El último brote de ébola en la República Democrática del Congo –cepa Bundibugyo– “se está propagando más rápido de lo que los trabajadores de la salud pueden contenerlo”. Hasta este lunes, habían sido detectados unos 900 contagios y 220 muertes sospechosas por esta enfermedad, de acuerdo con el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus.
En consecuencia, el organismo sanitario internacional elevó el riesgo evaluado a nivel nacional, al pasarlo de alto a muy alto. Los países vecinos al Congo, que incluyen Uganda, presentan un riesgo “especialmente alto”, con cinco casos y una muerte confirmados.
A pesar de ello, las comunidades en el Congo han presentado desconfianza a las autoridades sanitarias del exterior, por lo que han obstaculizado los esfuerzos del personal médico y aumentado “significativamente el riesgo de transmisión de la enfermedad”, alertó ONU Noticias.
Estos problemas se materializaron en los últimos días, cuando fueron incendiados dos centros de tratamiento en la región. Marie Roseline Belizaire, directora de Respuesta a Emergencias para la OMS África, señaló que estos ataques se vincularon “a campañas de desinformación que circulan en las redes sociales, las cuales están ralentizando significativamente las investigaciones de casos y limitando la capacidad de los equipos de salud para llegar a las comunidades afectadas”.
Entre las molestias de la población están los protocolos desarrollados por las autoridades sanitarias en el noreste del Congo, que prohíben la asistencia superior a 50 personas en funerales de fallecidos –sospechosos– por ébola. Además, dejó de estar permitido el contacto directo con los cuerpos, pues algunos contagios estuvieron relacionados a contactos con difuntos.
El pasado 17 de mayo, la OMS declaró “emergencia de salud pública de importancia internacional” el brote de ébola iniciado en el Congo, debido al aumento de los casos, “la propagación transfronteriza y las importantes incertidumbres sobre la magnitud de la epidemia”.
Para ese momento se tenía registro de ocho personas contagiadas, 246 con sospecha de contagio y 80 “muertes sospechosas” al este del país, en la provincia de Ituri, así como en la capital Kinshasa y dos personas en Uganda que viajaban desde el Congo.
Ese día, el director general de la OMS señaló cinco factores que influyen en la preocupación sobre la peligrosidad del brote: casos sospechosos, expansión a otras ciudades, trabajadores de la salud muertos, desplazamiento de la población por inseguridad bélica y la propia cepa que no tiene vacuna.
La República Democrática del Congo atraviesa por un contexto de violencia interna grave desde inicios de 2025, cuando se intensificaron los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad congoleñas y grupos armados liderados por el M23, patrocinado por el país fronterizo Ruanda. En dos años, desde 2024, han sido desplazadas más de 358 mil personas, principalmente por los combates.
Desde 1976, cuando se identificó el virus, se han detectado 41 brotes, 17 de los cuales han surgido en el Congo; sin embargo, solo en una ocasión anterior había sido de esta cepa (2012, además de otra en Uganda en 2007). Como se declaró desde un principio, hoy en día no existen vacunas aprobadas ni tratamientos específicos para combatir la cepa Bundibugyo, solo para la variante Zaire (Ervebo).
Lo más cercano son dos vacunas con ensayos que esperanzan a las y los especialistas, según declaraciones de Vasee Moorthy, responsable de los ensayos clínicos de la OMS.
Una es la “rVSV-Bundibugyo”; no obstante, no existen ensayos clínicos y el tiempo mínimo para las pruebas en humanos es de seis a nueve meses. La segunda, basada en la plataforma ChAdOxl –usada por AstraZeneca para su vacuna contra Covid–, no tiene datos en animales hasta ahora, y los ensayos clínicos llegarían hasta dos o tres meses, agregó.
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