Parteras tradicionales de la Casa Medicina Ancestral Teo Tepahkalle denuncian que la NOM-020-SSA-2025 impone un modelo de salud que desconoce la cosmovisión indígena y busca estandarizar la partería en México. Este saber ancestral entiende el nacimiento como un proceso físico, emocional, espiritual y comunitario, en tensión con la medicalización del parto y el sistema biomédico institucional. La regulación ha derivado en un conflicto legal en tribunales por la falta de consulta a pueblos originarios y el riesgo de subordinación de la partería tradicional.
En la penumbra de una habitación cálida, lejos del ruido metálico y las luces fluorescentes de los centros hospitalarios de la Ciudad de México, persiste una resistencia con miles de años de historia: la partería tradicional. Aquí, el nacimiento no es un procedimiento mecánico ni un número de expediente; es, en palabras de quienes custodian este saber, un “portal de vida”.
Para Gricelda Isabel Soriano (Cilintli), partera por herencia, la esencia de este oficio no se aprende en un aula, sino que se reconoce como un don espiritual. “La partera nace, no se hace… te toca las estrellas”, afirma para Contralínea.
Bajo esta cosmovisión, el acompañamiento a la mujer embarazada trasciende lo físico para abarcar también lo emocional y lo energético. La medicina tradicional no ofrece recetas generalizadas, sino diagnósticos individuales que distinguen entre enfermedades “frías” y “calientes”, donde la herbolaria, el “apapacho” y los conocimientos transmitidos entre generaciones son tan importantes como el monitoreo del pulso.
Esta práctica, reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2023, se sostiene sobre un modelo de atención horizontal y comunitario. La partera Fernanda Álvarez (Toschmetli), explica que muchas veces su misión nace de una herida compartida: haber vivido o presenciado la violencia obstétrica dentro del sistema institucional.
Más allá del nacimiento, las parteras construyen redes de cuidado y confianza dentro de las comunidades. Su labor no termina con el parto; también acompaña el embarazo, el postparto y la dimensión emocional de las familias. En ese proceso, la partería se convierte en una forma de “tejer comunidad” frente a un sistema de salud que, denuncian, suele privilegiar la rapidez y la estandarización por encima del vínculo humano.
Sin embargo, esa práctica ancestral enfrenta hoy una encrucijada jurídica. Mientras el sistema de salud busca regular y homologar la atención mediante la NOM-020-SSA-2025, parteras y comunidades indígenas denuncian un intento de subordinación que ignora su filosofía, sus formas de organización y la dimensión cultural de sus conocimientos.
Porque para ellas, la disputa no gira únicamente alrededor de una técnica médica, sino de una forma distinta de entender el cuerpo, el nacimiento y el cuidado colectivo.
Lo sagrado frente a la norma
En esta encrucijada, lo que está en disputa son dos formas distintas de entender el nacimiento. Para el sistema de salud institucional, el parto debe gestionarse bajo protocolos de control, higiene y estandarización; para la partería tradicional, en cambio, se trata de un proceso profundamente ligado a lo emocional, lo comunitario y lo espiritual.
Desde su formación, la filósofa y partera Oceloyphualmitl Arias, con 5 años de experiencia, sostiene que la NOM-020-SSA-2025 no es únicamente un documento administrativo, sino una regulación que intenta adaptar la partería tradicional a una lógica institucional ajena a sus raíces.
“El sistema occidental nos ve como fichas, como engranajes que deben funcionar en una línea de producción. La partería, en cambio, nos habita desde lo que somos: humanos irrepetibles”, explica.
Para ella, el modelo hospitalario moderno privilegia la sanitización y el control técnico del parto, pero deja en segundo plano aspectos fundamentales como la seguridad emocional, el silencio, el acompañamiento afectivo y la conexión de la mujer con su entorno.
Ese choque de visiones es lo que Cilintli Soriano, partera y maestra en medicina tradicional con más de 20 años de experiencia, define como un “desmembramiento cultural”. Bajo criterios de higiene y seguridad, explica, distintas regulaciones han intentado desplazar elementos esenciales de la práctica tradicional: el altar, el humo del copal, el fuego, los rezos y los símbolos espirituales que acompañan el nacimiento.
