La salud mental, otra víctima del cambio climático

La salud mental, otra víctima del cambio climático

Jed Alegado*/Angeli Guadalupe**/IPS

Manila, Filipinas. Jun está encadenado, atado a un poste en la pequeña casa que se asemeja a una choza. Su hermano lo encadenó para evitar que lastime a vecinos o extraños cuando está en un estado de ánimo hostil.

Jun está así desde hace 3 años, pero sus síntomas empeoraron desde que el tifón Yolanda pasó por Filipinas en 2013.

Jun perdió a su esposa, sus hijos y su casa en el desastre. La angustia sicológica le provocó una recaída de su enfermedad siquiátrica. Como nadie más podía cuidarlo, el hermano lo llevó a su casa.

Pero como su hermano trabaja y los demás integrantes del hogar son sus padres ancianos y enfermos, nadie puede controlar a Jun durante sus episodios maniacos. Tampoco toma su medicina porque la familia no puede pagarla y no siempre puede conseguirla gratuitamente en la clínica de salud local.

Por eso, la única opción que le quedó a su hermano fue encadenar a Jun.

Consecuencias para la salud mental

En la ciudad de Tacloban y en toda Filipinas existen más casos como el de Jun. El tifón Yolanda (también conocido como Haiyan) azotó al país el 8 de noviembre de 2013. La tormenta de categoría cinco, con vientos de 250 a 315 kilómetros por hora, mató a más de 6 mil 300 personas y causó más de 1 mil 900 millones de dólares en daños.

Debido a las graves pérdidas y a la culpa que sienten muchos por sobrevivir, al menos 10 por ciento de la población sufre de depresión. Sin embargo, 2 años después de la catástrofe, algunos siguen sin saber que pueden recurrir a los servicios de salud mental. Otros se quejan de la mala calidad de los servicios y la escasa oferta de medicamentos.

Aquellos que tienen dinero consultan siquiatras en otras ciudades para evitar el estigma.

Como sucede con la mayoría de los desastres, en Filipinas se le dio prioridad a la rehabilitación física. Esto es comprensible y lógico, pero no debe olvidarse la salud mental de las víctimas.

Según el informe de la Organización Mundial de la Salud sobre la incidencia de enfermedades en el mundo, los trastornos mentales ocupan el segundo lugar, detrás de las enfermedades cardiovasculares, como la principal causa de morbilidad y mortalidad en función del número de años perdidos debido a enfermedad, discapacidad o muerte precoz.

Sin embargo, a pesar del asombroso número de personas afectadas, se estima que sólo 25 por ciento de la población mundial tiene acceso a servicios de salud mental. Más de 40 por ciento de los países no tienen políticas de salud mental, y en la mayoría, ésta recibe menos de 1 por ciento del gasto total en salud.

Hoy en día, el cambio climático genera desastres naturales más frecuentes y devastadores. En situaciones de emergencia como éstas, la incidencia de trastornos mentales a menudo se duplica. Por lo tanto, la atención a la salud mental también debería duplicarse, sobre todo en los países más vulnerables, como Filipinas.

Esta situación no debería sorprender, ya que Filipinas es un archipiélago y un país en desarrollo. Según el Índice de riesgo mundial de 2014, del Instituto Universitario de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Seguridad Humana, de los 15 países con el mayor riesgo de desastres, ocho son Estados insulares, incluida Filipinas.

Que los impactos en la salud estén en los textos de negociación

Organizaciones como la Federación Internacional de Asociaciones de Estudiantes de Medicina (IFMSA, por su sigla en inglés) pretenden que el impacto del cambio climático en la salud se incluya en el texto de negociación del nuevo tratado universal para reducir el calentamiento global, que debe ser aprobado en diciembre en París, Francia, en la 21 Conferencia de las Partes (Cop21) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

Ese esfuerzo de la Federación comenzó a partir de la Cop20, celebrada en Lima, Perú, en 2014, y continuó en Ginebra, Suiza, en febrero.

Las negociaciones preparatorias para la Cop21, celebradas del 31 de agosto al 4 de septiembre pasados en Bonn, Alemania, resultaron un ejercicio inútil, ya que los negociadores siguen esquivando la cuestión de un mecanismo de pérdidas y daños que, según los defensores de la salud, es clave para ayudar a las personas afectadas por los efectos del cambio climático.

“Como grupo, queremos asegurarnos de que la salud esté incluida en todas las partes del documento de negociación –preámbulo, investigación, desarrollo de capacidades, adaptación y finanzas–”, señaló la IFMSA.

Los efectos del cambio climático trascienden al medio ambiente, la seguridad alimentaria, los derechos sobre la tierra e incluso de los pueblos indígenas, ya que tiene consecuencias directas e indirectas para la salud.

Estas consecuencias se distribuyen de forma desigual entre los sectores más vulnerables, como los ancianos, los niños y las mujeres embarazadas, que tienen la menor capacidad de adaptación.

Los Estados partes de la CMNUCC deben tomar en cuenta este problema en las negociaciones de diciembre, que pretenden limitar el calentamiento global a menos de dos grados celsius y garantizar mecanismos de adaptación a los países más vulnerables.

En el futuro se estima que las guerras se desatarán por el agua y no por el petróleo. Los desastres actuales nos pueden dar una idea de lo que nos espera cuando las consecuencias del cambio climático se agraven y nos afecten de manera que no podamos manejar.

Lo que estamos haciendo no es sólo para las generaciones futuras. Es para nosotros, que vivimos ahora en este planeta. Vamos a ser las víctimas si no asumimos, cuanto antes, la mayor responsabilidad posible. (Traducción de Álvaro Queiruga)

*Realiza estudios de posgrado en el Instituto Internacional de Estudios Sociales de La Haya, Países Bajos

 

Jed Alegado*/Angeli Guadalupe**/IPS

**Médica; realiza estudios de posgrado en la Universidad de Tokio, Japón

[BLOQUE: OPINIÓN] [SECCIÓN: ARTÍCULO]

 

 

Contralínea 456 / del 28 de Septiembre al 04 de Octubre 2015

 

 

 

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