Nueva guerra franco-mexicana

Nueva guerra franco-mexicana

Se sabía, desde marzo pasado, que cualquier decisión del gobierno mexicano acerca del caso Florence Cassez sería mala. Lo mismo, si como pidió el histriónico Nicolas Sarkozy se la enviaban a Francia, pues allá la sentencia máxima es de 30 años y puede reducirse, que si se decidía mantenerla en México, donde se le ha condenado a 60 años por el delito de secuestro.

Felipe Calderón acordó un comité bilateral que se encargara del asunto. Él mismo se reunió cuatro veces y no avanzó mayor cosa. Algo que mostró, nuevamente, las urgencias de una administración (la mexicana) por quedar bien con muchos, al precio que sea, y a la larga con nadie.

Felipe anunció en televisión la no extradición de Florence. La reacción gala fue de inconformidad. Los medios y el gobierno donde nació Víctor Hugo dijeron que se trataba de una jugada electoral, que hubo negligencia y lentitud en resolver el asunto y que Calderón rompió unilateralmente las pláticas.

Si vemos que el Partido Acción Nacional, a través de deportistas, luchadores y aparentes amas de casa, exaltó las acciones de Felipe en contra del narcotráfico para ganar votos el 5 de julio, resulta evidente que el asunto de Cassez iba a tener los resultados anunciados por Felipe; máxime que la declaración se hizo a menos de 15 días de los comicios.

Días antes, Felipe incluso le quitó una bandera al inenarrable Partido Verde Ecologista de México: que el gobierno, de no proporcionar las medicinas de los asegurados, posibilitara que los ciudadanos las adquirieran en farmacias particulares. Repentinamente, Calderón anunció que eso mismo hará el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado.

Regresando al asunto de Florence –que se empata con el de las medicinas–, como era de esperarse, una buena cantidad de organizaciones sociales y legisladores coincidieron con el anuncio de que ella no debe salir de México. Es decir, ganó simpatías la determinación calderonista. Incluso, algunos columnistas e informadores mexicanazos elogiaron el acuerdo. Bueno, hasta en una encuesta realizada por el informativo europeo Le Figaró el 72 por ciento de los compatriotas de De Gaulle estuvo de acuerdo con los funcionarios mexicanos.

En la televisión se entrevistó a varios de los que aseguran vieron u oyeron a Cassez durante el secuestro que sufrieron. Uno de ellos, Ezequiel Elizalde, insistió en que escuchó reiteradamente cuando la señora le preguntaba qué deseaba: el corte de un dedo o el de una oreja.

Otra levantada, fémina ella, dijo que luego de ser violada por el compañero íntimo de Florence, Israel Vallarta, la extranjera llegaba a inconformarse con el hombre y a exigirle relaciones sexuales.

En fin, que hasta donde se sabe, hay elementos que apuntan a la culpabilidad de Cassez. Pero no olvidemos, ni un momento, que Florence e Israel fueron parte de una filmación en la cual el objetivo era dejar “bien parado” a Genaro García Luna y sus policías. Al saberse que todo fue preparado con el objeto de lucirse se evidenció una vez más lo endeble de las acciones de seguridad.

Lo grave es que Felipe Calderón no haya dicho nada cuando el señor de Carla Bruni estuvo en México, aceptara formar la comisión bilateral que no sirvió para nada y diera un anuncio espectacular con tintes electorales. Queda claro, pues: no avanzamos en derecho.

Ello, además, porque Felipe señaló acerca de este caso que la única manera de no caer en manos de la justicia es no violando la ley. Palabras certeras, aunque no adecuadas con lo sucedido en Hermosillo, Sonora. Pero eso sí, la lucha de dimes y diretes entre el chapito Bours y los burócratas federales continúa a todo volumen.

Calderón dijo el miércoles 24 de junio que no pide sino exige el apoyo de los gobiernos locales contra la lucha antinarco y que su administración puede intervenir en donde existan problemas de droga. En otras palabras, lo de Michoacán se puede repetir y que nadie se asombre.

No cabe duda que si Vicente Fox aceptó que hizo campaña en su sexenio, Felipe Calderón no le va a la zaga, al contrario, no desperdicia el mínimo acto para tratar de ganar aunque sea un voto. Ridiculez mayúscula.

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