El vuelo del colibrí

El vuelo del colibrí

El objeto a considerar es en primer término la producción material. Individuos que producen en sociedad, o sea la producción de los individuos socialmente determinada: este es naturalmente el punto de partida

Carlos Marx

Guillermo Castro H*/Prensa Latina

guillermo-castro-509-aSobre el ambiente hemos venido a conocer ya “un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria”, como lo expresara José Martí respecto a estos y otros grandes temas de su tiempo, y del nuestro.

Conocer esas verdades es importante, para “mantener a los hombres en el conocimiento de la tierra y en el de la perdurabilidad y trascendencia de la vida”, y permitirles así “vivir en el goce pacífico, natural e inevitable de la Libertad, como viven en el goce del aire y de la luz.”

En lo que atañe a la dimensión ambiental de la crisis global –aquella que, como lo advirtiera Fidel Castro en 1992, pone en riesgo de extinción a la especie humana–, esas verdades fundamentales son tres. La primera nos dice que la naturaleza y el ambiente son entidades distintas, pero íntimamente relacionadas entre sí.

La segunda, que el trabajo socialmente organizado es el agente fundamental de esa relación. Y la tercera, que el cambio en las formas de organización social del trabajo constituye el elemento decisivo para el cambio en las relaciones entre la sociedad y su entorno natural, cuyas consecuencias se expresan en el ambiente que las vincula a las dos.

La naturaleza, en efecto, corresponde al conjunto de la realidad en cuyo proceso de desarrollo vino a formarse y transformarse nuestra especie. Ese proceso tomó al menos 2 millones de años, y la transformación de la especie en humanos como nosotros vino a ocurrir unos 1 mil siglos atrás.

Hay múltiples evidencias de que nuestros antecesores supieron utilizar el fuego desde hace al menos 1 millón y medio de años. Eso, aunado al desarrollo gradual de la capacidad de producir herramientas y desarrollar relaciones de colaboración, que multiplicaban cada vez más la capacidad de los humanos para adaptar su entorno a sus necesidades, remonta los orígenes del ambiente creado por la actividad humana a un prolongado período histórico.

El científico ruso Vladimir Vernadsky (1863-1945) llamó biosfera al entorno en que tiene lugar ese proceso de transformación, y noosfera a los resultados de éste. De un modo usual en los científicos de la naturaleza entonces, y aún ahora, Vernadsky atribuyó ese proceso al desarrollo de la capacidad cognitiva de los humanos y, en particular, al del pensamiento científico de los siglos XIX y XX.

No estuvo en él vincular entre sí al homo faber y el homo sapiens como dos momentos de un mismo proceso de desarrollo de la especie, en el que el segundo subsume y potencia al primero. Por el contrario, tendió a desligar el trabajo manual del intelectual y, con ello, a no percibir el vínculo entre ambos a partir de la organización social del trabajo como un proceso de colaboración con arreglo a fines socialmente establecidos.

Eso no resta valor a la relación biosfera/noosfera que propone Vernadsky para comprender el impacto del desarrollo de nuestra especie sobre los ecosistemas de los que depende su existencia: simplemente, lo pone en una perspectiva histórica para hacerlo aún más fecundo.

Con ello, en efecto –y parafraseando a Engels en sus observaciones sobre la lectura de Hegel por Marx–, la visión de Vernadsky es puesta sobre sus pies. Esto vincula el aporte del gran sabio ruso a una visión no lineal, ni necesariamente progresiva, del devenir de nuestra especie, y confirma la convicción de Vernadsky sobre la posibilidad del mejoramiento humano y la utilidad de la virtud.

La producción histórica del ambiente se inscribe, así, en el desarrollo histórico de las sociedades humanas desde los orígenes mismos de nuestra especie. La interacción de los humanos con su entorno, en cada una de estas, ha sido de una extraordinaria complejidad, si consideramos la diversidad y complejidad de los factores involucrados: agua, clima, tierra y fuego relacionados entre sí por la capacidad para el trabajo que nos distingue como especie.

No es de extrañar que el resultado de esa actividad creadora haya tenido consecuencias deseadas y no deseadas, positivas y desastrosas, y que haya contribuido así a la formación, la maduración y la declinación de todas y cada una de las sociedades que hemos conocido, y conocemos.

