Durante el neoliberalismo se propagaron ideas económicas basadas en la noción de “libre mercado”, como que el equilibrio y el mayor bienestar colectivo posible surge solamente de la posibilidad de que las fuerzas de la oferta y la demanda se equilibran solas, y le dotan a la sociedad de un sistema de precios tal que le asigne a cada uno lo que le corresponde. De esta manera, la riqueza y la pobreza son asignadas desde este mecanismo impersonal, pero con sanciones distintas: el pobre es pobre porque quiere, mientras que el rico no tiene la culpa de serlo.
Al ser mediada por la noción del mercado, la carga de la responsabilidad de los males sociales se diluye, y desaparece la verdad del mercado mundial: una forma estructuralmente desigual que, de acuerdo con el Informe sobre la desigualdad global 2026, el “10 por ciento más rico posee 75 por ciento de la riqueza global”, a lo que se le suma la existencia sistémica de empresas gigantescas, poderes oligopólicos “compitiendo” contra pequeñas y medianas. El “equilibrio” alcanzado –si es que se le puede llamar así– es permitir un flujo diferenciado de ganancias, aquellas que monopolizan los ingresos derivados de la actividad de alta tecnología y están constreñidas a la actividad de bajo impacto tecnológico.
Esto nos lleva a comprender una característica esencial del mercado mundial en el que se desenvuelve la comunidad internacional: esta fuerza implica la generación de rentas tecnológicas que garantizan que las empresas más grandes se expandan cada vez más, mientras que las pequeñas y medianas se quedan rezagadas sin poder dar saltos tecnológicos. No hay escenario más terrible para una economía que verla perder su propio mercado frente a competidores más fuertes. De aquí que el Estado tenga que intervenir para proteger el territorio económico nacional.
Debemos insistir en que el mercado no es un ente abstracto sino que es el resultado de la correlación de fuerzas entre bloques regionales; y el estado actual de cómo se relacionan los países, cada uno de ellos tiene estructuras diferenciadas, sistemas de crédito distintos, niveles tecnológicos diferenciados, posiciones geográficas variadas, así como niveles de escala disímbolas, la relación entre un país y otro con asimetrías en la magnitud de sus productos internos brutos es de lo más relevante. El desarrollo de los diferentes países tiene ritmos singulares que en algún momento generarán tensiones o sinergias pero que, en todo caso, es necesario que cada Estado nación tenga su propio criterio de acuerdo con sus planes y necesidades estratégicas.
Es verdad que durante el neoliberalismo el concepto de mercado quedó en este nivel de abstracción que lo hace aparecer como una fuerza homogénea y monolítica, pero esto sólo fue así en tanto este periodo significó para los países que lo padecimos la apertura indiscriminada y la imposibilidad de decidir sobre el ritmo y condiciones de circulación de los capitales por nuestros mercados internos. El mercado es un pésimo amo, pero un excelente esclavo, por lo que el antídoto para la violencia del mercado es, precisamente, ejecutar políticas industriales, mismas que representan los criterios y planes con los que se establece la relación entre el mercado interno y el mercado internacional.
Pero la noción de “mercado” desde el mundo multipolar post-neoliberal funciona de otra manera. Es un hecho que el mercado interno no se encuentra aislado del exterior, sino que su estructura va a depender simultáneamente de lo que esté ocurriendo en otros territorios; es decir, el mercado interno es desde su concepto ya mundial, pero esto no significa, insistimos, que no puedan existir políticas para modular esa interacción a un ritmo de desarrollo anclado en los propios objetivos, o sea, medidas que puedan atenuar o evitar los efectos nocivos de la recepción indiscriminada.
El hecho es que el mercado mundial actualmente desplegado ahora tiene por base la inter-dependencia sistémica, el comercio exterior no se trata de exportación de simples mercancías sino de capitales –tanto productivos como financieros–, por lo que es imposible pensar en una autarquía. Por ello, la política comercial es, inmediatamente, una política industrial, ya que de la base productiva depende la fuerza relativa de negociación con otras economías, la soberanía se vuelve sustantiva cuando se alcanza determinado grado de desarrollo productivo.
El mercado, así, se descubre no como un demiurgo totalitario, sino como un sistema de coordinación. La multipolaridad funciona bajo el principio del beneficio mutuo en el que las relaciones dejan de basarse, como en el mundo unipolar, en imponer la forma política del Estado en esos países (Consenso de Washington) al sistema en el cual la forma política es indiferente para la forma del intercambio económico. La multipolaridad significa interdependencia económica, pero independencia política. Cada pueblo tiene una historia y circunstancias diferentes por lo que no hay nadie mejor que la soberanía popular para definir sus propias formas de renovación social productiva.
En suma, el nuevo momento exige comprender una realidad concreta: país que no tiene una política industrial activa y un plan de mediano y largo plazo está entregando su soberanía al “pésimo amo” llamado mercado. No se trata de que esto beneficie o no a una hegemonía u a otra sino del núcleo esencial: el fortalecimiento del propio polo económico dentro del mercado multipolar.
Resulta evidente que estos principios están en construcción y no será sencillo que el viejo poder unilateral acepte gustoso su inevitable destino; pero es necesario, como parte del entendimiento de las nuevas políticas industriales, enunciar con claridad el horizonte al que se busca arribar. México –al ser parte del mercado norteamericano– tiene una complejidad aún mayor para alcanzar estos objetivos, por lo que la estrategia no se presentará de forma lineal sino a través de una serie de resistencias, que incluyen la inercia de seguir pensando al mercado como el amo absoluto.
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