Para las instituciones, estos elementos pueden representar riesgos sanitarios; para las parteras, forman parte del sostén emocional y espiritual de la madre durante el parto. “Quitar el copal o los elementos sagrados no es un tema de limpieza; es amputar nuestra identidad”, advierte al ser consultada por este seminario.
Desde su perspectiva, la norma fragmenta una concepción del cuerpo que las comunidades indígenas entienden de manera integral. “Nuestra raíz es un cuerpo físico, un cuerpo alma y un cuerpo espíritu”, explica.
Por ello, considera que la regulación reduce la práctica de la partería a procedimientos técnicos y administrativos, y deja fuera los conocimientos comunitarios, espirituales y ancestrales que han acompañado a las mujeres durante generaciones.
La preocupación no se limita a los espacios rituales. La partera Soriano asegura que varias parteras han recibido documentos donde se les clasifica como “personal profesional no autorizado”, una denominación que, afirma, desconoce décadas de trabajo comunitario y transmisión de conocimientos.
“Nos ganamos el nombre de parteras por generaciones, porque hemos sostenido la vida”, declara. “Y ahora esta norma nos quita ese nombre”.
El impacto de la regulación también atraviesa la vida cotidiana de quienes ejercen esta labor. Muchas parteras y defensoras han tenido que dejar temporalmente a sus familias, trabajos y actividades comunitarias para participar en reuniones, movilizaciones y procesos legales contra la norma, pese a no contar con apoyos económicos ni estructuras institucionales.
La tensión entre lo sagrado y lo aséptico también transforma la experiencia misma del nacimiento. Mientras el entorno hospitalario suele estar marcado por luces intensas, protocolos rígidos y espacios impersonales, las casas de medicina buscan crear ambientes de calma y confianza, donde el dolor no sea entendido únicamente como una respuesta física, sino como una experiencia que requiere contención emocional y comunitaria.
Desde esta perspectiva, el debate alrededor de la regulación de la partería trasciende la discusión sanitaria. Lo que parteras y comunidades indígenas cuestionan es si el nacimiento permanecerá como un acto de autonomía, identidad y cuidado colectivo, o quedará reducido a un procedimiento definido exclusivamente por criterios administrativos.

El cuerpo como territorio de disputa
Si la partería es también una filosofía del cuidado y del espíritu, su campo de batalla más concreto es el cuerpo. Para la partera Toschmetli, el cuerpo femenino constituye el “primer territorio” que debe recuperarse frente a las dinámicas de control y violencia institucional que atraviesa el nacimiento.
Tras dos décadas dentro del ámbito de la salud y ocho años dedicada a la partería, Fernanda Álvarez considera que la lucha contra la violencia obstétrica va más allá de denunciar abusos hospitalarios. También supone cuestionar un modelo médico que, afirma, transforma el parto en una cadena de procedimientos técnicos donde la mujer pierde autonomía sobre su propio cuerpo.
Su crítica apunta hacia la medicalización excesiva y la estandarización de procesos que, desde la visión de la partería tradicional, deberían adaptarse a las necesidades físicas y emocionales de cada mujer.
Uno de los principales puntos de tensión es la posición del parto. Mientras gran parte del sistema hospitalario privilegia la posición horizontal –o litotomía–, diseñada para facilitar la intervención médica, la partería tradicional reivindica el parto vertical como una práctica más cercana a la fisiología del cuerpo.
“El cuerpo sabe parir si se le deja ser. La gravedad es nuestra aliada, pero el sistema prefiere tenerte acostada, inmóvil, porque así eres más fácil de gestionar”, señala.
Desde esta perspectiva, permitir que una mujer elija cómo parir no representa únicamente una decisión clínica, sino una forma de devolverle autonomía sobre un proceso que históricamente las instituciones médicas han intervenido y controlado.
Para las parteras de la Casa Medicina Ancestral Teo Tepahkalle, el problema no radica en la existencia de herramientas médicas o intervenciones quirúrgicas, sino en el uso rutinario y descontextualizado de procedimientos que originalmente fueron diseñados para situaciones de emergencia.
Las compañeras Álvarez y Arias coinciden en que prácticas como las cesáreas innecesarias, la aplicación sistemática de oxitocina sintética o las episiotomías de rutina se normalizaron en distintos espacios hospitalarios como mecanismos para acelerar tiempos, liberar camas y facilitar la administración de pacientes.
