¿Qué mensajes hay en la nueva dirigencia de Morena?

¿Qué mensajes hay en la nueva dirigencia de Morena?

Foto: Morena

El problema de Morena comenzó de manera paradójica: al mismo tiempo que su fundador llegó a la presidencia de la República (un objetivo por el que mucha gente luchó durante años), se gestó una crisis porque el partido dependía excesivamente de su liderazgo y, en su ausencia, los grupos internos extraviaron su brújula, no tenían independencia real y por eso solicitaban instrucciones que pusieran orden desde adentro. En lugar de ser una vanguardia de la transformación, el partido se volvió una carga o, mejor dicho, la retaguardia del gobierno, al actuar simplemente como reacción o seguimiento ante lo que hacía el presidente.

Yeidckol Polevnsky intentó dirigir Morena como lo hizo con la Canacintra (Cámara Nacional de la Industria de Transformación), sin embargo, no comprendió que un partido tiene un carácter más ideológico y de disputa, algo que le faltaba por completo a ella, además de su carencia total de conciencia de clase –o quizá sí la tenía y por eso servía más bien a los empresarios antes que a los sectores populares–. Alfonso Ramírez Cuéllar estuvo muy poco tiempo y nunca fue bien visto por los ojos de Andrés Manuel López Obrador, quien harto por los desacuerdos internos demandó de tajo uniformidad –o unidad, como dirían después– para garantizarse estabilidad política partidista, y optó por intervenir y convocar a una encuesta abierta que tuvo como destinatario a Mario Delgado, alfil de Marcelo Ebrard, con quien AMLO quería llevar la fiesta en paz a sabiendas de que se acercaban las elecciones presidenciales.

Mario Delgado atizó la crisis de Morena, le echó gasolina al fuego e introdujo al por mayor amigos suyos provenientes de una camada neoliberal disfrazada de progresista, lo que allanó el camino para un chapulineo masivo que careció de contenido de izquierda. Realmente las elecciones de 2021 y 2024 no las ganó Delgado, como tanto afirman sus defensores, sino el arrastre, fuerza y legitimidad de AMLO, que mantuvo en su forma de gobernar una altísima popularidad y aprobación. La convocatoria a una disputa abierta para lograr el Plan C y la reforma judicial fue la verdadera bandera que llevó a los triunfos electorales de esos dos procesos, y eso, hay que decirlo bien claro, fue una estrategia de AMLO, no de Delgado, que simplemente se contentó con subirse a la legitimidad del presidente y a dejarle la decisión de las candidaturas más fuertes. Ello, a cambio de que él, sigilosamente, pudiera imponer las otras candidaturas más pequeñas. Eso, a la postre, consolidó una corriente conservadora dentro de Morena.

AMLO se hizo de la vista gorda porque, o le hartaban las grillas del partido, o no tenía tiempo para ocuparse de eso; o sencillamente coincidió con Delgado en que era un camino que había que seguir para consolidar la hegemonía morenista, es decir, la inclinación por negociar y atraer a los contrarios para mantener el control y la dirección. En temas partidistas, AMLO fue más pragmático de lo que fue en temas del gobierno, era un reformista, no un revolucionario.

Con la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia, se sentó un acuerdo tácito entre ella y el presidente saliente para dejar a la exsecretaria de gobernación, Luisa Alcalde, en Morena. Aunque mucho se insista en que ella ganó por las bases, la verdad fue otra, porque nadie gana de manera unánime un congreso nacional de 3 mil delegados sin una indicación desde arriba.

Aunque Luisa Alcalde no era un personaje corrupto y neoliberal como Mario Delgado, tampoco era el liderazgo social que se quiso hacer ver con propaganda. Algunas personas han dicho: “es que ella estaba en el movimiento desde pequeña”, y es verdad, pero eso fue porque su mamá la llevaba a todos lados y la impulsó a despegar su carrera, no porque ella aprendiera a movilizar desde pequeña. Hay que tener bien claro que ella no proviene ni del movimiento estudiantil ni del activismo popular, sino de las élites familiares que le allanaron el camino.

Empero, la alta cuna para nada garantiza un liderazgo efectivo en un partido político, donde no basta tener padrinazgos de los dirigentes gubernamentales, ahí se requiere algo mucho más complejo: una capacidad de análisis político profundo y de proyección ideológica, para poder descifrar los momentos que se viven y tomar decisiones muy contundentes sobre qué estrategias adoptar.

