Guerras mayores y más sanguinarias

Guerras mayores y más sanguinarias

James Petras* / Red Voltaire

“Los Deltas son unos sicópatas… tienes que ser un sicópata acreditado para unirte a la Fuerza Delta…”, me dijo en Fort Bragg, allá por la década de 1980, un coronel del ejército estadunidense

Ahora, el presidente Obama acaba de ascender al más infame de los sicópatas, el general Stanley McChrystal, a la jefatura del mando militar estadunidense y de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) en Afganistán.

El ascenso de McChrystal para ese papel dirigente ha venido marcado por el papel fundamental desarrollado en la dirección de los equipos de operaciones especiales encargados de ejecutar asesinatos extrajudiciales, torturas sistemáticas, bombardeos de comunidades civiles y misiones de búsqueda y destrucción. Incardina totalmente la brutalidad y la afición a la sangre que acompaña la construcción del imperio dirigida por el ejército. Entre septiembre de 2003 y agosto de 2008, McChrystal estuvo al mando de las Operaciones Especiales Conjuntas del Pentágono, que se sirven de equipos especiales para perpetrar asesinatos en el exterior.

El punto a destacar de los Equipos de Operaciones Especiales (SOT, por sus siglas en inglés) es que entre sus opositores no distinguen entre civiles y militares, entre activistas y sus simpatizantes y la resistencia armada. Los SOT están especializados en establecer escuadrones de la muerte y reclutar y entrenar fuerzas paramilitares para aterrorizar a las comunidades, barrios y movimientos sociales que se opongan a los regímenes clientelistas de Estados Unidos. El “contraterrorismo” de los SOT es terrorismo al revés, dedicándose a perseguir a los grupos sociopolíticos existentes entre los apoderados de Estados Unidos y la resistencia armada.

Los SOT de McCrystal seleccionaron como objetivos a los dirigentes de la resistencia nacional y local en Irak, Afganistán y Pakistán, atacándolos a través de acciones de comandos y bombardeos aéreos. Durante los últimos cinco años del periodo Bush-Cheney-Rumsfeld, los SOT estuvieron profundamente implicados en las torturas a prisioneros políticos y sospechosos. McChrystal era el favorito de Rumsfeld y Cheney por estar encargado de las fuerzas de “acción directa” de las unidades de misiones especiales.

Los operativos de “acción directa” están constituidos por torturadores y escuadrones de la muerte, y el único deber que sienten con la población local es el de desencadenar el terror, no el de hacer propaganda. Se comprometen en la “propaganda a partir de los muertos”, en los asesinatos de dirigentes locales con objeto de “enseñar” a la población local a obedecer y someterse a la ocupación. El nombramiento por Obama de McChrystal para el mando supremo refleja una grave y nueva escalada militar de su guerra de Afganistán frente a los avances de la resistencia por todo el país.

El deterioro de la posición de Estados Unidos se pone de manifiesto en el endurecimiento del cerco de todas las carreteras que entran y salen de la capital afgana, Kabul, así como en la expansión del control e influencia talibán a través de la frontera entre Pakistán y Afganistán. La incapacidad de Obama para reclutar nuevos refuerzos por parte de la OTAN significa que la única oportunidad con que cuenta la Casa Blanca para progresar en su avance imperial militarista es aumentar el número de tropas estadunidenses e incrementar la ratio de muerte entre todos y cada uno de los supuestos sospechosos civiles en los territorios controlados por la resistencia armada afgana.

La Casa Blanca y el Pentágono afirman que el nombramiento de McCrystal se debe a las “complejidades” de la situación sobre el terreno y a la necesidad de “un cambio en la estrategia”. El término “complejidad” es un eufemismo para tratar de ocultar el incremento masivo de la oposición contra Estados Unidos, que complica las operaciones tradicionales de “barrido militar y bombardeos” en alfombra. La nueva estrategia practicada por McChrystal necesita de “operaciones especiales” a largo plazo y a gran escala para devastar las redes sociales locales y asesinar a sus dirigentes, que son quienes proporcionan el sistema de apoyos que necesita la resistencia armada.

