El metalúrgico, el abogado y el leguleyo

El metalúrgico, el abogado y el leguleyo

Accesoriamente, con el obrero tornero Luiz Inácio Lula da Silva, Felipe Calderón guarda algo en común: el fervor religioso. “Yo soy agradecido a dios –dijo Lula–. De no haber sido por el dedo de dios, no sería normal que un pobre de Caetés, que huyó del hambre, se convirtiera en presidente. El que no cree en dios debe creer”, recomienda sinceramente. Calderón, católico militante, cada vez que puede, también lo invoca, mientras purifica su alma en agua bendita. El 26 de junio de 2009, el día internacional contra el uso indebido y el tráfico ilícito de drogas, se quejó amargamente de los jóvenes que tienen “pocos asideros trascendentes, no creen en la familia [tradicional, católica], que no tuvieron (sic), no creen en dios, porque no lo conocen (sic), no creen en la sociedad ni en quien la representa; abusan de este vacío espiritual de nuestro tiempo”. Por cierto, ese generoso dios es chocarrero. Si ayudó a Lula con un dedo, a Diego Maradona lo hizo con la mano. Recuérdese el “gol del siglo” que el Pelusa le metió a Inglaterra en 1986 y que, según él, fue marcado “un poco con la cabeza y un poco con la mano de dios”. Con Néstor Kirchner, Calderón tiene otra similitud: ambos se educaron en el ámbito de las leyes.

Sin embargo, hasta esas incidentales referencias retóricas evidencian las abismales y antitéticas diferencias existentes entre esos actores, de disímbolos intereses y carreras políticas que les tocó dirigir los destinos de sus respectivos países, con diferentes proyectos de nación y con resultados contrastantes. Lula, juvenil luchador de izquierda contra la dictadura brasileña, secretario del Sindicato de metalúrgicos y cofundador de la Central Única de Trabajadores y el Partido de los Trabajadores, apela a los designios celestiales desde el humanismo de los teólogos de la liberación que se inclinaron por la iglesia de los pobres y que han sido rabiosamente perseguidos por los bárbaros que regentean el catolicismo desde las cavernas vaticanas y los criminales y sangrientos brazos armados cristianos, las anticomunistas dictaduras militares y los gobernantes “republicanos” de la derecha troglodita.

Como entendió que la “mano invisible” del “mercado libre” sólo beneficia a una minoría, la cual lisonjea a los representantes de las iglesias que voluptuosamente se dejan sobar el lomo y excluye socialmente a las mayorías, a las que ofrece pobreza y miseria a manos llenas, y que el “dedo de dios” es perezoso ante las penurias terrenales de éstas, Lula no dudó en socorrerlas a éstas y, de paso, compensar con sus manos la mezquindad de las de dios. No arrojó al basurero de la historia al neoliberalismo, pero le puso el dogal a su espíritu salvaje y durante ocho años (2003-2010) instrumentó una política económica que logró resolver el enigma ante el cual han fracasado todos los Chicago Boys. Mantuvo cuatro fundamentos caros del neoliberalismo: la meta de inflación, el superávit fiscal primario, la paridad flotante, aunque no dudo imponerle impuestos a los capitales especulativos, y los altos réditos reales, uno de los mayores del mundo, para éxtasis de los especuladores. Pero las combinó con una política económica activa; sacó al Estado de su letargo autista al que fue sometido por los neoliberales y lo puso a trabajar. Con el gasto público productivo y el crédito de la banca pública, logró que la economía saliera del estancamiento en que la dejó Fernando E Cardoso, converso de la izquierda al fundamentalismo monetarista, y la llevó por la senda del crecimiento sostenido (tasa media real anual de 4 por ciento), apenas alterado por la crisis mundial capitalista de 2009; redujo al mismo tiempo la inflación de 12.5 por ciento en 2002 a 5.6 por ciento en 2010; amplió el gasto social de 21.8 por ciento del producto interno bruto (PIB) a más de 26 por ciento; de 817 dólares reales a más de 1 mil 158. El resultado es ostensible: Lula prometió 10 millones de nuevos empleos y alcanzó 15 millones; Cardoso, sólo 5 millones en 1995-2002. El salario medio real se recuperó 11.7 por ciento. A Baby Bush le dijo que “mi única guerra es contra el hambre”. Y su “parte de guerra” señala que 27 millones de personas abandonaron la miseria absoluta y 36 millones de pobres mejoraron su nivel de vida. La pobreza cayó de 38 por ciento a 29 por ciento, y la indigencia, de 13 por ciento a 7 por ciento. La inequidad en la distribución del ingreso nacional se atenuó.

