Democracia y guerra cognitiva: una semiótica de los asedios antidemocráticos

Democracia y guerra cognitiva: una semiótica de los asedios antidemocráticos

Ilustración: Gemini IA

Tal vez el signo más inquietante de nuestra época sea que la democracia continúa mereciendo el favor de los pueblos mientras su significado permanece sometido a una disputa incesante. Defenderla exige, antes que repetir su nombre, impedir que se convierta en una práctica vacía, disponible para cualquier estrategia de distorsión. La verdadera batalla no consiste en preservar un vocablo, sino en rescatar la experiencia histórica que ese vocablo promete, y perfeccionarla. Allí reside el núcleo de la guerra cognitiva contemporánea: en la tentativa de decidir quién tendrá el privilegio de nombrar el mundo y de establecer el significado de las palabras y las conductas con las que el mundo llegará a ser pensado y moldeado.

Hoy la democracia burguesa que conocemos ha dejado de ser únicamente un régimen de organización institucional para convertirse en el territorio más disputado del lenguaje político. Ya no es solo una forma de gobierno; es una experiencia social sitiada por las derechas y ultraderechas. Quien logra ocupar su significado conquista una porción decisiva del imaginario colectivo, porque no existe dominación duradera que no consiga presentarse bajo el prestigio de un vocabulario compartido. Las épocas cambian menos por la sustitución de sus diccionarios que por la colonización silenciosa de las definiciones que esos diccionarios contienen. Ningún poder ignora esta evidencia. Por ello, la guerra cognitiva contemporánea no se libra prioritariamente para modificar opiniones –que son siempre inestables y reversibles–, sino para monopolizar los significados desde los cuales las opiniones se vuelven posibles. Antes de conquistar las conciencias hay que conquistar las palabras con las que esas conciencias piensan.

Tal democracia constituye, en este escenario, el significante más codiciado de nuestra época. Casi nadie osa declararse enemigo suyo. Las autocracias la invocan para justificar la disciplina; los mercados para legitimar la competencia; los imperios para racionalizar sus intervenciones; las oligarquías para preservar privilegios; los movimientos emancipadores para reclamar igualdad efectiva. Todos pronuncian la misma palabra mientras habitan universos semánticos incompatibles. La paradoja no consiste en que existan interpretaciones distintas, sino en que esa diversidad es presentada como equivalencia. Allí comienza la operación ideológica: la identidad fonética de un término oculta la radical diferencia entre los proyectos históricos que pretende nombrar.

Hoy la guerra cognitiva encuentra en esta ambigüedad un campo privilegiado de operaciones. No necesita prohibir conceptos; le basta con vaciarlos, saturarlos de usos contradictorios o convertirlos en recipientes donde cualquier interés particular pueda presentarse como voluntad universal. La violencia simbólica más eficaz no elimina el lenguaje: lo conserva mientras altera sus coordenadas internas. Como un cartógrafo que desplaza apenas unos grados el norte de los mapas, modifica imperceptiblemente la orientación de millones de viajeros. El resultado es un extravío colectivo cuya causa permanece invisible porque el instrumento de orientación parece intacto.

Y la economía política de la comunicación permite comprender que esta batalla no ocurre en un espacio abstracto. Los significados poseen condiciones materiales de producción, circulación y consumo. Las plataformas digitales, los conglomerados mediáticos, las industrias culturales y los sistemas algorítmicos administran la visibilidad de los acontecimientos con la misma racionalidad con que otras épocas administraban las rutas comerciales o los recursos naturales. La información ha dejado de ser únicamente un bien cultural; constituye una fuerza productiva cuyo control determina la distribución del poder.

Quien gobierna los flujos de atención organiza también la jerarquía de las emociones, la memoria pública y los horizontes de lo imaginable. La crítica de la ideología de la clase dominante adquiere entonces una renovada actualidad. Ya no basta con desenmascarar las falsedades explícitas. Las formas contemporáneas de dominación operan preferentemente mediante verdades parciales, selecciones interesadas, énfasis calculados y omisiones estratégicas. La manipulación más eficiente no fabrica necesariamente ficciones; administra relevancias. Decide qué merece indignación y qué será naturalizado, qué vidas serán visibles y cuáles permanecerán confinadas al anonimato estadístico, qué tragedias ocuparán semanas enteras de cobertura y cuáles desaparecerán bajo la velocidad programada del olvido.

Allí donde antes predominaba la censura, hoy prospera la saturación. El exceso informativo produce un efecto semejante al del desierto: no por ausencia de agua, sino por imposibilidad de distinguir la fuente. La saturación de imágenes, opiniones, datos y escándalos fragmenta la continuidad de la experiencia y reduce la capacidad de establecer relaciones históricas. Cada acontecimiento aparece como una excepción desligada de las estructuras que lo producen. La conciencia queda atrapada en un presente perpetuo donde la explicación cede su lugar a la reacción instantánea y donde la velocidad sustituye a la comprensión.

Así la psicología de masas encuentra un laboratorio inédito. El miedo, la indignación, la esperanza y el resentimiento dejan de ser únicamente emociones individuales para convertirse en recursos estratégicos administrados mediante arquitecturas digitales capaces de anticipar comportamientos y modular respuestas colectivas. La subjetividad ya no constituye el refugio íntimo del ciudadano; se ha transformado en un territorio de extracción permanente. Cada clic, cada búsqueda, cada pausa frente a una pantalla alimenta sistemas cuyo objetivo consiste en cartografiar los afectos para intervenir sobre ellos con creciente precisión. La conciencia aparece así atravesada por una economía política de las emociones donde el deseo mismo comienza a funcionar como infraestructura del mercado.

Y la geopolítica de la información completa este cuadro. Las disputas entre potencias ya no se limitan al control de territorios físicos; se extienden hacia el dominio de los ecosistemas simbólicos donde se fabrica la legitimidad. Satélites, cables submarinos, centros de datos, plataformas tecnológicas, inteligencia artificial y redes de comunicación constituyen hoy una infraestructura tan decisiva como las antiguas fortalezas o las rutas marítimas. Quien domina esas arquitecturas no solo transmite mensajes; establece las condiciones mismas bajo las cuales una sociedad distingue entre evidencia y propaganda, entre memoria y olvido, entre democracia y simulacro.

 

Fernando Buen Abad Domínguez*

*Doctor en filosofía

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