinominales en el Senado (en la Cámara de Diputados, el Poder Ejecutivo decidió mantener esa figura organizada conforme a niveles de votaciones). La respuesta fue contundente: la primera mandataria se negó a ceder y regresó el balón para que esos partidos queden solos frente a la ciudadanía, y no tengan como parapeto nada más que sus propias decisiones. Aunque han intentado maquillar el debate con palabras rimbombantes y pretenciosas, con supuesta teoría política hegemónica, lo cierto es que lo que más les preocupa es el dinero y el poder.

Como he expuesto en otros espacios, lo que se presenció entre 1996 y 2000 no fue la “transición a la democracia” en abstracto, sino “la transición hacia la democracia neoliberal”. Esa aclaración es fundamental para entender un proceso que implicó una mercantilización radical y profunda de la política y del método de las elecciones. Los partidos se convirtieron en empresas, los candidatos en mercancías, las campañas electorales se volvieron marketing, los ciudadanos se tornaron consumidores y el voto en moneda de compra. La democracia neoliberal sometió a los partidos a una libre competencia, y la colocó al centro de su contenido ideológico a tal punto que se consideró que, si no existe, entonces no hay democracia. Basados en ese fundamento ideológico es que aseguran, a mansalva, que ni en Cuba ni en Venezuela tienen democracia.

El punto es que, al neoliberalizarse la democracia, también lo hicieron los partidos políticos; se convirtieron en órganos extremadamente pragmáticos que dejaron de interesarse por representar a sectores concretos de la sociedad y optaron por agarrar todo el voto que les cayese sin importar los compromisos contraídos. El dinero se convirtió en su fundamento, y la lógica de libre competencia les obligó a profesionalizar al máximo sus burocracias internas y prepararse para las campañas electorales y mercantiles, así como a verticalizar la toma de decisiones para hacer más eficiente su marketing.

Los partidos-empresas se volvieron más oligárquicos y más elitistas con la intención de eficientar los procesos de toma de decisiones, pues todo mundo sabe que es más fácil tomar decisiones en un cuarto cerrado (war-room le llaman) con un puñado de tecnócratas, gestores de estadísticas, diseñadores y managers de redes sociales, que hacerlo en debates con las militancias en congresos abiertos. En resumen, entre menos democracia, es más fácil competir en las elecciones, pues las decisiones se pueden tomar entre grupos reducidos de personas. Lo importante ya no es guardar la relación de representación política, sino ganar candidaturas a toda costa para mantener las cuotas de dinero y poder que dejan los cargos públicos.

Cuando la gente dice “todos los partidos son iguales”, realmente están identificando algo del problema de fondo: la neoliberalización de la democracia alcanzó a todos los partidos, ni uno se ha salvado de la mecantiliación ni de la oligarquización porque, si quieren seguir siendo competitivos, tienen que asumir las mismas reglas del juego y perfeccionarlas al máximo. En ese sentido, los partidos pequeños no fueron la excepción, y como todos, crearon mecanismos de ventajismo con esas pautas.

El PVEM, por ejemplo, se convirtió en uno de los partidos más oportunistas y mentirosos ideológicamente hablando, y aprendió a lucrar con el tema ecológico para extraer dividendos. Si realmente les importara el medioambiente, tendrían que señalar a los verdaderos culpables de la catástrofe climática que son los grandes capitalistas, y eso nunca lo han hecho; en su lugar, prefirieron pactar con ellos para lavarles la cara y obtener la mayor cantidad de beneficios posibles. Además, para mantenerse en el negocio de la democracia (sí, el neoliberalismo convirtió la democracia en un negocio), adoptó la estrategia de aliarse con el partido del gobierno en turno. El pragmatismo del PVEM le llevó a utilizar a su partido-empresa como una moneda: intercambia sus votos por gobernabilidad, sin importar la ideología de fondo.

Aquí el tema interesante es que Morena y la 4T sabían desde el principio lo que era su nuevo aliado, y, sin embargo lo aceptaron por sus votos. A cambio, le entregaron decenas de diputados y diputadas, municipios y hasta la gubernatura de San Luis Potosí, un gran regalo del neoliberal Mario Delgado. Ahora, ese mismo partido asume su nueva posición de ventaja obtenida y apela al chantaje para que la nueva reforma electoral no ponga en riesgo su estatus, poder y dinero. Desde luego, no dice que, sin la 4T, el PVEM no sería nada ahora.