Las cifras reflejan la magnitud del fenómeno. En México, las cesáreas han aumentado de manera sostenida durante las últimas décadas hasta representar cerca del 55 por ciento de los nacimientos en 2023, una de las tasas más altas del mundo y muy por encima del rango de entre 10 y 15 por ciento recomendado por la Organización Mundial de la Salud.
La brecha se profundiza en los hospitales privados, donde algunos registros superan el 85 por ciento de nacimientos por cesárea. Incluso la propia Norma Oficial Mexicana NOM-007 establece como referencia un máximo de entre 15 y 20 por ciento.
El Instituto Nacional de Salud Pública advirtió en el artículo La epidemia de cesáreas en México que, aunque este procedimiento constituye una herramienta fundamental cuando existe una justificación médica, su uso innecesario incrementa riesgos para la madre y el recién nacido, además de afectar los derechos reproductivos de las mujeres.
En ese contexto, explican las parteras, el diagnóstico médico puede convertirse en un “veredicto” difícil de cuestionar para muchas mujeres, incluso cuando las intervenciones no responden a una urgencia real, sino a la lógica de rapidez y control que domina gran parte de la atención hospitalaria.
Desde la visión de la partería tradicional, intervenir el parto sin necesidad altera no solo el proceso físico, sino también el equilibrio emocional y hormonal de la madre. Por ello, las casas de medicina buscan crear entornos donde las mujeres puedan moverse libremente, decidir quién las acompaña y atravesar el nacimiento en un ambiente de calma y contención.
La apuesta de las parteras, aseguran, no consiste en rechazar la medicina moderna, sino en construir un modelo de atención donde la tecnología y los conocimientos clínicos permanezcan al servicio de la mujer y no por encima de ella.
La partera Álvarez sostiene que reivindicar el cuerpo como territorio implica rechazar la idea de que la seguridad médica debe imponerse a costa de la dignidad y la autonomía de quien pare. “Nuestra misión es no permitir que las mujeres vivan violencia; que puedan decidir cómo, dónde y con quién parir, y que los niños sean recibidos con este amor”, afirma.
En esa defensa del “territorio corporal” se articula gran parte de la resistencia de las parteras tradicionales. Lo que buscan no es únicamente preservar una práctica ancestral, sino disputar quién tiene el derecho de decidir sobre el nacimiento: las instituciones o las propias mujeres.

La búsqueda de un nacimiento acompañado
Para que la resistencia de las parteras sobreviva, también debe existir una comunidad dispuesta a sostenerla. En una ciudad marcada por la saturación hospitalaria y la rapidez institucional, familias como la de Yadira Estrella y Cristian Sandoval encontraron en la Casa Medicina Ancestral Teo Tepahkalle un espacio centrado en el acompañamiento, la escucha y la cercanía humana.
Su decisión no surgió de manera improvisada. Ambos buscaban atención para iniciar un proceso de fertilidad, pero también un lugar donde el embarazo y el nacimiento no fueran tratados únicamente como procedimientos clínicos.
“Es otra atención, se siente como de familia; como si fuera una tía o una prima la que te atiende y te explica todo con paciencia”, relata Yadira. Para ella, una de las principales diferencias frente a la atención hospitalaria radica en la forma en que se construye el vínculo con las parteras. Mientras en muchos espacios médicos el trato suele percibirse como rápido y distante, con las parteras de la casa tradicional el acompañamiento rebasa la consulta o el diagnóstico.
“Desde que llegas te dicen: ‘estás en tu casa’. Eso cambia completamente la experiencia”, explica. Yadira considera que esa cercanía también impacta emocionalmente el proceso de atención. Afirma que la escucha, el tiempo dedicado a cada paciente y la explicación detallada de los tratamientos generan una sensación de confianza difícil de encontrar dentro del sistema institucional.
“La medicina tradicional es personalizada. A veces en otros lugares sientes que eres un número más y que todos reciben la misma receta”, sostiene.