Como Lula, Kirchner, peronista de izquierda en su juventud, no trascendió al capitalismo. Pero tampoco le gustaba el neoliberalismo. Al final de su mandato (2003-2007), dijo: “A mí me tocó sacar a la Argentina del infierno”. Como abogado y político, Kirchner tuvo la sensibilidad para captar como nadie el significado de la catástrofe de 2001. Tuvo el talento necesario para convertirse en el hombre de Estado que requería una Argentina en ruinas y una sociedad arrasada y agraviada por el espectacular colapso del autoritario y mafioso neoliberalismo de Carlos Menem y Domingo Cavallo, los hermanos de sangre sistémica de Carlos Salinas y Pedro Aspe. Tuvo la entereza para enfrentar el poder de la horda oligárquica-política-católica-militar, cuya sombra golpista gravitó espesamente sobre los gobiernos civiles de 1989 a 2003, de Raúl Alfonsín a Eduardo A Duhalde –durante su frustrado golpe de Estado del 16 de junio de 1955 en contra de Juan Domingo Perón, bombardearon la Casa Rosada, hubo, al menos, 200 muertos y más de 800 heridos. Un avión de la marina llevaba una insignia en su fuselaje “Cristo vence”–. Avanzó en la restauración del estado de derecho subvertido por la católica dictadura militar de 1976-1983, como conditio sine qua non para la democratización argentina.

Kirchner derogó las leyes de la impunidad, las de obediencia debida y punto final, e inició el juicio en contra de los militares y los civiles que participaron durante el genocidio de la dictadura, así como los que atentaron en contra de la comunidad judía en la década de 1990. Legalmente apoyó la recuperación de infantes secuestrados por la dictadura; cambió y sometió a la ley a la Corte Suprema de Justicia, cómplice de la dictadura y las desmesuras neoliberales; sustituyó la represión de los movimientos sociales por la tolerancia democrática y más libertades civiles; gobernó con los derechos como política de Estado; restituyó el valor de la igualdad ante la ley.

Su mandato no sólo se caracterizó por el estado de derecho y la democracia. En su viraje a la izquierda, desechó el catecismo neoliberal y replanteó el modelo. Abrió el gasto público productivo y social, sin afectar el déficit público (el primario pasó de 0.3 por ciento del PIB a 0.8 por ciento, y el global, de 6.4 por ciento a 4.6); subordinó la política monetaria al crecimiento y el bienestar. Impuso un tipo de cambio alto para proteger la economía local y gravó los capitales especulativos; volvió a estatizar algunas empresas y servicios (correo, agua, línea aérea); renegoció unilateralmente la deuda pública externa –la del gobierno central pasó de 138 mil millones de dólares (MMDD) a 56 MMDD, y la global, de 145 MMDD a 67 MMDD–; elevó el gasto social de 19.7 por ciento del PIB a 23.2 por ciento, y real por persona, de 1 mil 269 dólares a 2 mil 176; elevó las pensiones de los maestros e incorporó a los excluidos del sistema privado. Si Lula impulsó el proyecto Hambre Cero, el programa Bolsa Familia o el Programa Luz para Todos, Kirchner promovió la Asignación Universal por Hijo, entre sus planes sociales.

En cuatro años, la economía creció a una tasa real anual de 8.8 por ciento; la inflación cayó de 40 por ciento a 8.5 por ciento; la balanza comercial y corriente fue superavitaria; las reservas internacionales pasaron de 10.7 MMDD a 45.7 MMDD; se crearon 5 millones de puestos nuevos; el desempleo abierto bajó de 11.1 por ciento a 7.9 por ciento, y el salario medio real aumentó nada menos que 56 por ciento. La pobreza se contrajo de 45.4 por ciento a 21 por ciento, y la indigencia, de 21 por ciento a 7.2 por ciento.