La decisión de Obama de impedir la publicación de decenas de fotografías que documentan las torturas a los prisioneros llevadas a cabo por las tropas y los “interrogadores” estadunidenses (especialmente bajo el mando de las “Fuerzas Especiales”) está directamente relacionada con el nombramiento de McChrystal, cuyas fuerzas SOT están profundamente implicadas en las extensas prácticas de tortura ejecutadas por todo Irak. De igual importancia es que bajo el mando de McChrystal, el Delta, Seal y los Equipos de Operaciones Especiales tendrán un papel mayor en la nueva “estrategia de contrainsurgencia”.

La afirmación de Obama de que la publicación de esas fotos afectaría adversamente a las “tropas” tiene un significado especial: la exposición gráfica del modus operandi de McChrystal durante los últimos cinco años del mandato del presidente Bush minaría su eficacia a la hora de ejecutar idénticas operaciones bajo las órdenes de Obama.

La decisión de Obama de recuperar los “tribunales militares” secretos de los prisioneros políticos extranjeros que se establecieron en la prisión del campo de Guantánamo no es una simple repetición de las políticas de Bush-Cheney, que Obama había condenado y prometido eliminar durante su campaña presidencial, sino parte de su política más amplia de militarización y coincide con la aprobación de las mayores operaciones secretas de vigilancia policial desencadenadas contra ciudadanos estadunidenses.

Poner a McChrystal a cargo de las extendidas operaciones militares afgano-pakistaníes significa colocar a un tristemente célebre profesional del terrorismo militar –de la tortura y asesinato a cuantos se oponen a las políticas estadunidenses– en el centro de la política exterior de Estados Unidos. La expansión cuantitativa y cualitativa de Obama de la guerra de Estados Unidos en el Sur de Asia significan cifras masivas de refugiados que escapan de la destrucción de sus campos, hogares y pueblos; decenas de miles de muertes de civiles y la erradicación de comunidades enteras. Todo esto es lo que se va a ver durante la administración de Obama en su intento de “atrapar el pez (activistas e insurgencia armada) vaciando el lago (desplazar poblaciones enteras)”.

La restauración por Obama de todas las políticas más nefastas de la “era Bush” y el nombramiento de su más brutal comandante se basan en su total abrazo de la ideología de construcción del imperio a través del ejército.

Una vez que uno cree (como hace Obama) que el poder y la expansión estadunidense se basan en la contrainsurgencia y en las conquistas militares, cualquier otra consideración económica, moral, diplomática e ideológica estará subordinada al militarismo. Al centrar todos los recursos en conseguir triunfar en la conquista militar, apenas podrá prestarse atención a los costos soportados por los pueblos machacados por la conquista y a las necesidades de la economía interna y del tesoro estadunidenses. Esto ha quedado claro desde el principio: en medio de una importante recesión-depresión, con millones de estadunidenses perdiendo sus empleos y hogares, el presidente Obama aumentó el presupuesto militar en un 4 por ciento, elevándolo por encima de los 800 mil millones de dólares.

El abrazo al militarismo de Obama quedó patente a partir de su decisión de ampliar la guerra en Afganistán a pesar del rechazo de los países de la OTAN a comprometerse enviando más tropas. Y resulta obvio ante la designación del general de las Fuerzas Especiales más duro e infame desde la era Bush-Cheney para encabezar un mando militar que tiene la misión de doblegar las zonas fronterizas de Pakistán.

Es lo mismo que George Orwell describía en La granja: los cerdos demócratas están ahora embarcados en las mismas brutales políticas militaristas de sus predecesores, los porquerizos republicanos, sólo que ahora todo se hace en nombre de los pueblos y de la paz. Orwell podría parafrasear la política del presidente Barack Obama diciendo: “Guerras mayores y más sanguinarias equivalen a justicia y paz”.

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