Costa Rica: dos países en pugna

Costa Rica: dos países en pugna

El proceso electoral de 2018 ha dejado al descubierto dos proyectos de país contrapuestos. La ilusión de “prosperidad” y “felicidad” de las últimas décadas se construyó sobre bases profundamente racistas e injustas. Los marginados de ese “edén” hoy protestan y se sienten con posibilidades de disputar el poder

La identidad cultural hegemónica costarricense se encuentra en un acelerado proceso de recomposición iniciado en la década de 1980. Esa identidad conoció antes tres momentos históricos durante los cuales los lentos movimientos en el orden de la cultura se aceleraron.

Uno, en el último tercio del siglo XIX, cuando la oligarquía criolla se dio a la tarea de conformar la identidad nacional entorno a algunos postulados ideológicos que adquirieron el rango de “rasgos identitarios nacionales”: uno de los más importantes el de la especificidad costarricense, que establecía que Costa Rica es una nación distinta y mejor que el resto de naciones centroamericanas, marcada por su blanquitud, su cultura superior, su espíritu pacífico y su apego a las reglas y normas del estado de derecho.

Este constructor ideológico se reconfiguró y potenció en la segunda mitad del siglo XX, cuando el proyecto político de los liberales, que había entrado en crisis desde la década de 1930, fue reformulado por grupos políticos típicos de la posguerra, los socialcristianos y los socialdemócratas. Tal potenciación y reperfilamiento estuvo signado por la construcción del Estado benefactor, que resaltó características como el respeto del costarricense a los derechos humanos.

Pero el proyecto reformista entró en crisis a inicios de la década de 1980, y fue paulatinamente sustituido por un nuevo modelo, el neoliberal, que nuevamente impuso su impronta en la identidad nacional hegemónica. En esta oportunidad, el acento puesto por el modelo económico en las exportaciones hacia el exterior, y en la atracción de inversión extranjera y turismo hacia el interior, hizo que emergiera la necesidad de “vender una imagen-país” (que también se entronizó a lo interno), centrada en la idea de Costa Rica como paraíso natural, pacífico, alegre y despreocupado; una especie de Edén tropical.

La capacidad del Estado costarricense de construir consenso en torno a estos imaginarios identitarios nacionales fue remarcable. Tuvo como base amplios procesos de cooptación de los sectores populares, a través de políticas sociales, hasta 1980. El Estado benefactor fue el principal pilar de esa cooptación que le otorgó legitimidad a la hegemonía de las clases dominantes durante la segunda mitad del siglo XX, pero el paulatino impulso de las políticas neoliberales lo puso en jaque, e inició su proceso de desgaste.

Paulatinamente, desde inicios de la década de 1980, la homogeneidad identitaria se ha venido fragmentando. La narrativa de los grupos dominantes se fue encapsulando en algunos grupos sociales –no tan golpeados por las políticas neoliberales–, que llevaron a Costa Rica a transformarse en los últimos 15 años en el país de América Latina donde creció más la desigualdad.

Subterráneamente, sin que la burbuja que contiene el meollo de lo dominante y sus adláteres lo percibiera, el discurso cohesionador –que antes de las reformas neoliberales tenía una base material y mecanismos materiales y simbólicos para alcanzar el consenso– se fue desgastando.

Tal desgaste encontró expresión en lo político hace ya varios años. El primer campanazo que sacó a flote estas corrientes de desviación de la norma fueron las elecciones de 2006, cuando el candidato de un partido emergente recién fundado estuvo a punto de arrebatarle el triunfo a la estrella rutilante del escenario político costarricense, Oscar Arias Sánchez, Premio Nobel de la Paz, campeón de la negociación en la guerra centroamericana y, en esa oportunidad, candidato presidencial por segunda vez.

La segunda advertencia llegó con la aplastante victoria de ese nuevo partido emergente en el 2014. Es en ese momento cuando se evidencia que existen amplios sectores de la población descontentos con el orden de cosas, que se sienten marginados y defraudados en sus expectativas de vida, y que guardan un resquemor hacia aquellos que identifican como los causantes del estado de cosas que los ha llevado a la marginalidad.

A esos grupos no les calzan las consignas light del nuevo modelo identitario, que impulsan los grupos hegemónicos que giran en torno a la internacionalizada expresión de Costa Rica como país “pura vida”, feliz como ningún otro; amante de la fiesta, la diversión y la fraternización con el visitante extranjero. Ellos se sienten desamparados y sin esperanzas, por lo que buscan refugio donde se los ofrecen a la vuelta de la esquina, en cada cuadra o caserío del país: las iglesias pentecostales.

Es ahí, en esas pequeñas iglesias, impulsoras de la teología de la prosperidad, donde encuentran un nuevo sentido de vida que les llena el vacío interior que les deja el ideario neoliberal dominante, centrado en el individualismo, la competencia y el consumo, al que no pueden acceder aunque se les proponga como sinónimo de felicidad.

Las iglesias pentecostales también giran en torno a ese ideario, pero lo complementan con el apoyo ante las dificultades que una sociedad crecientemente fracturada –a la cual se le debilitan los lazos de cohesión social– les pone al frente.

Es ese contexto en el que se realizan las elecciones de 2018, cuando un candidato proveniente de las filas de esas iglesias irrumpe y avasalla, pasando en primer lugar a la segunda ronda y dejando perplejos a los grupos que vivían en la burbuja. Ahora se dan cuenta de que no hay una sino, por lo menos, dos Costa Rica, casi enfrentadas, con valores y perspectivas distintas.

La Costa Rica moderna se enfrenta ahora a la Costa Rica aferrada a los valores tradicionales que le dan seguridad ante los cambios que afronta el país a inicios del siglo XXI: la creciente violencia y la inseguridad; la galopante corrupción; el mal funcionamiento de los servicios públicos y la inoperancia estatal.

Esta elección ha mostrado la factura que le ha pasado al país el impulso de las reformas neoliberales y su impacto en el orden cultural y político. Ciegos y sordos, los grupos dominantes tienen en su agenda seguirlas profundizando y, con ellas, ahondando las contradicciones que cada vez más perfilan una nueva Costa Rica. Eso significa decir que, si no se cambia el rumbo, en el futuro, vendrán nuevas sorpresas.

Rafael Cuevas Molina*/Prensa Latina

*Historiador, novelista, presidente de la Asociación para la Unidad de Nuestra América en Costa Rica.

[BLOQUE: ANÀLISIS][SECCIÒN: INTERNACIONAL]

 

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