Como parte de su tratamiento, comenzó a utilizar cataplasmas en el vientre para desinflamar y desintoxicar el cuerpo antes de iniciar el proceso de embarazo. Además del tratamiento físico, la pareja destaca el seguimiento constante y la dimensión emocional del acompañamiento.
Su pareja, Cristian Sandoval, explica que otro de los factores que los llevó a buscar atención con parteras fue la percepción del entorno hospitalario como un espacio frío e impersonal. “En una casa de medicina el trato se siente diferente. No parece hospital; se siente más familiar”, afirma.
Para ambos, acercarse a la partería también implicó reencontrarse con conocimientos transmitidos entre generaciones. Cristian asegura que parte de su confianza en estos procesos nace de reconocer la vigencia de saberes que históricamente han acompañado a sus familias y comunidades.
En las casas de medicina, explican, el diagnóstico no termina en una receta o un procedimiento inmediato. El tratamiento se construye de manera gradual y toma en cuenta aspectos físicos, emocionales e incluso energéticos antes de definir el acompañamiento más adecuado para cada persona.
Más allá de la búsqueda de fertilidad, la pareja asegura que continuará recurriendo a este tipo de atención. Para ellos, la experiencia con las parteras no representa únicamente una alternativa médica, sino una forma distinta de entender el cuidado, el cuerpo y la comunidad.

Discriminación a los saberes indígenas
Para las parteras tradicionales, la tensión con las instituciones de salud no comenzó con la NOM-020-SSA-2025. La desconfianza, la exclusión y el menosprecio hacia sus conocimientos, aseguran, forman parte de una historia mucho más antigua: la de la discriminación sistemática contra los pueblos originarios y sus formas de entender la vida, el cuerpo y la comunidad.
Cilintli Soriano sostiene que la violencia que hoy enfrentan las parteras no puede entenderse sin mirar el pasado colonial y la manera en que el Estado ha construido leyes y políticas públicas sin considerar la cosmovisión indígena.
“La discriminación no empezó ahorita. Lleva siglos”, afirma. “Quienes hacen las normas no entienden cómo funciona un tejido comunitario ni lo que significa sostener la vida desde el espíritu y el alma”.
Desde su visión, el problema no radica únicamente en la regulación sanitaria, sino en que las decisiones sobre la partería continúan siendo tomadas desde espacios ajenos a las comunidades que la practican. Funcionarios, médicos y legisladores –señala– elaboran normas sobre una realidad que desconocen culturalmente.
“Cuando alguien detrás de un escritorio crea reglas sin consultarnos, termina violando derechos”, explica. “Porque para ellos el único conocimiento válido es el académico y todo lo indígena parece inferior o atrasado”.
Fernanda Álvarez coincide en que la principal violencia que enfrentan las parteras es la subordinación de sus conocimientos frente al sistema médico institucional.
“No es que no estemos abiertas a las leyes o al trabajo conjunto”, aclara. “Lo que no aceptamos es que nos quieran subordinar sin entender nuestra filosofía ni nuestra forma de vida”.
Para las parteras, esa subordinación también se traduce en una forma de etnocidio: la desaparición progresiva de prácticas, conocimientos y símbolos espirituales que han acompañado históricamente el nacimiento dentro de las comunidades.
Fernanda sostiene que la presión institucional busca borrar elementos esenciales de la medicina tradicional: el uso de la herbolaria, los rezos, los altares y las formas comunitarias de acompañamiento. “Nos llaman brujas por trabajar con plantas o con medicina integral […] Lo que quieren es desaparecer toda esta tradicionalidad”.
Oceloyphualmitl Arias considera que el rechazo hacia la partería tradicional refleja una dificultad más profunda del país para reconocer sus propias raíces indígenas. “Nos enseñaron a ver nuestras tradiciones como ignorancia […] Como si solo existiera un conocimiento válido y todo lo demás tuviera que desaparecer”.
Desde su perspectiva, el conflicto actual reproduce una lógica histórica donde los saberes comunitarios son tolerados únicamente como folclor, pero no reconocidos como sistemas legítimos de conocimiento y cuidado. “Lo que quieren es sistematizar todas las formas de pensar en una sola”, afirma. “Y la tradición no funciona así”.
