Planificar no es administrar

Planificar no es administrar

Foto: 123rf

El desarrollo económico nunca es espontáneo. Es un acto consciente de la sociedad: se planea, se coordina y, cuando hace falta, se corrige.

Esa lección la hemos aprendido las y los mexicanos en medio de un escenario internacional convulso. Con un imperio en decadencia que tenemos por vecino y principal socio comercial, que se empeña en reescribir las reglas del comercio mundial –con aranceles, incertidumbre y amenazas constantes– incluso frente a sus socios más cercanos. Esa turbulencia complica el proyecto comercial mexicano, pero de ninguna manera se traduce en una renuncia a nuestro propósito de desarrollo; al contrario, lo vuelve más urgente.

Porque ahora, en lugar de dejar que la economía mexicana navegue al vaivén de los vientos como un globo aerostático, más de 36 millones de mexicanos votamos en 2024 para que operara como un aeroplano, con una piloto capaz de corregir el rumbo cuando cambia la corriente. Y en esta metáfora el pueblo mexicano no viaja de pasajero: viaja de copiloto. Ese matiz –nada menor– es el que distingue a una economía con conducción soberana de una que se resigna a las fuerzas del mercado.

Por eso, si volvemos sentido común la premisa de que el desarrollo no se ruega, se planea, entonces incluso los cambios en la estrategia comercial con América del Norte dejan de ser una sentencia y se convierten en una tarea: la de hacer, por fin, POLÍTICA ECONÓMICA, así, con mayúsculas. Y ésta es una tarea apremiante, porque durante el letargo neoliberal de cuatro décadas se formó toda una generación de funcionarios expertos en administrar instituciones –hábiles gestores del statu quo–, pero con pocas o nulas capacidades para trazar rutas de desarrollo y conducirlas en beneficio de la nación.

Y esta es justamente la diferencia entre administrar y planificar: administrar es mantener el motor encendido; planificar es decidir hacia dónde vuela el país, y soberanía es, precisamente, el nombre de ese destino. De ahí que el proyecto de planificación económica que arrancó tras el triunfo electoral de 2018 camine sobre dos rieles. El primero es la distribución del ingreso nacional; el segundo, la distribución espacial y sectorial de la inversión, hoy expresada en el Plan México y sus quince polos de bienestar. De esos dos ejes se desprende tanto el ritmo del crecimiento –ya visible en la reactivación del consumo de los hogares– como su orientación, dirigida con toda intención hacia la soberanía energética, alimentaria y tecnológica.

Ahora bien, que sea el Estado quien coordine este desarrollo no es un capricho ideológico: es una necesidad práctica, ya que solo el Estado tiene la capacidad de fijar directrices que hagan que las distintas ramas industriales dejen de actuar cada una por su cuenta y empiecen a jalar hacia el mismo destino nacional.

Muestra de ello es el avance en la materialización del Plan México, lanzado en enero de 2025 con la prosperidad compartida como objetivo central, a través del desarrollo regional y la industrialización. Esta estrategia tiene como instrumento territorial a los Polos de Desarrollo para el Bienestar, y aunque su transitar ha sido más lento de lo esperado, el pasado 19 de agosto se presentó la puesta en marcha del segundo: el de Zapotlán, en Hidalgo, con una inversión superior a los 16 mil millones de pesos. De ese total, más de 10 mil 100 millones corresponden al proyecto inmobiliario y de infraestructura de DEWA –que se espera genere más de 5 mil empleos–; y 6 mil 500 millones más los aporta la Cooperativa Cruz Azul, que reactivará su planta en Tula y sumará una línea de producción con capacidad de 3 millones de toneladas de cemento al año, con 14 mil empleos de por medio. Todo eso amarrado por infraestructura complementaria que no es adorno, sino un importante eje conector: el Tren México-Pachuca, que concluye en 2027, y el Plan Hídrico del Valle del Mezquital.

Y aquí va la frase que debería tatuarse en cualquier plan de desarrollo regional: un Polo de Desarrollo no se mide solo en el número de naves industriales; se mide en si al lado hay una escuela, un hospital y una casa a la que puedan volver y descansar las y los trabajadores. Los polos de desarrollo no son islas industriales aisladas del resto del país, sino la proyección de ciudades del futuro. Con Zapotlán, Hidalgo se suma a los quince polos distribuidos en catorce estados –de Campeche a Sonora, pasando por Tlaxcala, donde se inauguró el primero en abril de 2026– que conforman el instrumento territorial del Plan México.

Cierro diciendo que todo este entramado –ejes de planificación, polos territoriales, coordinación estatal– exige algo más que buena voluntad: exige una nueva ciencia económica, una que no solo mida, sino que oriente. Dicho de otro modo: no basta con saber qué hacer; hay que saber cómo hacerlo y, sobre todo, para quién se hace.

Esa es, al final, la apuesta de fondo. No se trata solo de crecer, sino de crecer con rumbo propio; no de administrar lo que ya existe, sino de planificar el futuro de México. Una nación que ya no delega su destino económico al viento, sino que lo pilotea con las manos de su propio pueblo.

 

Carolina Hernández Calvario*

*Académica de la UAM Iztapalapa. Licenciada y doctora en economía (Facultad de Economía, UNAM). Maestra en estudios latinoamericanos (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). Su campo de especialización es en economía política.

 

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