México tiene una enorme diversidad. Es uno de los países con mayor riqueza natural, cultural y económica del mundo. Nuestra posición geográfica es excepcional en América del Norte, Centroamérica, el Pacífico y el Atlántico. Esto le proporciona acceso a dos grandes océanos, además de cercanía con distintos países y mercados.
Además, contamos con variedad de climas y biodiversidad, además de una abundancia de recursos con riquezas forestales y pesqueras, agua, tierra fértil, costas, petróleo y minerales, así como una gran capacidad humana, que nos convierte en una de las naciones con mayor potencial de desarrollo.
Ya tratamos el tema del agua; lo siguiente en importancia es nuestra fértil tierra. Luego hablaremos de nuestros minerales, capacidad energética, biodiversidad, mares, bosques y, lo más importante, nuestra capacidad laboral y de desarrollo del conocimiento.
Nuestro país posee una superficie de 196 millones de hectáreas. El Censo Agropecuario 2022 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reporta 88 millones 424 mil 146 hectáreas con uso o vocación agropecuaria en México, equivalentes al 46.1 por ciento del área rural. De esa superficie, podrían sembrarse 36 millones de hectáreas.
Sin embargo, actualmente sólo están disponibles 24 millones de hectáreas, de las cuales se siembran 20 millones. Con un ambicioso proyecto nacional, esta superficie podría aumentar en una tercera parte. De los 20 millones de hectáreas cultivadas, sólo 6 millones cuentan con irrigación: la mayor parte, por inundación, y únicamente 1 millón 500 mil, por goteo. En total, se cultiva apenas el 10 por ciento del territorio nacional y sólo se riega el 3 por ciento de la tierra.
Tenemos la posibilidad de triplicar las áreas de cultivo, además de multiplicar las zonas de riego mediante tecnología moderna. La solución consiste en implementar sistemas de riego por goteo o aspersión de precisión, revestir los canales e instalar sensores de humedad, así como desarrollar infraestructura moderna de captación, almacenamiento e infiltración.
México podría aumentar su disponibilidad efectiva de agua en decenas de miles de millones de metros cúbicos al año. Esto incrementaría la disponibilidad del recurso entre el 20 y el 50 por ciento en algunas regiones. Con terrenos cultivables y condiciones favorables para una gran diversidad de siembras, es inaceptable que haya tantos millones de personas desempleadas u ocupadas en actividades improductivas e incluso nocivas.
Es fundamental contar con un Plan Nacional de Desarrollo que contemple un estudio de cada municipio para identificar su vocación agrícola y definir los cultivos que deben impulsarse, en cumplimiento de los postulados de los artículos 26 y 115 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
Grandes extensiones de tierra pueden recuperarse mediante el combate a la contaminación y la degradación, que afectan a 111 millones de hectáreas. El 56 por ciento del territorio nacional presenta algún nivel de degradación, de bajo a grave, según una evaluación reciente con datos de la Comisión Nacional de las Zonas Áridas (Conaza) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Existen diversos métodos para descontaminar la tierra y tecnologías de remediación que permiten combinar la biorremediación, la fitorremediación y la recuperación de materia orgánica.
La fitorremediación utiliza plantas capaces de absorber, inmovilizar o degradar determinados contaminantes. Este método permite extraer plomo, cadmio, zinc, arsénico y otros metales del suelo. Asimismo, puede aplicarse en superficies extensas in situ. Por su parte, la biorremediación emplea microorganismos, como bacterias u hongos, capaces de degradar o transformar contaminantes orgánicos.
Esta última es particularmente útil para tratar hidrocarburos, algunos pesticidas y compuestos orgánicos. Para extraer o inmovilizar metales pesados, se puede recurrir al lavado de suelos, la electrorremediación, la estabilización química, el tratamiento térmico, la inmovilización, la excavación y el confinamiento. Estos métodos se aplicarían en tierras que requieren remediación especializada, aunque otras pueden recuperarse fácilmente o con una inversión módica.