Las consecuencias de esta discriminación, aseguran las parteras, no se quedan en el terreno simbólico. Fernanda denuncia que cuando una mujer atendida por parteras necesita ser trasladada a un hospital, el personal médico frecuentemente responde con descalificaciones y señalamientos.
“Les dicen: ‘¿Ya ves para qué te fuiste con una partera?’”, relata. “Aunque justamente el traslado se hace porque identificamos una variación y queremos proteger a la madre y al bebé”.
También denuncian casos en los que niñas y niños nacidos fuera del sistema hospitalario enfrentan obstáculos para obtener su registro civil, debido a que fueron recibidos por parteras tradicionales. “Se están violando derechos desde el nacimiento”, advierte Fernanda.
Para la partera Arias la imposición de la NOM-020 representa una continuidad de esa exclusión histórica, ahora revestida de lenguaje técnico y administrativo. “Es una desaparición disfrazada de progreso”, sostiene. “Nos dicen que es reconocimiento, pero en realidad nos obligan a renunciar a nuestras plantas, a nuestra espiritualidad y a nuestra forma de ejercer”.
En medio de esa disputa, las parteras insisten en que no buscan reemplazar al sistema médico ni rechazar la atención hospitalaria. Lo que exigen es reconocimiento horizontal y participación en las decisiones que afectan directamente su práctica y a las comunidades que acompañan.
Porque detrás del debate sanitario y jurídico, afirman, lo que está en juego no es únicamente una norma, sino la supervivencia de una forma distinta de entender la vida, el nacimiento y el cuidado colectivo.
El amparo como resistencia
La tensión entre la partería tradicional y el sistema institucional dejó de ser únicamente un debate cultural o filosófico. Hoy, el conflicto también se disputa en los tribunales federales, donde comunidades indígenas y parteras buscan frenar la aplicación de la NOM-020-SSA-2025, una norma que consideran violatoria de sus derechos colectivos, culturales y comunitarios.
El centro de la controversia radica en la forma en que el Estado intentó regular la práctica de la partería. Bajo el argumento de establecer lineamientos sanitarios y administrativos, las parteras denuncian que la norma impone criterios construidos desde una lógica hospitalaria y urbana que desconoce cómo funcionan los sistemas tradicionales de cuidado.
Desde el Segundo Tribunal Colegiado en Materia Administrativa del Estado de México, el magistrado Isidro Muñoz Acevedo explicó en entrevista para Contralínea que el principal problema de la norma no es únicamente técnico, sino constitucional.
El eje de la discusión, detalla, es la ausencia de una consulta previa, libre e informada hacia los pueblos y comunidades indígenas que históricamente han ejercido la partería tradicional.
“No se puede regular la vida de los pueblos indígenas desde un escritorio”, señala el magistrado. “La norma confunde conceptos básicos. Pretende trasladar la lógica hospitalaria a una práctica que ocurre dentro de los hogares, en las comunidades y en el territorio de las familias”.
Para el tribunal, el debate no consiste únicamente en determinar si la regulación sanitaria resulta necesaria, sino en definir si el Estado puede imponer medidas sobre pueblos originarios sin tomar en cuenta sus formas de organización social, sus prácticas culturales y sus sistemas propios de salud.
La controversia jurídica comenzó después de que trece mujeres –parteras y aprendices de comunidades otomíes, mazahuas y nahuas– promovieron un juicio de amparo con el acompañamiento del Instituto Federal de la Defensoría Pública (IFDP).
La Defensoría ha planteado ante el Poder Judicial que la partería tradicional no debe entenderse como una actividad “informal” tolerada por el Estado, sino como una práctica vinculada al ejercicio de derechos culturales, comunitarios y de autonomía indígena.
El amparo también cuestiona la intención de homologar distintos tipos de partería bajo una misma estructura administrativa, sin distinguir entre modelos comunitarios, rurales y tradicionales.
Para las comunidades, el riesgo de esa estandarización no es menor. El magistrado Muñoz Acevedo advierte que imponer requisitos difíciles de cumplir –como registros, certificaciones o condiciones diseñadas para espacios clínicos– podría empujar la práctica hacia la clandestinidad.
“Esto afecta algo muy íntimo de las comunidades”, explica. “Si las parteras sienten que serán perseguidas o sancionadas, la práctica no va a desaparecer; simplemente se va a ocultar. Y eso puede generar más riesgos para las mujeres y los recién nacidos”.
