No hay vacaciones para el cuidado del medio ambiente

No hay vacaciones para el cuidado del medio ambiente

Separamos la basura, utilizamos focos ahorradores, evitamos el desperdicio de agua y, en el mejor de los casos, reutilizamos los desechos que generamos: actividades que para muchas personas se han convertido en una práctica recurrente para cuidar el medio ambiente, mientras que para otros es inclusive su estilo de vida.
 
Dejar atrás lo que es cansado, cotidiano e incluso aburrido es, por lo general, la norma de las mejores vacaciones. Es entonces una gran desilusión ver que muchas personas dejan de lado el cuidado de la naturaleza durante sus vacaciones, como si fueran esfuerzos prescindibles o que pueden retomarse “para después”.
 
Cuándo y dónde ser ambientalistas no deberían ser cuestionamientos válidos, ni sistemas de pausa opcionales a conveniencia personal, porque no son sólo los espacios donde somos más vulnerables –como el hogar, oficina o escuela– son los que vale la pena cuidar o rescatar. Todo el tiempo y en cualquier lugar nuestro medio ambiente debe ser respetado y protegido en razón de nuestra propia sobrevivencia.
 
Debe comprenderse que cada acción que se detiene o elimina es la resta de una mejora para el planeta. Si son prácticas satisfactorias para quienes ya las realizan y un reto para quienes todavía no lo hacen, por qué no debería procurarse la extensión de ellas incluso durante los recesos de labores.
 
Frecuentemente durante las visitas a los centros turísticos o establecimientos de entretenimiento se suele dejar en la entrada la conciencia ambiental, como si fuera una pesada carga de la cual también se debe descansar. ¿Es acaso que la costumbre contra la lógica nos dicta que nuestra responsabilidad ambiental depende del sitio en que nos encontremos? Porque al salir de casa podemos dejar atrás las costumbres hasta nuestro regreso.
 
Si es así como funciona este distorsionado raciocinio tendremos que entender entonces que sin importar las malas prácticas turísticas, éstas quedarán atrás, sepultadas debajo de la arena de playa, junto a las bolsas o botellas que se acumularon a orillas del mar, por ejemplo. Simplemente se convierten en sitios donde “lo que sucede en la playa, se queda en la playa” y no tendremos memoria sobre el mal que se hizo en el entorno.
 
Falso imaginario formado y fomentado por la comodidad en el autoconvencimiento de que no existen repercusiones directas e indirectas. El medio ambiente es una cadena de vida, donde un cambio, una pequeña alteración, desencadena toda una serie de modificaciones que entonces sí repercutirán en cada uno de nosotros, que vivimos en un mismo lugar llamado planeta Tierra.
 
Aquella vieja costumbre hondamente arraigada de llevarse un poco de arena, conchitas, llaveros con especies endémicas, joyería de coral y hasta alguna mascota representativa del sitio visitado; gafas de plástico, repelente, bloqueador y papel, son factores que, multiplicados por los cientos de turistas que visitan los principales centros de atracción turística, dan el cúmulo de la más grande evidencia de apatía y desinterés que debería sentir una sola persona cuando tira un chicle en la calle.
 
Ese pequeño recuerdo era quizá el escondite que encontró una especie de su cazador, o un elemento de filtración de agua al subsuelo para abastecer al agua que todos consumimos. El repelente químico que alteró el agua que río abajo es fuente potable para una comunidad y la basura no colocada en contenedores es un foco de infección para los habitantes locales, donde la contaminación marina, por ejemplo, mata cada año a más de 1 millón de aves y a unos 100 mil mamíferos.
 
No es necesario un desgaste físico o intelectual durante las vacaciones para cuidar al medio ambiente. Una elección es todo lo que se necesita para practicar el turismo ecorresponsable. La diferencia se encuentra en el poder que cada una de las personas ejerza para decir sí o no. Es replicar esa voluntad cotidiana trasladada a nuevas ofertas y contextos.
 
Decidir informarse sobre los sitios ecoturísticos al alcance de los gustos y necesidades, de dedicar un minuto más a reflexionar sobre la enorme diferencia entre hospedarse en un establecimiento reconocido con certificaciones por el cumplimiento de prácticas reales para reducir su impacto ambiental o de decidir no cortar una flor para ser alejada de su espacio natural; la manera de decidir lo correcto no tiene por qué crear una antítesis vacacionista.
 
Visitar los sitios de más renombre y hospedarse en los establecimientos más lujosos no tiene tampoco por qué diferir de un contacto saludable en un campamento al aire libre. La cercanía con el entorno natural y la responsabilidad de conservarlo no debe demeritarse en ningún caso. En un paisaje natural cercano o en un museo en el centro de la ciudad, por ejemplo, resulta igualmente importante optar por resguardarlos.
 
La responsabilidad individual con el medio ambiente no se exime con una cuota de hospedaje o el pago de un boleto de acceso a una Área Natural Protegida. Esa retribución de ninguna manera se convierte en una compensación que nos autorice a mal utilizar los recursos y obliga a otros a resarcir el daño ocasionado.
 
Una estancia agradable no implica tampoco el derroche de recursos con duchas relajantes de media hora, ni mucho menos refiere a que puedas dejar la llave del agua abierta mientras cepillas tus dientes, pero en especial, una estancia agradable no tiene por qué entenderse como la saciedad total por medio del despilfarro, el cual quedará en el olvido o peor aún, quedarán guardadas con un buen recuerdo.
 
El turista ambientalmente responsable no es aquel que se interna en el bosque con lo necesario para sobrevivir en su estadía, sino que es quien decide y ejerce su decisión de recudir su impacto ambiental sin importar el sitio o momento en el que se encuentre. Hacer un turismo ambientalmente responsable no significa un esfuerzo desgastante, sino una sana diversión cuidando la naturaleza.
 
*Comunicación de Pronatura México
 
 
 
  
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