Sermón de Calderón contra la prensa

Sermón de Calderón contra la prensa

En una crisis política con riesgo de tener que designar a un presidente interino, Calderón ha impuesto, directa e indirectamente, varios tipos de censura al ejercicio constitucional de las libertades de prensa, sobre todo a la que critica sus excesos en el poder presidencial. Tal fue el caso de la embestida contra José Gutiérrez Vivó, su noticiero en la radio y su periódico, en un acto de venganza y prepotencia para completar el acoso foxista. Fox y Calderón: de tal palo, tal astilla (consultar el libro de Alejandro Toledo, La batalla de Gutiérrez Vivó. Grijalbo, 2007).

Panista, derechista, fundamentalista religioso, alcohólico (como ya es fama pública), Calderón siempre fue un politiquillo, hijo de un fundador del Partido Acción Nacional, que finalmente fue expulsado de ese Partido por la misma adicción (“herencia es destino”, reza una frase médica, invocada en algunos centros de rehabilitación de Alcohólicos Anónimos); enemigo de la libertad de expresión y quien hizo de las lealtades complicidades, dejando en el camino los cadáveres de sus traiciones y casi hitleriano con quienes, en su Partido, disentían de él. En una carta que circuló en internet, Carlos Castillo Peraza diseccionó la personalidad autoritaria de Calderón con su haz de prejuicios y malquerencias.

Sobre todo y ante todo, como ha demostrado en su sexenio, que ya concluyó, que lo mantengan en el cercado poder presidencial asido al golpe de facto militar-policiaco (insisto, el poder tras el trono es Genaro García Luna, quien permanece en la mira de las investigaciones europeas, principalmente francesas), con el que, tras su notoria ilegitimidad al oponerse a la revisión que demandó su adversario de “voto por voto”, apoyado al unísono por el Instituto Federal Electoral, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y, con su silencio, la Suprema Corte –no obstante su facultad para averiguar de oficio “algún hecho o hechos que constituyan una grave violación de alguna garantía individual”–, vio la tablita de su salvación en la facultad constitucional para “disponer de la totalidad de las Fuerzas Armadas, es decir el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea”, con la Policía Federal, para supuestamente garantizar la seguridad interior, convertida ya esa intervención en catalizadora de la más pavorosa inseguridad.

Calderón –con el fracaso de su administración y peor gobierno, carente de políticas públicas para el cumplimiento de sus obligaciones (artículos 89 al 93 de la Constitución)– le agarró ojeriza a las libertades de prensa. Y con su testaferro Maximiliano Cortázar y, con él, todos los directores de Comunicación de las dependencias de la administración pública federal centralizada y paraestatal, elaboró una lista negra de medios de comunicación, periodistas y de todo aquel que ejerce esos derechos para, primero, no darles publicidad oficial y, segundo, para negarles información, privilegiando a los que se mostraran serviles al calderonismo o, no teniendo otra opción (como a Televisa, un poder fáctico y amenazante: todo un cártel político-económico), darles esa publicidad e información. Pero siempre, dicho calderonismo y sus secuaces, hartos de las “cantaletas” a través de las libertades de prensa, les echan en cara a periodistas, editores y demás medios de comunicación que están haciendo mal uso de esas libertades.

Molesto, casi enfurecido por la información sobre la guerra interminable de militares y policías contra la rebelión del narcotráfico y porque se le critica su dizque “estrategia” (hasta los altos mandos del Ejército, sottovoce, están en desacuerdo con su jefe nato, al que los caricaturistas retratan pigmeo con el traje y gorra verde oliva demasiado grandes… todavía no se ha vestido de marinero ni piloto, pero, para el desfile del 15 de septiembre de 2007, vistió a sus hijos con uniformes militares, que más pareció burla que el quedar bien con los soldados), ha vuelto a cuestionar con enojo que los medios de comunicación informen sobre los resultados diarios de la barbarie criminal. Supone Calderón que los periodistas “hacen apología del crimen y que le hacen el juego a la agenda mediática de las organizaciones delictivas”. Dijo que las libertades de prensa son para “reflejar la realidad”. Y la realidad es la que publican los medios impresos, que revela la televisión y llenan las noticias de la radio.

Aseguró, mintiendo, que en su gobierno no se persigue a nadie por lo que piense, opine o escriba… “y se puede criticar abiertamente al presidente o al gobierno, incluso en el exceso del escarnio o la burla”. Así entiende Calderón la crítica a su mal desempeño. Hace reproches a quienes ejercen las libertades constitucionales, poniendo el acento en el periodismo de la caricatura. Se trata de sacar la espada de la censura con sus quejas infundadas. Calderón quiso, “haiga sido como haiga sido”, ser presidente a toda costa, y en una democracia, por elemental que sea, se han de pagar los costos, como un gobernante incapaz que no tolera la crítica de la caricatura y confunde escarnio y burla con libremente opinar respecto de su mal gobierno y peor administración que están llevando a la nación, con su Estado, a las últimas consecuencias devastadoras que inició su predecesor. El suyo fue un sermón que buscó reprender a los periodistas por usar las libertades constitucionales.

*Periodista

Contralínea 216 / 16 de enero de 2011

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