Lula y Kirchner pagaron por adelantado la deuda contratada con el Fondo Monetaria Internacional (FMI) para terminar con la servidumbre nacional. Ese ejercicio de soberanía ante los buitres financieros multilaterales y privados fue complementado por otras medidas de política exterior: el rechazo a la hegemonía imperialista estadunidense, económica (el Área de Libre Comercio de las Américas) y política, y de otras potencias, a través del Mercado Común del Sur; la diversificación de sus relaciones internacionales; la alianza estratégica con los gobiernos progresistas de la región que han desfondado al neoliberalismo (Tabaré Vázquez-José Mujica, Evo Morales, Michelle Bachelet, Rafael Correa, Hugo Chávez, los cubanos); una mayor participación activa y autónoma en los organismos multilaterales (Organización de los Estados Americanos, Organización de las Naciones Unidas, FMI-Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio). Sin duda, Brasil, considerado como la octava economía mundial más importante, ha sido vital para el nuevo escenario, más benigno, que enfrentan y construyen estas naciones.

Lula y Kirchner, que llegaron al gobierno a través de las urnas –a diferencia de Calderón que, más práctico, se robó la corona, apoyado por las elites dominantes–, concluyeron sus mandatos con un alto nivel de aprobación, lo que permitió la continuidad de las administraciones progresistas. Kirchner, con un índice de popularidad de 60-65 por ciento, desconocido en la reciente historia argentina; Lula, con un récord de 87 por ciento. La emotiva y masiva despedida que acompañó a Kirchner en su muerte súbita, el 27 de octubre de 2010, fue uno de los mejores homenajes a un líder y su obra. Entre lágrimas y la cálida multitud, Lula abandonó el Palácio do Planalt como otro gran dirigente.

En cambio, Calderón se volvió detestable para las mayorías desde 2008, al menos, por ser corresponsable de su creciente pobreza y miseria. Cuando al fin se liberen de él, dejará un país entre los escombros, saqueado impunemente, con un futuro más lúgubre. Pasará a la historia como un oscuro personaje que llevó a la nación a ser de las peores del mundo. Será el sepulturero de la esquizofrenia clerical panista, afortunadamente. Siempre ha gobernado en la soledad, aislado, odiado por el pueblo. Protegido por los sables, su única base social, porque hasta la oligarquía abandona el barco. Visto con irónica conmiseración externa.

Como hijo de cristeros, se inclinó por el fundamentalismo católico y el derecho divino conservador-oligárquico. No ha dudado en destruir el Estado laico para tratar de imponer uno teocrático, instaurar el sórdido reino de dios en México y regresar al país a la Edad de Piedra. Frente a los derechos civiles (de las mujeres, la diversidad sexual, la educación laica, la libertad de expresión), se comporta como un talibán.

Lleva a cabo una cruzada en contra; solapa la tropical jerarquía católica que pisotea la Carta Magna. Como uno de los garantes del estado de derecho, actúa como leguleyo: le tuerce el cuello a la legalidad cuantas veces quiere, solapado por los poderes Legislativo y Judicial; cercena aún más las leyes al imperio y tolera la corrupción afrentosa. Como político, al alimón con los priistas, abortó la democratización del sistema y reforzó los ruinosos muros del corrompido despotismo presidencialista.

Económicamente, sostiene el proyecto neoliberal de nación que sólo favorece la depredación oligárquica local y foránea y de las mismas elites políticas, así como la exclusión social generalizada. Ante el destruido tejido social y la delincuencia producida por el modelo económico, sólo tiene el siguiente “paquete” de bienestar: el desprecio –el derechista católico Sebastián Piñera tuvo un gesto humano ante la tragedia de los mineros; Fox y Calderón arroparon al delincuente Germán Larrea y socios–, la resignación bovina-católica; la limosna; la cárcel; el baño de sangre; una tumba.

Las filtraciones de Wikileaks desnudaron a Calderón como un cipayo de Estados Unidos. No puedo evitar recordar una famosa anécdota. Cuando el estadunidense Spruille Braden –uno de los dueños de la empresa minera Braden Copper Company de Chile, con intereses comerciales en la United Fruit Company, y corresponsable de la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, que preservó los intereses de la Standard Oil– asumió el puesto de embajador en Argentina, le llevó un pliego de condiciones a Perón. Le dijo: “Si usted cumple con todo esto, será muy bien considerado en mi país”. Y Perón, célebremente, le contestó: “Vea, no quiero ser bien considerado en su país al precio de ser un hijo de puta en el mío” (Juan Pablo Feinmann, “Peronismo. Filosofía política de una obstinación argentina”. Página 12, Buenos Aires, 2010)

En la siguiente entrega, desarrollaré el legado de un gobierno zombi: el calderonismo.

*Economista

Fuente: Contralínea 217 / 23 de enero de 2011

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