Cae el ingreso de los hogares

Cae el ingreso de los hogares

Con el traumático desplome productivo de 2009, era inevitable que el ingreso y el gasto del total de los hogares también observaran una contracción significativa. Entre 2008 y 2010 el ingreso corriente trimestral total real disminuyó 6.8 por ciento y el promedio por hogar 12.3 por ciento. Aunque el gasto corriente total aumentó 3.6 por ciento, el promedio por hogar se contrajo 3.8 por ciento. Si la recesión de 6.1 por ciento provocó la destrucción de la riqueza creada por la economía, cuyo valor retrocedió a su nivel registrado en 2006, es decir, con el que se inició el sexenio de Felipe Calderón (de 8.6 billones de pesos reales a 8.4 billones en 2009), la pérdida en el ingreso medio de las familias fue aún más dramática.

De por sí el último indicador citado se había deteriorado antes de la crisis. Se redujo de 37 mil 299 pesos reales trimestrales en 2006, a 36 mil 694 en 2008 (en valor real de éste año), en un 1.6 por ciento. Es decir, cuando las falsas promesas calderonistas de una mejoría en los niveles de bienestar de las mayorías aún flotaban orondas en el ambiente, antes de quedar sepultadas entre los escombros del colapso económico. Para 2010, como consecuencia de la segunda peor recesión desde 1932, desmejoró a 32 mil 190 pesos (32 mil 592, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía –Inegi–, a precios de 2010), para acumular una caída de 13.7 por ciento en cuatro años del actual sexenio.

Así, el ingreso medio real de los hogares (integrado por los salarios y otros pagos recibidos por el trabajo, las percepciones de los trabajadores independientes, las rentas de la propiedad, las transferencias –pensiones, becas, remesas, subsidios estatales– y otros recursos obtenidos) se contrajo en más de una década. Es menor al alcanzado en el 2000, cuando fue de 33 mil 495. Una verdadera hecatombe del calderonismo, cuyo gobierno se ha convertido en una pesadilla. Un auténtico drama que se resume de la siguiente manera:

1) El extravío del crecimiento. Entre 2006 y 2010 la economía arroja una tasa media real anual de expansión de 0.6 por ciento. La más pobre desde Miguel de la Madrid, cuyo gobierno fue conocido como “el sexenio del crecimiento cero”. Ese ritmo completamente inútil para justificar dos de los simpáticos sarcasmos inventados por los humoristas economistas neoclásicos, y así otorgarle un supuesto rigor científico a las políticas neoliberales. Uno sostiene que primero es necesario recuperar la dinámica productiva para después distribuir sus beneficios, a través de la “mano invisible” del “mercado libre”, sin necesidad de la intervención del Estado. Trágicamente, como el país está estancado, no hay torta que repartir. El otro es una irónica metáfora todavía más divertida, adoptada del reaganismo por los neoliberales de noble corazón, entre ellos los mexicanos: la famosa doctrina del trickle-down effect. En el inglés, el sustantivo trickle designa a un chorrito de líquido, y el verbo to trickle, lo que conocemos como gotear. Ésa es la “teoría” económica del “goteo” empleada por Ronald Reagan para justificar su ofertismo fiscal. Es decir, reducir los impuestos a las empresas y a los más ricos, además de darles más beneficios tributarios y de otra especie, lo que, supuestamente, redundaría, tarde o temprano, en un mayor ahorro, en una mayor inversión y, por tanto, en un crecimiento más alto que generaría más empleos, mejores salarios, más consumo y más bienestar, gracias al “goteo” de la riqueza creada desde arriba de la pirámide social hacia la parte más baja. Para el consumo tercermundista, los neoliberales sustituyeron el trickle-down effect por el spillover effect, el derrame, con las mismas “virtudes” del goteo, para hacer más digerible la imagen y así justificar los mayores privilegios dados a la oligarquía.