Es necesario impulsar la autonomía y el uso de insumos naturales, además de romper con la dependencia de agroquímicos, plaguicidas –como el glifosato– y semillas transgénicas impuestas por corporaciones multinacionales. También se debe promover la fabricación local de fertilizantes agroecológicos y compostas urbanas, e impulsar el rescate de semillas nativas.

Debemos defender la agroecología para detener el envenenamiento del suelo, garantizar alimentos sanos y libres de tóxicos y reducir el consumo de productos ultraprocesados.
De igual manera, es útil y necesario fomentar los cultivos en zonas urbanas mediante métodos como la hidroponía y otros sistemas intensivos. Paralelamente, se deben apoyar las técnicas que permitan cultivar alimentos en espacios reducidos y promover su producción en casas, departamentos y unidades habitacionales.
Es fundamental generar una cultura de consumo de lo que producimos y comprar productos frescos y locales para acercar la producción al consumidor final. El uso de la hidroponía permite cultivar alimentos libres de la contaminación del suelo y optimizar el aprovechamiento del agua, especialmente cuando esta técnica se combina con la captación de la lluvia.
También se pueden promover los techos verdes y la infraestructura vegetal, fomentar el urbanismo sustentable y convertir las azoteas en espacios productivos y ecológicos. Esto ayudaría a combatir las islas de calor en las grandes urbes.
Asimismo, es importante impulsar huertos urbanos, comunitarios o familiares que apoyen la economía local. Estos espacios pueden instalarse en camellones, parques y unidades deportivas. De igual forma, se deben aprovechar las áreas sin uso dentro de la masa de concreto para aumentar la soberanía alimentaria en los barrios.
Desde luego, es primordial que se desarrollen huertos en todos los niveles escolares, desde las estancias infantiles y escuelas primarias hasta las instituciones de educación media superior y superior. Además, debe fomentarse entre las alumnas y los alumnos el cuidado de la tierra y la producción agrícola. El huerto debe convertirse en un orgullo para cada institución educativa. Así debemos aprender y enseñar a recuperar la armonía con la naturaleza.
Para fomentar el amor a la tierra y su cuidado, debemos combatir la desmoralización de tantos campesinos que, aun teniendo tierras, no las cultivan porque muchas veces pierden lo invertido en la siembra debido a los coyotes o intermediarios que monopolizan la distribución. Los productores, en particular los agricultores, deben contar con apoyo para distribuir y comercializar sus productos. Es necesario establecer redes de abasto. Facilitar el suministro, sobre todo de bienes básicos, es responsabilidad del Estado.
En el país se pierde o desperdicia cerca del 35 por ciento de los alimentos producidos, en gran medida debido a la falta de transporte. Los productos pasan por demasiadas manos antes de llegar al consumidor final. Esto provoca que al pequeño productor se le pague una miseria por su cosecha, mientras el consumidor final enfrenta precios inflados en las ciudades.
La distribución masiva sigue dependiendo de unos cuantos nodos saturados, como la Central de Abasto de la Ciudad de México. Es indispensable invertir en centros regionales de acopio debidamente equipados. Asimismo, es necesario implementar una red de transporte que conecte las comunidades productoras con los puntos de distribución y venta de los productos del campo.
En conclusión, nuestro país es rico en tierras fértiles y cuenta con las condiciones necesarias para producir todos los alimentos que requiere su población, además de exportar diversos productos de gran demanda internacional.
Hoy, gran parte del campo está abandonado o acaparado por corporaciones agroindustriales extranjeras, por lo que se necesita una transformación que permita a la tierra dar todos los frutos que es capaz de producir. Contamos con la capacidad de alcanzar la soberanía alimentaria, pieza clave de nuestra soberanía económica.
La consigna “¡Tierra y libertad!”, que tanto resonó durante la Revolución Mexicana, aún hace eco en nuestros días.
Pablo Moctezuma Barragán*
*Doctor en estudios urbanos, politólogo, historiador y militante social



















