En el corazón mismo del espectáculo deportivo e ideológico más importante de Estados Unidos, el cantante boricua Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, impuso en la cancha del Super Bowl una de las peores derrotas políticas al extraviado y racista Donald Trump.
Una audiencia histórica a nivel global de 135 millones 400 mil personas atestiguó un espectáculo en español donde la doctrina Monroe sufrió un revés. Por 13 minutos y medio, la “América para los americanos” se transformó en la América de todos los países del continente.
Cargada de mensajes, la actuación de Bad Bunny, oriundo del pueblo costero de Vega Baja, Puerto Rico, rompió con el esquema impuesto durante décadas a los artistas que han participado en los espectaculares medios tiempos, de cantar en inglés.
El también ganador del Grammy al Mejor Álbum, otorgado por primera vez a un disco en español, había advertido desde octubre pasado, cuando la NFL confirmó su actuación en el Super Bowl LX, que los estadunidenses aún estaban a tiempo de aprender español y disfrutar de su show, pero rectificó para decir: “Es mejor si aprenden a bailar; es lo único de lo que deben preocuparse, divertirse”.
Y aunque tras enterarse de que sería el rapero puertorriqueño el encargado del espectáculo en la fiesta deportiva más importante para Estados Unidos, Trump amenazó con no asistir. Los dueños de la NFL hicieron caso omiso de sus advertencias y siguieron adelante con la contratación del artista, quien no ha desaprovechado los escenarios para manifestarse contra las políticas migratorias del presidente.
Como era de esperarse, Bad Bunny transformó la cancha del Estadio Live’s, en California, en una caja de resonancia donde se expuso la fuerza y la identidad tanto del pueblo boricua como de los distintos países del continente, con la música y los valores culturales como instrumento mediático.
Cuando los jugadores se fueron al descanso, en las pantallas gigantes los miles de asistentes y la audiencia que seguía la Edición LX de lo que antes era la marquesina de los valores nacionales y patrióticos de los estadunidenses vieron el anuncio en español: “Benito Antonio Martínez Ocasio presenta el espectáculo del medio tiempo del Super Tazón”.
A las afueras del estadio, activistas entregaron a los aficionados miles de toallas con la leyenda “ICE out” (Fuera ICE), en protesta por detenciones y redadas de agentes migratorios en ciudades como Mineápolis, donde dos ciudadanos estadunidenses murieron tiroteados durante estos operativos.
Aunque agentes de seguridad apostados a las afueras del coliseo trataron de evitar el reparto, fueron más las manos que aceptaron que el rechazo. Antes de la patada inicial, el autoritarismo de Trump se había llevado el primer descalabro del Super Bowl.
Cuando Benito Martínez dijo a voz en cuello: “Bienvenidos a la fiesta más grande de todo el mundo”, en Washington empezó el calvario para el presidente estadunidense que, pese a mostrar su rechazo por el artista, no perdió detalle en su aparato receptor, desplazado de su protagonismo por un boricua. Nadie extrañó la ausencia del primer mandatario.
Bad Bunny demostró que tan poderosa puede ser la protesta social a través de la música. Echó abajo la idea de que el sueño americano y la doctrina Monroe tengan beneficios directos para los países colonizados por la Unión Americana.
El show puso en la escena mundial algunos de los problemas que aquejan tanto a Puerto Rico como a muchos países del continente y otros colonizados por Estados Unidos. Para ironizar sobre las fallas eléctricas en la isla caribeña, el cantante realizó un montaje con transformadores en cortocircuito al interpretar “El Apagón”.
Los apagones en esa nación son responsabilidad de las empresas a las que el gobierno estadunidense entregó contratos para el suministro de energía eléctrica, con opacidad y corrupción que han saqueado recursos públicos en la isla y obligan a la población a pagar altas tarifas por un servicio deficiente.
Las afectaciones generan pérdidas en negocios y actividades, sobre todo después del paso del huracán María en 2017, cuando trabajadores especializados fueron despedidos para imponer a firmas voraces.
La denuncia presentada por el cantante reavivó el debate político que desde hace décadas se vive en Puerto Rico en torno a su condición de “estado libre asociado” de Estados Unidos, lo que implica que la isla carece de poderes soberanos y depende de Washington, situación que la coloca en condición de protectorado. Algo similar a lo que Trump busca imponer a Venezuela y Cuba.
No debe pasarse por alto que, aunque Hawái es un estado de la Unión Americana, sus habitantes no olvidan cómo les fueron arrebatados soberanía, cultura y territorio por Estados Unidos, un fenómeno de gentrificación que también amenaza a Puerto Rico.
De ahí la significación del fragmento cantado por el también boricua Ricky Martin en la melodía “Lo que le pasó a Hawái”, cuyos versos resonaron en el Super Bowl: “Quieren quitarme el río y también la playa, quieren quitarme el barrio y que abuelita se vaya”.
Millones de televidentes vieron desfilar el carrito de los raspados, la peluquería, el bar y hasta la taquería del barrio, propios de la cultura latina, así como la escena de boxeadores y el juego de dominó.
Pero la peor bofetada con guante blanco para el soberbio y represor Trump fue que, a diferencia de su personalidad propensa a los insultos, “Bad Bunny” expresó frases como: “Seguimos aquí”, en referencia directa a los migrantes indocumentados; y “Dios bendiga a América”, antecedida por un desfile de banderas del continente.
La antítesis de la doctrina Monroe. Al final del show, el boricua mostró a las cámaras un balón de fútbol americano con la frase: “Juntos somos América” y echó por tierra la tesis de “América para los americanos” (estadunidenses).
Iracundo y confundido, Trump solo atinó a subir a sus redes descalificaciones tales como: “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos…”; “el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños…”; “Me parece absolutamente ridículo…”; “Nunca he oído hablar de él, no sé quién es…”.
Para desgracia del primer mandatario, 135 millones 400 mil personas en el planeta, incluidos los 60 millones de latinos que viven en la Unión Americana, sí saben quién es Bad Bunny, y más de 40 millones han visto el video de su show en plataformas como YouTube.
Una derrota para el ególatra, cuya imagen y aceptación en el electorado van a la baja, que suma puntos en contra tras el espectáculo del medio tiempo del Super Bowl LX.
Martín Esparza*
*Secretario general del Sindicato Mexicano de Electricistas



