Por su parte, el PT se ha promovido como un aliado “leal” de la 4T, pero lo que pasó en el fondo es que simplemente leyó bien desde el principio el significado y alcance del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, y se ancló a él como miles de políticos en este país. Ese partido comprendió que tenía que mantener su apariencia de izquierda para recibir el rédito político-económico que llovía bajo la legitimidad electoral de AMLO, pero, en este momento que se pone en cuestionamiento su subsistencia económica, obviamente da el salto, pues sabe los costos que ello implica.

En el fondo, las propuestas de la nueva reforma electoral de la presidenta son sencillas y realizables, ni siquiera se ha planteado el desmantelamiento de la democracia neoliberal, sólo busca incrementar la captación de dinero por parte del fisco del Estado, con la intención de sostener los programas sociales en el mediano plazo, pero, como está tan arraigado el sistema, reducir el 25 por ciento de los ingresos de los partidos políticos representa a todas luces disminuir las canonjías económicas que les permiten vivir de lujos, lo que, desde luego contrasta con el eje rector del discurso obradorista.

Si bien, la austeridad republicana no desmonta terminantemente la organización neoliberal de la democracia, la 4T considera que el motivo de la desigualdad es la corrupción y el dispendio; no obstante, el verdadero problema es la explotación de una clase sobre otra que otorga riqueza y forma oligarquías. Y la cosa está tan mal que la austeridad republicana se convierte en algo que descoloca los privilegios de los que han vivido los partidos-empresas mexicanos durante décadas. Fijar límites, reducirles el presupuesto y aumentar la fiscalización puede abonar positivamente en el sentido de que las oligarquías partidistas comprendan que deben vincularse directamente a los intereses de sus representados.

El PVEM y el PT no habían hecho más que recibir privilegios y ganancias de la 4T sin reformarse. Ahora, si quieren mantener de verdad su alianza con la presidenta, tienen que ceder un poco y asumir que no todo puede ser ganar-ganar. La sociedad mexicana está observando quién sí está dispuesto a aportar a la transformación y quién no. Si el PVEM y el PT continúan por la misma ruta, se comprenderá claramente su toma de postura. Ello, desde luego, no está exento de posibles traiciones, sobre todo del PVEM que tiene en su ADN el oportunismo impregnado; por eso, su berrinche es una advertencia para la presidenta y sus subalternos: la ruta sigue estando por la izquierda, no por la derecha. Ahí, ni la presidenta ni la 4T encontrarán aliados leales.

Se ha repetido hasta el cansancio que había que admitir a todos, incluidos a los agentes de la derecha porque, una vez que ingresaran a la 4T, se volverían buenos y podrían redimirse. Lo que se observa con casos como los de los escándalos recientes del PVEM, Julio Scherer, Sergio Mayer, Mario Delgado, Adán Augusto, Ricardo Monreal etc., es que la cantaleta de que la derecha puede ser una gran aliada es falsa. La derecha se formó ideológicamente con cierta cultura política, aprendieron a actuar con traiciones, ventajismos, clientelismos y servilismos al gran capital, entre otros vicios. Traerlos no solo es incorporar personas, sino sus culturas, prácticas y métodos de actuar. En la 4T deben entender que las derechas solo se alían mientras tengan ganancias, después, simplemente se pueden voltear y buscar otro postor mejor, o chantajear permanentemente hasta que obtengan más dinero y poder. ¿Qué tanta fuerza están dispuestos a seguirles cediendo a esos agentes? ¿Cuánto tiempo seguirán defendiéndolos a capa y espada?

Por lo mientras, continuar con la reforma electoral es un buen paso, da cuenta de que es mucho más valioso y profundo mantener los principios que el pragmatismo de ganar a toda costa en una lógica mercantilista de la política.

 

Pablo Carlos Rojas Gómez*

*Doctor en ciencias políticas y estudios latinoamericanos. Investigador del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS-UNAM).

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