Ciencia y filosofía: hacia la construcción de la ciudadanía

Ciencia y filosofía: hacia la construcción de la ciudadanía

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Cuando alguien que no es científico piensa en ciencia, se imagina algo así como un terreno sagrado y complejo al que sólo unos cuantos superdotados pueden acceder. Si bien se necesita instrucción formal y algo de experiencia para hacer ciencia (es decir, para generar conocimientos nuevos mediante métodos estandarizados y sin hacer alusión a entidades sobrenaturales), en ningún caso es un lugar de unos cuantos privilegiados. Todo lo contrario: en su sentido más amplio, la ciencia es una actividad abierta en donde la participación de la mayor cantidad de personas (científicos o no) es necesaria.

Aunque a través de la historia los científicos (o los grandes sabios y naturalistas de antaño) han sido vistos con un aura de veneración y respeto (tal vez por ser raros, demasiado abstraídos o incluso muy influyentes), la idea de una ciencia exclusiva, elitista e incluso discriminatoria es reciente. Es imposible separar esta forma de ver la ciencia de la ideología neoliberal, la cual, desde un enfoque utilitarista, la considera como una actividad más que debe ser redituable y que puede mejorar (es decir, aumentar su productividad económica) en la medida en que, como en otras áreas, se fomente la competitividad en su seno, principalmente en el campo de la “ciencia aplicada”. Esta idea de la ciencia en el contexto ideológico hegemónico es especialmente grave cuando se reconoce que la misma debe ser un pilar fundamental en el progreso de la humanidad.

La ciencia es una actividad que va más allá de la producción de bienes tangibles para la sociedad. Su alcance traspasa las universidades, instituciones y centros de investigación y empresas privadas en donde se produce la mayor parte del conocimiento especializado actual. La ciencia tiene que ver con la consecución de libertades individuales y colectivas; es importante porque genera cambios en la percepción del mundo exterior mediante preguntas, razonamientos e ideas que paulatinamente derivan en pensamiento crítico, capacidad de análisis y en última instancia iniciativas que pueden mejorar el entorno. Es decir, la ciencia es un camino para acceder a una verdadera sociedad del conocimiento.

Aunque su influjo es grande, la ciencia sólo representa una pieza del engranaje generador de cambio social. Otra parte importantísima es la filosofía. La palabra es griega y quiere decir amor por la sabiduría. En un principio, ciencia y filosofía tenían la misma finalidad: explicar al mundo real. En la actualidad, la filosofía implica reflexiones constantes sobre las causas y efectos que las acciones humanas pueden tener sobre sus semejantes y, en última instancia (o tal vez en primera), sobre otros seres vivos y su ambiente (ámbitos de los que también se ocupa la ecología, aunque desde un enfoque distinto). Específicamente, la relación entre la ciencia y la filosofía es de dos tipos: 1) sobre la manera de llegar al conocimiento (epistemología de la ciencia) y; 2) sobre los fines de hacer ciencia (ética).

Lamentablemente, en la actualidad muy pocos científicos (y aún menos la gente) incorporan consideraciones filosóficas en su quehacer profesional, y esto probablemente tiene que ver con la tendencia actual del científico hacia la tecnificación y la especialización, que lo convierte en una especie de maquilador intelectual. Esto reduce su impacto real en la sociedad y pone al conocimiento en manos de una élite económica o erudita, lo que en última instancia crea una sociedad de la ignorancia, prejuiciada, intolerante e inconsciente que en los casos más graves se convierten en tomadores de decisiones (como un par de ejemplos tenemos a los presidentes de México y de Estados Unidos).

La ciencia y la filosofía son ejes del desarrollo humano. Desde mi punto de vista, el circuito completo por medio del cual la ciencia sería generador de cambio social es el que va desde la generación de conocimiento nuevo (la ciencia dura), con reflexiones filosóficas (tanto del método como de los objetivos de la ciencia), hasta la divulgación de dicho conocimiento al público general, para la formación de ciudadanos críticos, analíticos y proactivos, que paulatinamente incorporen a la ciencia (con sus leyes, principios y teorías) y a la filosofía (con sus reflexiones) en su cotidianeidad. Es decir, la ciencia y la filosofía deben ser las bases para educar ciudadanos y empoderarlos.

Omar Suárez García*

*Biólogo; doctorante en el Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional (Unidad Oaxaca) del Instituto Politécnico Nacional

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

 

 

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