Renuncia, Calderón, o estalla la nación

Renuncia, Calderón, o estalla la nación

El desastre social del país ya es intolerable. En 10 años, tras el ascenso del foxismo-panista (Alejandra Lajous y otros, Vicente Fox, el presidente que no supo gobernar; editorial Océano de México, 2007) y el cuatrienio calderonista-yunquista, la nación como sociedad, el Estado y el gobierno han sufrido retrocesos económicos, políticos y culturales tan dramáticamente dañinos que la única solución debe ser de raíz: la renuncia, forzada o voluntaria, del inquilino del búnker en los sótanos de Los Pinos, quien, como un Hitler derrotado, se resiste a irse a consecuencia de su notoria incapacidad e ineficacia para implantar políticas públicas. Asido al clavo ardiente del “dejad hacer, dejad pasar”, el calderonismo es un rotundo fracaso y su mal gobierno, en el bicentenario de 1810 y el centenario de 1910, que generaron esos levantamientos populares, es, nuevamente, el caldo de cultivo para un nuevo estallido del pueblo que imponga la paz social contra la violencia sangrienta, por igual, del narcotráfico y los gobernantes.

Emplazados al “si no pueden, renuncien”, particularmente Calderón y su grupo, ha llegado el momento para una solución radical. Y la raíz del mal gobierno federal es Calderón. La nación ya no resiste sin solucionar sus principales problemas: la cada vez más pavorosa, sangrienta y aterradora inseguridad que oficialmente arroja más de 40 mil homicidios, pero que, desde hace 22 años, sino es que desde el decadente régimen de Miguel de la Madrid (que suman 28 años), arrojan más de ¡100 mil asesinatos con toda impunidad!

La política económica, desde el maldito salinato –cuya cabeza rapada anda tanteando el terreno del des-Peña-dero para resurgir–, arrastra a más de 40 mil desempleados acumulados con los del foxismo-calderonista; a 50 millones de pobres. Hay bajísimo consumo de productos para la alimentación; alza de precios a los bienes y servicios que presta el gobierno, y los empresarios, no obstante la baja demanda en general, también le meten a fondo el acelerador de la inflación. Y niños y jóvenes sin presente, presas de enfermedades y falta de escolaridad, pervirtiéndose en la vagancia, la prostitución, el desgarre de las relaciones familiares, el narcotráfico y cometiendo otros delitos en la anarquía de la vida pública.

Y como el eje en torno al cual gira la totalidad de las vidas privadas y públicas sigue siendo el presidencialismo (al que la reforma de Beltrones propone restarle poderío para equilibrar democrática y republicanamente pesos, contrapesos y otros cuestionamientos analizados por Gabriel L Negretto, editor con otros autores del libro Debatiendo la reforma política, edición Centro de Investigación y Docencia Económicas, AC, 2010), entonces su inactividad, desaciertos, ineficacia e incompetencia, como es el caso de Calderón, trastorna todas las potenciales fuerzas económicas, sociales, culturales y políticas hasta llegar a la paralización agrícola, ganadera, industrial, comercial, minera, etcétera. Por esto, el señor Calderón debe irse y se debe designar un presidente sustituto para que la crisis política toque fondo y, tras ese sacudimiento por su renuncia (por causa grave: incapacidad), nos demos a la tarea de la reconstrucción.

Calderón y la mayoría de los panistas (en los gobiernos municipales, estatales y federal) carecen de una mínima formación e información cultural, sobre todo en teoría y práctica políticas (de aquí sus fracasos en la administración y el gobierno propiamente). Ignoran el consejo, por ejemplo, de Max Weber, en su espléndido ensayo El político, cuando dice que quienes ejercen el poder del Estado al menos deben aspirar a ser estadistas y que “lo decisivo no es la edad, sino la educada capacidad para mirar de frente las realidades de la vida, soportarlas y estar a su altura”, y que ha de alternarse la acción, la práctica política-administrativa, “conforme a la ética de la responsabilidad o la ética de la convicción”.

Calderón, empero, ha permanecido agazapado a la ética religiosa con sus compañeros de viaje desde la pandilla de El Yunque. Agrega Weber que quien “siente realmente y con toda su alma la responsabilidad por las consecuencias llega a un cierto momento y dice: ‘no puedo hacer otra cosa, aquí me detengo’”. Pero Calderón se resiste a renunciar, a irse… a detenerse. No tiene vocación para la política. Y debe presionársele para que renuncie, pues no supo ni sabe gobernar… después de más de cuatro años, mientras transcurre la década panista que ya desgració a la nación, que, con su paciencia, ha llegado al límite de su estallamiento. Y si no se quiere más derramamiento de sangre, que se vaya sin violencia o, de lo contrario, un día de éstos irrumpirán las revueltas. “Ésa es, señores, mi convicción profunda: creo que estamos durmiéndonos sobre un volcán”, escribió, vaticinando la Revolución de 1848 Alexis de Tocqueville, a lo que se puede agregar que Calderón y los panistas se han convertido, por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios (sus adicciones etílicas), en “incapaces e indignos de gobernar”. Calderón no fue hecho para la política. No es un hombre de Estado… es un arribista que se apoderó del gobierno “haiga sido como haiga sido”. Y debe salir constitucionalmente o la nación estallará violentamente. Ésa es la alternativa: con la Constitución o contra ella.

*Periodista

Fuente: Contralínea 232 / 08 de mayo de 2011

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