La presidencia de Luisa Alcalde se desinfló muy pronto, no por su juventud (como sostiene el relato adultocéntrico), eso no tiene nada que ver. Más bien porque no se había formado en la disputa de calle ni tenía un análisis que la empujara a tomar decisiones fuertes. Ella estaba calculando sus próximos cargos, no estaba dirigiendo una fuerza con connotaciones ideológicas.

En este punto, Morena se ha convertido en un partido que secunda todo lo que dice la figura presidencial, ya sea Andrés Manuel o Claudia, pero eso resultó a todas luces insuficiente en un contexto de asedio de un Estados Unidos que amaga con el aislamiento y la intervención directa sin tapujos.

Ahora, en esta nueva coyuntura, los personajes endebles y poco transparentes que se toleraron en las candidaturas asignadas por Mario Delgado en las elecciones de 2021 y 2024 se volvieron en contra de la 4T. Personajes como Rubén Rocha, David Monreal, Evelyn Salgado, Layda Sansores, Sergio Mayer y tantos otros resultan contraproducentes; es como si se echaran tierra a sí mismos.

Por esa razón, las bases de Morena insistieron tanto y tan fuerte en cuidar las candidaturas. Desde luego no se les hizo caso y se les omitió a pesar de las protestas. Ahora, las consecuencias son muy contundentes. La idea de “siempre escuchar al pueblo” no fue utilizada, y por eso se tiene que enfrentar este nuevo panorama del que hay que sacar aprendizajes de la manera más rápida posible, porque se nos va ahí la independencia política.

La llegada de Ariadna Montiel tiene dos mensajes, uno no tan optimista y otro un poco más: el primero es que la presidencia nuevamente interviene decidiendo directamente quién debe ocupar la dirigencia morenista, como si fuera una secretaría más del gabinete; el segundo puede ser más beneficioso, porque pareciera que se coloca a alguien que al menos tiene mayor claridad en el análisis político y en la necesidad de establecer estrategias mínimamente movimientistas. Tanto Polevnsky, como Delgado, Alcalde y Montiel llegaron a partir de la intervención presidencial; sin embargo, los primeros tres personajes no conocían de las tácticas y las estrategias de la movilización popular e ideológica, más bien provenían del sector empresarial –Yeidckol–, de la operación pragmática neoliberal –Delgado– o de las élites familiares –Alcalde–, y por eso hicieron agua. Montiel proviene de otro sector que, aunque igual de disciplinado, pragmático y operativo, contiene otra connotación más ideológica y ligada a la idea de los principios obradoristas.

Claro que decir “obradorismo” no necesariamente significa democracia “de abajo”, porque buena parte del tiempo mantiene el verticalismo presidencialista, pero lo que sí es cierto es que tiene un contenido con un mayor conocimiento de las demandas populares y de las tácticas de movilización política.

Recordemos que el obradorismo es una articulación entre el pragmatismo reformista no revolucionario para regenerar la hegemonía del Estado –aunque esto implica necesariamente resarcir su dominación capitalista–, y la idea de fomentar una mayor integración de las clases populares, al hacer uso incluso de la movilización y la protesta. El obradorismo sí apela a movilizar a las clases populares, aunque solo sea para regenerar la hegemonía del Estado y no para revolucionarlo.

Frente a eso, el mensaje más optimista que está dando el conjunto de acciones de Ariadna Montiel en la dirigencia de Morena es que, por fin, desde la dirigencia de la 4T se entendió algo sobre la relevancia de cuidar las candidaturas en las elecciones y de apelar a la movilización política. De ahí deriva la convocatoria a marchar en Chihuahua, el pasado sábado 16 de mayo, y las declaraciones de la nueva presidenta morenista de que se indagará mucho más en los perfiles de las candidaturas que se presentarán en las elecciones del próximo año.

Al menos ya se comprendió lo urgente. Esperemos que ahora se entienda la importancia de que las siguientes dirigencias deban emerger desde “abajo” y no desde “arriba”.

 

Pablo Carlos Rojas Gómez*

*Doctor en Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos. Investigador del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS-UNAM).

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