Apenas es mediodía y todo parece teñido de morado, lila y púrpura. Bajo el sol que cae sobre la capital, miles de mujeres avanzan y gritan, alzan las manos, toman las avenidas, levantan carteles, bailan entre batucadas y agitan pañuelos que se mueven como una ola en un mar de purpurina. Es furia, historias de ultrajes y casos impunes; pero también de la sororidad que acompaña a las que ya no están.
Las mujeres protestan contra el acoso, la violencia de género, los feminicidios y la impunidad. Exigen derechos, justicia, seguridad y respeto. Marchan exhaustas. Otras, rabiadas. En otras, la tristeza se les nota en los ojos. Así es Rebeca Reyes, que marcha sobre Paseo de la Reforma con una lona en las manos. En ella, la fotografía impresa de su hermana Azucena, asesinada en el municipio de Ajijic, Jalisco, muy cerca de Chapala. A ella la encontraron muerta dentro de su casa, una semana después del feminicidio.

“Supuestamente la mató su marido, pero él tampoco aparece. Él era americano y tenía 15 años viviendo con ella. Nunca volvió a aparecer”, dice Rebeca a Contralínea. Cuando la familia acudió a la Fiscalía estatal, añade, la respuesta fue brutal: “den gracias de que la encontraron, porque así como a ella hay muchas mujeres que ya no encuentran”.
El caso de Azucena Reyes García sigue abierto. No hay detenidos y tampoco hay respuestas. “Quizá fue feminicidio, aún así no hay palabras para describir el dolor. Y desgraciadamente como está el país, mucha gente nos ha dicho que ya no hagamos nada, porque ya no la vamos a revivir, pero a nosotros no se nos hace justo”.
En 2025, se registró un promedio de 1.8 feminicidios diarios en México, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). La directora del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF), María de la Luz Estrada, ha señalado que apenas entre el 25 y 27 por ciento de las muertes violentas de mujeres se investiga inicialmente como feminicidio, lo que deja fuera de esa clasificación a una gran parte de las víctimas.

Estos crímenes de odio no son la única expresión de la violencia que viven las mujeres. Entre la multitud, las pancartas dan cuenta de ello: “No fue abuso, fue violación”, “Vine a gritar lo que tanto me avergonzó contar”, “Mi padrastro abusó de mí, ahora marcho para dejar de tener miedo”, “Que los secretos familiares no sigan encubriendo a violadores”, “No vine por moda, vine porque tengo una historia”.
Las cartulinas se levantan entre el mar morado como confesiones que por años permanecieron en silencio. Carolina sostiene una de ellas. Es la tercera vez que marcha. Dice que lo hace por su historia, pero también por su hermana y por su mamá. “Estoy aquí porque yo sufrí abuso, sufrí una violación por parte de un exnovio. Estuve con un machista, con un manipulador”, cuenta. “Lo justifiqué diciendo que los novios no violan y no abusan psicológicamente, pero realmente lo hacen”.

Otra expresión de la violencia de género se hace presente entre las denuncias de los contingentes: madres que cargan fotografías de sus hijas e hijos, víctimas de violencia vicaria o de la sustracción de los menores. En estas formas de agresión, los padres usan a sus hijas e hijos como instrumento para violentar a las mujeres.
Mientras marcha, Jessica Vázquez lleva consigo la fotografía de sus dos hijos y del hombre que se los arrebató. A un costado de la multitud, sostiene las imágenes de Héctor y Luciana; orgullosa de sus pequeños dice sus nombres, como si al pronunciarlos pudiera acercarlos un poco más. “Somos víctimas de violencia vicaria”. Han pasado 436 días desde que dejó de verlos. Exactamente, el 27 de diciembre de 2024, dice, el padre de los niños los sustrajo del lugar donde vivían –en la Ciudad de México– y los llevó a donde reside él –en Nuevo León–. Desde entonces no ha podido recuperarlos.

“Tenemos la guardia y custodia, pero después de varios amparos él sigue retrasando la entrega”. Jessica asegura en entrevista que el caso se ha complicado porque el padre de los niños fue funcionario en ese estado. Por eso, en medio de la marcha, también lanza un llamado a las autoridades: que dejen de proteger al agresor y actúen con imparcialidad.
Para ella, la violencia vicaria no sólo es una forma de castigar a las mujeres, es una forma de maltrato infantil. “Lo que no se dice de la violencia vicaria es que los principales lastimados son nuestros hijos, niños que sacaron de su casa de su cama de su escuela y abandonan a su mamá de un día a otro”. Y agrega que “los daños psico-emocionales que pueden tener son irreparables”.