El factor notable de nuestro tiempo en ese proceso, más que milenario, es la intensidad, la amplitud y el carácter extractivo y destructivo que ha venido a adquirir dicho proceso a lo largo de los últimos 200 años. Eso ya era visible, y objeto de discusión, desde mediados del siglo XIX.

Para Vernadsky –hacia la década de 1930– era evidente el desarrollo de la noosfera que hacía de la especie humana una fuerza geológica capaz de transformar de maneras enteramente nuevas la biosfera y la corteza terrestre. Este planteamiento –que antecede en 40 años a la teoría de Gaia, propuesta por James Lovelock, y que concibe la Tierra como un organismo viviente–, se adelanta en 6 décadas al debate sobre el antropoceno que hoy ruge en la academia Noratlántica y los grandes medios de distracción masiva.

En esencia, ese debate atribuye a la naturaleza humana –así, abstracta y ahistórica– el desastre ambiental en que ha venido a desembocar la civilización creada por el capital, y no ve más solución que ir creando las condiciones para sobrevivir a sus consecuencias.

La socialidad del ambiente, sin embargo, es siempre histórica y siempre concreta. Esto se hace evidente, por ejemplo, en los paisajes que resultan de esa actividad productiva. En la América nuestra, se expresa en la sucesión de los paisajes que precedieron –a lo largo de unos 20 mil años a la Conquista europea del siglo XVI–, y en la creación de paisajes nuevos (de la encomienda, de la mita, de la esclavitud: esto es, de la hacienda, la mina y la plantación) por los conquistadores.

 A estos siguieron los paisajes creados por la Reforma Liberal, sustituidos a su vez por los del desarrollo industrial y las grandes migraciones del campo a las ciudades a mediados del siglo XX, a los que se agregan hoy los de sociedades cada vez más urbanizadas sustentadas por economías cada vez más dependientes de la extracción masiva de recursos naturales con destino al mercado global.

Dichas transformaciones, además, no han operado únicamente a través de intervenciones externas. Han estado asociadas, asimismo, a conflictos sociales vinculados con las formas de organización del trabajo como medio de relación con el entorno natural, y las correspondientes formas de propiedad y distribución del producto del trabajo colectivo.

Así, el desarrollo de cada sociedad ha sido, a la vez, el de sus conflictos (socio) ambientales característicos, que culminan en la destrucción –o la consolidación– de modalidades específicas de relacionamiento de los seres humanos entre sí y con su entorno natural.

La tercera verdad emerge en toda su compleja sencillez. Siendo el ambiente el resultado de las formas de relación de la sociedad con su entorno natural, si deseamos un ambiente distinto tendremos que contribuir a la formación de sociedades diferentes. En las condiciones de nuestro tiempo, ello supone propiciar y apoyar modalidades nuevas de producción del ambiente por los humanos.

Así, por ejemplo, frente a procesos de desarrollo que demandan transformar el patrimonio natural en capital natural se hace necesario fomentar la riqueza de ese patrimonio natural fomentando la del patrimonio social.

De hecho, está ocurriendo ya en todo lugar, urbano y rural, donde las comunidades humanas se resisten a la expropiación de sus bienes colectivos y la destrucción de sus formas de vida por parte de organizaciones corporativas que buscan disminuir sus costos de reproducción abaratando su acceso a los recursos naturales que demanda su actividad.

¿Habrá un nuevo eslabón más débil del moderno sistema mundial, cuya ruptura provoque su derrumbe, o éste se desintegrará a lo largo del tiempo que tarde en encarecer y destruir sus condiciones naturales de reproducción? No hay manera de saberlo con la precisión que todos quisiéramos.

Aun así, podemos tener dos certezas. Una, la del fin del ciclo histórico del capital; otra, que si no trabajamos para que de ese fin surjan sociedades mejores, surgirán otras peores, que bien pueden llevarnos de vuelta a la barbarie.

El colibrí de la historia ha agotado ya el néctar de esta civilización, y retrocede en el aire ante ella para lanzarse en busca de la siguiente. De nosotros depende, en mayor medida de lo que quizás imaginamos, que la encuentre en flor, y no en llamas.

Guillermo Castro H*/Prensa Latina

*Investigador, ambientalista y ensayista panameño

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 509 / del 10 al 15 de Octubre 2016

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