El corazón del mundo y la nueva ruta de la seda

El corazón del mundo y la nueva ruta de la seda

En medio de las crecientes tensiones diplomáticas y comerciales entre Estados Unidos y China, que mantienen en vilo al planeta por las profundas repercusiones que tendría una escalada del conflicto entre ambas potencias, ha llegado a mis manos el libro El corazón del mundo. Una nueva historia universal (2016, Barcelona, Editorial Planeta), del historiador británico Peter Frankopan, profesor de la Universidad de Oxford.

Como lo explica en su prefacio, con esta obra el autor se propone confrontar “el mantra del triunfo político, cultural y moral de Occidente” como base del relato hegemónico –y defectuoso de la historia universal– y, en su lugar, intenta mostrar que existen “formas alternativas de ver la historia” que no implican asumir la perspectiva unívoca “de los vencedores de la historia reciente”. Avanzando por las páginas del texto, resulta imposible abstraerse de las reverberaciones que este relato crítico del pasado de la humanidad lanza sobre nuestro presente convulso, para ayudarnos a comprenderlo.

Frankopan explica que, si bien es comprensible la atención que se presta hoy al crecimiento de países como China, “donde se prevé que la demanda de artículos de lujo se multiplique por cuatro en el próximo decenio” –o la India “donde el número de personas que tiene acceso a la telefonía móvil es mayor que el de quienes tienen acceso a inodoros”– enfocar el análisis sólo en el desempeño económico de estos dos países puede llevar a perder de vista la importancia que tiene el espacio mayor donde se libran las grandes batallas geopolíticas de este siglo: “el eje alrededor del cual giraba el planeta durante milenios”, el punto intermedio entre Oriente y Occidente.

Es decir, “la región que en términos muy generales se extiende desde la ribera oriental del Mediterráneo y el Mar Negro hasta la cordillera del Himalaya”, que incluye a  Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Turkmenistán, Tayikistán, el Cáucaso, Azerbaiyán, Afganistán, Irán, Irak y Siria. Una región adyacente, por cierto, a las fronteras de Rusia, China e India, y cuyos territorios están integrados –directa o indirectamente– en el trazado de los proyectos estratégicos de infraestructura, extracción de recursos energéticos y corredores comerciales que conforman la Iniciativa de la Franja y la Nueva Ruta de la Seda, anunciada en 2013 por el gobierno de Xi Jinping como pilar de la hegemonía económica global que alcanzaría China entre 2030 y 2050.

Frankopan articula la argumentación y la estructura narrativa de su libro a partir del estudio de lo que el geólogo alemán Ferdinand von Richtofen llamó, a finales del siglo XIX, rutas de la seda: es decir, una milenaria red de interconexiones que surcaba el amplio territorio antes descrito, y que funcionaba como “una especie de sistema nervioso central del mundo, una red que conecta pueblos y lugares”, pero que, “pese a su tremenda importancia”, durante mucho tiempo fue y sigue siendo considerada “periférica para la narración del ascenso de Europa y la sociedad occidental”.

La noción de rutas de la seda, entonces, no alude sólo al comercio del preciado tejido y de los más lujosos productos que los mercados podían ofrecer en su tiempo, sino también a las rutas que hicieron posible la confluencia de civilizaciones, el entrecruzamiento de filosofías y religiones, la circulación de las ideas, las utopías políticas y los nuevos proyectos de futuro de los que Occidente, ensimismado, apenas se percata; y ante los cuales no sabe cómo responder. O  simplemente, ya no puede hacerlo.

“La era de Occidente se halla en una encrucijada, si no ya en su fin”, sostiene el autor al final del recorrido histórico que propone en el libro porque mientras en esta parte del mundo “nos preguntamos de dónde vendrá la siguiente amenaza, cómo lidiar con el extremismo religioso, cómo negociar con estados aparentemente decididos a despreciar el derecho internacional y cómo construir buenas relaciones con pueblos, culturas y regiones a los que pocas veces nos hemos esforzado por entender, a lo largo y ancho de la columna vertebral de Asia se tejen en silencio nuevas redes y conexiones o se restauran. Las rutas de la seda se alzan de nuevo.”

En este corazón del mundo fueron sepultados también muchos imperios occidentales que se imaginaron eternos. La voracidad de sus élites y la necesidad de expansión territorial para obtener nuevos recursos, cobrar más impuestos y explotar mano de obra;  y en parte también la seducción del misterioso Oriente y sus riquezas, los llevó a actuar más allá de sus posibilidades, precipitando así su ruina. Tal y como lo hace ahora el presidente estadounidense, Donald Trump, emperador delirante y altanero que arrastra consigo a los Estados Unidos y Europa a lo que parece ser una nueva confrontación por el dominio de las rutas de la seda.

La chispa inicial de una guerra global podría explotar en cualquier momento, como no se cansa de repetir, con tono amenazante el nefasto asesor de seguridad nacional John Bolton. Siria fue sólo un anticipo. Irán, la frontera ruso-ucraniana o el conflictivo Mar de China podrían ser el próximo punto candente. En palabras del historiador británico Frankopan, se trata de “las señales de un nuevo mundo surgiendo ante nuestros ojos”.

Vivimos, pues, el tiempo de la incertidumbre que precede a todo nacimiento.

Andrés Mora Ramírez*/Prensa Latina

*Docente e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Costa Rica

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