Pero como señalara el economista Joseph Stiglitz: “La economía del goteo no funcionó”. Alberto Alessina y Dani Rodrick, al comparar a 65 países en un estudio, concluyeron que la desigualdad en la distribución del ingreso es negativa para el crecimiento. Cuanto mayor es la desigualdad en la distribución de recursos, menor es el aumento en el producto. En aquellas naciones en donde el 5 por ciento o el 20 por ciento de la población se apoderaron de una mayor proporción del ingreso, el crecimiento fue más lento y la desigualdad se profundizó. En cambio, en donde fue menos inequitativa la distribución del ingreso, la expansión fue más alta y los que menos tienen resultaron más beneficiados (Alberto Alesina y Dani Rodrik, “Distributive Politics and Economic Growth”, The Quarterly Journal of Economics, volumen 109, 1994, pp. 465-490).

Exactamente lo que sucede en México con el culto neoliberal a la desigualdad. Los grandes empresarios se atragantan con una mayor proporción de la torta del ingreso. Se profundizó la distribución desigual, no se recuperó el crecimiento ni se redujo la pobreza. Todo se agudizó.

2) El aumento de la miseria y la pobreza. Dice el abogado y politólogo argentino José Nun: “Uno es hombre al agua, se hunde o se ahoga en la miseria, se va a pique, toca fondo, se lo lleva la corriente, es un seco, está empantanado, el agua le llega al cuello, se estanca, se vuelve un sumergido, es un náufrago, lo inundan las deudas, se cae al charco. Salvo, claro, que logre hacer pie o, por lo menos, la plancha y, en una de ésas, salga a flote, especialmente si alguien le tira una soga o un salvavidas antes de que se lo coman los tiburones” (“El dilema de las desigualdades sociales. La riqueza no gotea ni derrama”, La Nación, 22 de julio de 2011).

En el México clerical-neoliberal priista-panista-calderonista, la riqueza no goteó ni se derramó. El 1 por ciento de la población devora la mayor parte de la torta y sólo comparte los residuos en el 30 por ciento. Las mayorías no logran evadir el destino manifiesto dictado por el sistema. No tocan piso porque no existe. Zozobran. No hay salvavidas porque el arrojado por el Estado durante la crisis fue para rescatar a los agobiados tiburones oligárquicos, esa minoría que desde 1983 engulle ferozmente a las mayorías, al amparo de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Para el resto la soga. Para su cuello. A los miserables les tocó el opio de las reducidas migajas asistencialistas católica-neoliberales, que las mantiene aletargadas en su desdicha. A los pobres los santos óleos. La estela de damnificados en el naufragio calderonista es opulenta. La de los navegantes es mezquina. Entre 2006 y 2008 el número de pobres y miserables reconocidos en la avara contabilidad oficial aumentó de 44.7 millones a 50.6 millones. Los neoliberales los crean y luego se inquietan por ellos. El policía político Guillermo Valdés Castellanos, director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional, considera a la pobreza y la desigualdad como una “amenaza [para] la seguridad nacional”. Las ubica en el mismo nivel que la corrupción, la delincuencia organizada, el terrorismo o los grupos guerrilleros. ¿Acaso espera el señor Valdés que los pobres acepten su precariedad y morirse de hambre como dóciles corderos, ya que ni siquiera reciben los 6 mil pesos mensuales que, según el otro Cordero propiciatorio, Ernesto, el de Hacienda, les permitiría alcanzar el paraíso en la tierra? Calderón, empero, les ofrece otras alternativas donde Valdés juega algún papel: las saturadas cárceles, los pletóricos cementerios, el colmado destierro para que los estadunidenses también se ensucien las manos con su terrorismo de Estado y su racismo en contra de los marginados.

3) La destrucción del ingreso distribuido inequitativamente. Entre 2006 y 2010, en promedio anual, el ingreso de los hogares disminuyó 3.6 por ciento. Según el Inegi, todos los hogares, 29 millones, que agrupan a 112.7 millones de mexicanos fueron afectados. Las remuneraciones al trabajo cayeron 8.2 por ciento, los ingresos de los trabajadores independientes 35 por ciento, y la renta de la propiedad 30.7 por ciento. El ingreso medio de la mitad de los hogares pobres y miserables —14.7 millones, 56.7 millones de personas—, equivalente hasta cinco veces el salario mínimo, se deterioró en 7 por ciento. En parte, las transferencias, como las remesas o los subsidios estatales atemperaron la pérdida, ya que equivalen, en promedio, al 24 por ciento de su ingreso. En el 10 por ciento de los hogares indigentes, 2.9 millones, 11 millones de personas, representan hasta el 42 por ciento. En el caso de los hogares ubicados en la parte alta de la pirámide social, el noveno decil perdió el 11.5 por ciento y el que está en la cúspide el 17.8 por ciento. Las transferencias recibidas corresponden al 9.2 por ciento y 6.7 por ciento de su ingreso, respectivamente.