Desde la perspectiva de las parteras, la preocupación no es únicamente administrativa. También existe temor de que la regulación termine debilitando el vínculo comunitario que sostiene su práctica.
Fernanda Álvarez considera que la norma no busca construir un diálogo horizontal entre sistemas médicos, sino subordinar la medicina tradicional a las estructuras institucionales. “No nos oponemos al trabajo conjunto”, afirma. “Lo que rechazamos es que quieran desaparecer nuestra manera de ejercer y decidir sobre nuestros propios conocimientos”.
En medio del litigio, el Poder Judicial otorgó una suspensión que permite a las parteras continuar ejerciendo mientras se resuelve el fondo del asunto. Para el magistrado Muñoz Acevedo, el caso representa un debate mucho más amplio sobre los límites del Estado frente a la diversidad cultural del país. “El gobierno no puede tomar decisiones racionales sobre una práctica ancestral sin escuchar primero a quienes la sostienen”, asegura.
Más allá del resultado jurídico, el amparo se convirtió para las parteras en una forma de resistencia legal frente a lo que consideran un intento de normalizar, controlar y eventualmente desplazar sus formas tradicionales de cuidado.
Este seminario solicitó entrevista con la Secretaría de Salud para conocer la postura institucional sobre la NOM-020-SSA-2025 y las críticas expresadas por parteras tradicionales y comunidades indígenas. Este medio buscó la participación del subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Ramiro López Elizalde; de la directora general del Centro Nacional de Equidad de Género, Salud Sexual y Reproductiva, Teresa Ramos Arreola; del director general de Planeación y Desarrollo en Salud, Raúl Peña Viveros; y de la directora general de Calidad y Educación en Salud, Laura Cortés Sanabria, sin obtener respuesta.
Hacia una medicina horizontal
Mientras el debate avanza en los tribunales, las parteras sostienen que la disputa no se limita a una norma, sino a una forma de entender el mundo. Toschmetli Álvarez lo resume como una defensa del territorio en su sentido más profundo: el cuerpo como origen de todo lo demás. “Defendemos el territorio desde nuestra raíz: la medicina tradicional y la partería, porque ahí está la forma digna de sanarnos, de nacer, de parir y de dar vida”, afirma.
Desde esa misma lógica, Oceloyphualmitl Arias plantea que el conflicto no ocurre solo entre sistemas médicos, sino entre formas de conocimiento. “No hay una sola manera de saber. Hay muchas cosmovisiones, muchos territorios, y todas tienen en común el buen vivir, el respeto a la vida en todas sus formas”, dice. Advierte que el problema de fondo aparece cuando una sola visión intenta imponerse sobre las demás: “Necesitamos cambiar esa forma de pensar que no permite que nuestras raíces sigan sosteniéndose”.
Ambas coinciden en que la defensa de la partería no es únicamente profesional o técnica, sino un llamado más amplio a reconocer la pluralidad de los pueblos, sus oficios, sus memorias y sus formas de habitar el mundo.
En ese horizonte, la propuesta que emana de las casas de medicina ancestral y que hoy se discute en los tribunales es la de una complementariedad real. No se trata de excluir al sistema de salud pública, sino de construir una relación horizontal en la que el Estado garantice condiciones materiales –insumos, infraestructura y atención de emergencia– sin imponer la renuncia a la herbolaria, los rituales, los altares o la dimensión espiritual del nacimiento. No como concesión, sino como reconocimiento.
La partería ha sobrevivido a la Colonia, a la homogenización del siglo XX y a la medicalización del parto; no como reliquia, sino como práctica viva. Su permanencia no responde a la nostalgia, sino a la necesidad comunitaria.
La exigencia de las parteras es directa: no más decisiones sobre sus cuerpos, sus territorios y sus saberes sin su participación. Su consigna –“Ni una más sin nuestra voz”– no es un lema: es la síntesis de una historia larga de exclusión institucional.
En ese horizonte, lo que está en juego no es solo el futuro de una práctica médica, sino la posibilidad de reconocer que el país está hecho de múltiples raíces: las que curan, las que siembran, las que tejen y las que acompañan la vida desde su inicio.
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