Antropoceno y capitaloceno: dos formas de entender la crisis socioecológica planetarizada

Antropoceno y capitaloceno: dos formas de entender la crisis socioecológica planetarizada

Cuando el científico Paul Crutzen acuñó el término “antropoceno”, su propuesta era contundente: hemos ingresado en una nueva época geológica
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Cabe preguntarse hoy día: ¿quién es responsable de la crisis ambiental que vivimos? ¿La humanidad en su conjunto, indiferenciada y abstracta, o un sistema productivo específico cuya finalidad es un insostenible crecimiento infinito? Estas preguntas, cada vez más apremiantes, vertebran el debate entre dos conceptos fundamentales para explicar la actual crisis ecológica: el ya célebre antropoceno y el emergente capitaloceno.

  1. El antropoceno: una primera aproximación

Cuando el científico Paul Crutzen acuñó el término “antropoceno” en la vuelta de siglo, su propuesta era contundente: hemos ingresado en una nueva época geológica, pero una donde la humanidad se ha convertido en la principal fuerza transformadora del planeta, una fuerza geológica capaz de alterar radicalmente los cimientos de la ecología-mundo capitalista. Según esta perspectiva, la actividad humana habría modificado dramáticamente las condiciones climáticas planetarias, la totalidad de los ecosistemas e incluso la composición bioquímica de la Tierra.

El consenso científico actual, respaldado por abundante evidencia empírica, parece confirmar estas transformaciones. No obstante, la noción de antropoceno presenta una limitación fundamental: se refiere a “la humanidad” como una cosa abstracta, una humanidad “en general”, carente de rasgos particulares, mera amenaza abstracta contra los “equilibrios” naturales que se supone precedieron al antropoceno, sugiriendo así una responsabilidad “universal” e indiferenciada en la crisis ambiental. Plantea, en una palabra, que estamos en una “edad del hombre”. Frente a esto, conviene preguntarse: ¿tiene la misma responsabilidad una comunidad indígena que practica formas de agricultura que podríamos entender como sostenibles, que una megacorporación petrolera causante de grandes desastres ambientales? ¿Es equivalente, por poner otro caso, la huella ecológica de un habitante de Estados Unidos a la de un ciudadano de un país pobre del sur global?

  1. El capitaloceno: una crítica del ecología-mundo capitalista

En este contexto, emerge el concepto de “capitaloceno”, propuesto por Jason W Moore. Su planteamiento resulta tanto provocador como necesario: la crisis ambiental no es producto de “la humanidad” en abstracto, sino de un sistema económico específico: el capitalismo, o más precisamente, como lo denomina el autor, la ecología-mundo capitalista.

Moore nos propone concebir la naturaleza y la sociedad como una “trama de la vida” con interconexiones complejas, con idas y vueltas tensas y conflictivas, donde esta trama configura y determina al capitalismo, lo sostiene, mientras que, a la vez, este último modifica y condiciona, en cierta medida, a la trama de la vida, creando su propia “naturaleza”. No se trata simplemente de que los humanos “impactemos” sobre la naturaleza desde una supuesta exterioridad, desde nuestra posición privilegiada en una supuesta oposición fundante entre naturaleza y cultura; más bien somos parte intrínseca de esta naturaleza, y el problema radica en cómo el capitalismo ha organizado destructivamente esta relación durante la modernidad, con el despliegue de fuerzas productivas que son a la vez profundamente destructivas.

Para ilustrar este planteamiento, consideremos un ejemplo concreto: cuando una empresa devasta un bosque, no sólo “impacta” el ambiente, sino que reorganiza completamente las relaciones entre ese ecosistema, las comunidades locales y la economía global. El bosque se transforma: de ser un ecosistema complejo que sustenta múltiples formas de vida, pasa a reducirse a meros “recursos madereros”, “servicios ambientales” o “capital natural”. Y aquí tenemos al capital, a la ecología-mundo capitalista, transformando la “trama de la vida”, pero a la vez siendo sostenido por ella (por ejemplo, a través de la extracción de elementos naturales para la producción) y determinado por los procesos organismo-ambientales que, aunque invisibilizados, son la base de la “riqueza social” del mundo capitalista.

En otras palabras, la crisis ecosocial contemporánea, como expresión radical de la compleja totalidad organismo-ambiental, evidencia de manera alarmante cómo el capital, al apropiarse de vastas escalas y dimensiones de estas relaciones, las transforma en naturaleza sometida a su lógica. Sin embargo, este mismo capital está condicionado por los ritmos planetarios, que, lentamente, comienzan a vislumbrarse como los límites definitivos –e infranqueables– a su insaciable voracidad.

  1. La importancia de esta distinción conceptual

Conviene indicar claramente algunas de las diferencias entre estos conceptos, pues resultan cruciales por múltiples razones:

  1. Responsabilidades diferenciadas: mientras el concepto de antropoceno sugiere una especie de culpabilidad universal, el capitaloceno identifica responsabilidades específicas y señala procesos históricos concretos. El impacto ambiental de una familia campesina difiere cualitativamente del generado por una corporación multinacional.
  2. Soluciones divergentes: si el problema radica en “la humanidad” indiferenciada, las soluciones tienden a ser técnicas y generales (desde la reducción poblacional que propugnan las tendencias ecofascistas, hasta la esperanza cuasi mesiánica en la salvación tecnológica). Si el problema es sistémico (de una economía-política de la trama de la vida), entonces necesitamos transformaciones radicales en nuestra organización socio-ecológica y en nuestras relaciones organismo-ambientales.
  3. Dimensión histórica y poder: la noción de capitaloceno revela que la crisis organismo-ambiental planetarizada no constituye un mero accidente ni una consecuencia inevitable del progreso humano, sino el resultado de decisiones históricas específicas y relaciones de poder identificables.

4. Hacia una nueva perspectiva

Comprender la crisis ambiental desde el concepto de capitaloceno abre nuevos horizontes para pensar, por qué no, en soluciones. No basta con desarrollar tecnologías más limpias (aunque esto contribuya), sino que debemos transformar radicalmente nuestras relaciones organismo-ambientales en el peligroso contexto del capitalismo vigente y también más allá de él y de sus callejones sin salida.

Este enfoque crítico de la ecología-mundo capitalista nos invita a aprender de comunidades que han mantenido relaciones más sostenibles con su entorno, a cuestionar la lógica del crecimiento infinito en un planeta finito, y a imaginar formas justas y verdaderamente sostenibles de organizar la trama de la vida en la Tierra.

La crisis socio-ambiental planetaria actual es de muy graves proporciones, pero, como hemos indicado, no constituye un resultado inevitable ni “natural” del desarrollo humano. Es producto de un sistema específico –la ecología-mundo capitalista– que podemos y debemos transformar pues en ello nos jugamos las enteras condiciones de reproductibilidad de la vida en su conjunto. El primer paso consiste en comprender claramente el problema, y aquí el concepto de capitaloceno ofrece una brújula mucho más precisa y amplificante que el de antropoceno para orientar nuestras acciones.

Alexander Ganem

* Doctorando en filosofía contemporánea (BUAP) en las líneas de humanidades ecológicas y filosofía práctica. Maestro en filosofía de la ciencia, con especialización en historia del pensamiento económico, y licenciado en estudios latinoamericanos (UNAM). Editor en Proyecto Tropósfera y miembro de Rebelión Científica México. Coorganizador del Seminario Internacional “Sentipensares ecosociales y nuevos horizontes de visibilidad” (IIMA-Ibero Puebla).

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