Así, el gasto promedio total de los hogares cayó 3.8 por ciento. Los renglones más afectados fueron: en salud 13.6 por ciento, en vivienda 6.7 por ciento, en transporte y comunicaciones 6.5 por ciento, y en alimentos y en educación 3.1 por ciento en cada caso. Otros como vestido, cuidados personales o servicios para la vivienda aumentaron. El promedio, empero oculta la realidad. No es lo mismo para la mitad de los hogares que destinan el 45 por ciento de sus ingresos a la compra de alimentos, que el 30 por ciento de las capas superiores donde equivale a 29 por ciento, o al decil más alto que representa el 23 por ciento. Inevitablemente, en diversos grados, más de la mitad de los hogares se han visto obligados a sacrificar la calidad de la alimentación, de la salud, de la vivienda o la educación de los hijos. De su bienestar.

¿Alguien puede imaginarse a las familias de Carlos Slim, Emilio Azcárraga, Ricardo Salinas Pliego o Roberto Hernández, a la oligarquía o la elite política en esa dramática situación? ¿Acaso tuvieron que sacrificar a sus hijos? Ellos podrán ser iguales o peores que los delincuentes juveniles o los llamados ninis, parecerse a los retoños de Marta Sahagún, de Ernesto Zedillo, de Emilio Azcárraga Vidaurreta o de Carlos Hank González, pero hay clases. Ellos son intocables. Tienen su futuro asegurado. La crisis afectó la riqueza de algunos de ellos pero no sus niveles de vida. El promedio es engañoso. Iguala a desiguales. Da la apariencia de que todos perdieron y oculta el desastre ocurrido en el abismo social. Los pobres y los miserables pagan intensamente los costos del colapso que la oligarquía y la elite provocaron. Se volvieron más pobres y más miserables. Aquellos no tienen forma de evadirla o atenuarla. Perdieron su empleo, parte de sus deteriorados salarios, su gasto y su bienestar. Estos, en cambio, les trasladaron parte de sus pérdidas despidiéndolos, recortándole sus salarios y prestaciones, aumentándoles los precios, recibiendo subsidios o especulando.

Es una guerra de clases sociales con unos cuantos navegantes. En 2010 el 10 por ciento de los hogares, 2.9 millones, 11 millones de personas, concentraron el 33.9 por ciento del ingreso total, equivalente al recibido por casi el 70 por ciento, 20 millones, 79 millones de mexicanos, ubicadas en la parte inferior de la pirámide social. En 2008 había sido de 36.3 por ciento. Las estadísticas, empero, llevan a otro par de espejismos. La tajada del león del ingreso y la riqueza es monopolizada por alrededor de 1 mil familias, entre éstas la de los individuos citados anteriormente. La supuesta reducción en la inequidad no se debe a que súbitamente se le ablandara el corazón al capitalismo neoliberal y derramara de mejor manera el ingreso. Se explica porque el sector privilegiado perdió más que los otros. Tampoco es producto de una política pública distributiva ya que ésta no existe.

México, como los demás países latinoamericanos, se caracteriza por su alta concentración del ingreso y por ser una de las naciones más desiguales del mundo. Lo anterior se agravó con el modelo neoliberal administrado por los tecnócratas priístas y panistas. En esa materia se vive el peor momento desde la “modernización” porfirista. Hasta principios de la década de 1980 había mejorado la distribución del ingreso y se había reducido la pobreza, merced al crecimiento económico sostenido y un gasto público social menos ineficiente. A partir de ese momento se retrocedió debido a la crisis, la política económica y las contrarreformas neoliberales que redistribuyeron el ingreso y la riqueza hacia los capitalistas. En 1990 fluctuaron entre la permanencia de la situación de la década anterior y su deterioro como consecuencia de la crisis, la mediocridad del crecimiento y las mismas políticas. En este siglo se agudizaron las desigualdades económicas, sociales y políticas de la nación.

*Economista

Fuente: Contralínea 244 / 31 de julio de 2011

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