Recientemente, la Ciudad de México tipificó este tipo de violencia en su Código Penal, pero en entidades como Nuevo León –donde se encuentra su caso– aún no existe una ley que la sancione. Por eso Jessica marcha para exigir la restitución inmediata de Héctor y Luciana y para que la violencia vicaria sea reconocida y juzgada con perspectiva de género en todo el país.
Entre más avanza la marcha, el estruendo de las historias continúa emergiendo. Las mujeres señalan al Estado, lo responsabilizan y lo condenan. Así, con furia, gritan al unísono: “¡Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía!”, “¡Va a caer, va caer, el patriarcado va a caer!”, “¡Hay que abortar, hay que abortar, hay que abortar este sistema patriarcal!”

Hablar del movimiento feminista es parte fundamental de la marcha, y más en una que conmemora el Día Internacional de la Mujer. Así lo dice Claudia, quien alza la voz por las mujeres palestinas, asesinadas y socavadas por la desnutrición y el hambre, debido a la política genocida del gobierno de Israel.
“El feminismo es algo más que una moda”, afirma. Para ella, el movimiento cuestiona los cimientos de una sociedad que todavía permite la violencia y la injusticia. “El feminismo establece que toda persona merece vivir. Merece vivir con libertad. Vivir con seguridad”.
La lucha del movimiento feminista no conoce fronteras porque, menciona Claudia: la dignidad y la libertad deberían ser derechos universales para todas las personas. Por eso, en un contexto internacional donde los derechos de las mujeres y de otras poblaciones vulnerables –como los migrantes e indígenas– enfrentan retrocesos y conflictos armados, mantener viva la lucha feminista se vuelve una prioridad.
“El feminismo critica desde los cimientos lo que toda persona merece, que es vivir con libertad”. Por eso, cerrar los ojos ante la violencia sería imposible. “No sólo se trata de nosotras. En el mundo hay mujeres, niñas, niños y pueblos enteros que sufren injusticias. Necesitamos mirar lo que ocurre y ser empáticas con ese dolor.
“No solamente somos nosotras, es Venezuela, es Cuba, nuestros hermanos migrantes, es el mundo entero. Y el feminismo junta eso o apunta a que seamos empáticas como hermandad y como sororidad […] Me parece que en México necesitamos apoyarnos, estemos o no de acuerdo con la presidenta, necesitamos estar entre todas unidas más que nunca, porque nos están amenazando, están amenazando nuestra integridad y nuestra seguridad, así que como hermanas necesitamos unirnos y apoyarnos”, indica.

En esta marcha también se alerta sobre el conservadurismo. Vanessa Santos advierte que los discursos antifeministas se están expandiendo. Ella procura asistir a esta manifestación del 8M cada año; esta vez, dice, le inquieta el auge de la llamada “machosfera” o “manosfera” entre jóvenes. “Es preocupante porque los aísla mucho y les hace creer que las feministas somos sus enemigas. Les dicen que es culpa nuestra que no puedan tener pareja o una familia, cuando eso no es cierto”.
Se le conoce como “machosfera” o “manosfera” a un conjunto de comunidades y contenidos en internet que promueven ideas antifeministas y narrativas hostiles hacia las mujeres, las cuales han ganado presencia en redes sociales en los últimos años. Para Vanessa, el problema se vuelve más delicado cuando quienes consumen esos contenidos son adolescentes. “Son chicos de 15, 14, 12 años, que te encuentras en redes y te insultan, hacen comentarios muy salidos de tono muy fuertes: ‘haz patria y matando a una feminista’. Y realmente ni siquiera entienden por qué es el movimiento feminista, por qué estamos o seguimos en esta lucha”.

La mayoría de las mujeres marchan de forma pacífica, con excepción del llamado bloque negro, que vandaliza comercios. En las hileras aparecen adultas mayores, jóvenes, madres y niñas. Muchas llevan flores para confundirse con las jacarandas que llenan la Alameda Central; otras esparcen cientos de brillantes de purpurina que, por momentos, iluminan el asfalto lúgubre. Mientras el cielo se tiñe de morado y verde.
“Si me matan, si es que me encuentra, llénenme de flores, que yo seré semilla para las que vienen”, se lee a lo lejos.
En la Ciudad de México, la marea morada volvió a tomar las calles. Y mientras las consignas se mezclan con el ruido de la ciudad, queda claro que la marcha y la lucha continuará por toda América Latina.




















