Durante casi dos siglos, a Occidente le bastó con contarse a sí mismo una sola historia: la civilización nació en Grecia, maduró en Roma y llegó a su plenitud en la Europa moderna. Todos los demás desarrollos cilivilizatorios fueron clasificados como periferia, atraso o, en el mejor de los casos, “aporte marginal” a un relato que ya tenía protagonista fijo. Conviene decirlo sin rodeos: esa historia nunca fue neutral, pues fijar un origen es también fijar un destino y una jerarquía, y ese ha sido durante generaciones el trabajo silencioso del concepto occidental de ‘civilización’.
En este sentido, el propósito de esta columna de opinión es plantear una reflexión incómoda para el sentido común heredado: pensar el concepto de “civilización” desde nuestro país en espejeo con una civilización que ha logrado crear su propio mundo: China. Para ello cruzaré tres ejes que rara vez se piensan juntos: i) la historia de Oriente, ii) el modelo chino contemporáneo y iii) el marxismo entendido como método. En el fondo, son la misma pregunta formulada tres veces.
Comienzo diciendo que el corazón del mundo nunca estuvo donde nos dijeron en nuestras primeras enseñanzas. Esta idea la retomo del historiador Peter Frankopan (2015), quien hace ya una década lanzó una provocación que sigue sin digerirse del todo en los claustros occidentales: el verdadero eje de formación de los primeros imperios, religiones y sistemas de intercambio no estuvo en el mar Mediterráneo, sino en la franja que corre de Mesopotamia al centro de Asia. Ahí, y no en las islas griegas, se cocinó buena parte de lo que después llamaríamos ‘civilización’. De ese crisol emergió el mayor imperio de la Antigüedad: el persa, capaz de extenderse desde el actual Irán hasta el Himalaya gracias –según el legendario Heródoto– a su disposición para integrar costumbres extranjeras en lugar de aplastarlas. Y más al oriente, en Bactria –en lo que hoy es el norte de Afganistán, otro territorio bombardeado por Estados Unidos– se formó un nodo comercial de alcance civilizatorio, en el que convivieron, casi en simultáneo, el judaísmo, el cristianismo, el islam, el budismo y el hinduismo.
Este planteamiento, más que pretender un estatus de erudición permite argumentar que Asia central fue centro, no periferia. Y con ello desmentir la historiografía occidental dirigida a condenar a Oriente al papel de objeto exótico, estático y despótico. Esto como parte de una estrategia de invisibilización que también fue aplicada en nuestro territorio latinoamericano, con el objetivo de despojarnos de nuestra condición de sujetos de nuestra propia historia.
Esa maquinaria narrativa que inundó los libros de historia en nuestra formación básica opera hoy sobre China. Numerosos opinadores y hasta connotados investigadores suelen llamar “régimen autoritario” o “capitalismo emergente” a la realidad que hoy se vive en el país que Mao Tse-Tung comenzó a erigir bajo principios comunistas. El problema es que estas etiquetas cómodas para las narrativas occidentales no sirven para entender un proyecto civilizatorio que combina centralización política, planificación estatal y apertura económica selectiva, de forma exitosa. Y sí limitan el potencial que puede significar comprender que hoy –en este mundo tan convulso– existe una alternativa civilizatoria que puede ser inspiradora para acelerar la transición en favor ya no de los pueblos, sino de la humanidad.
Una puerta de entrada para este ejercicio de comprensión viene del propio idioma chino, con los siguientes 3 conceptos: Tiānxià (天下), que propone un orden mundial fundado en la armonía relacional y la legitimidad moral, no en el equilibrio de poder entre soberanías rivales que estructura la teoría occidental de relaciones internacionales. Dàtóng (大同), que traza un horizonte ético de bienestar común. Y Zhōngguó (中国), que en occidente traducimos como “China”, que no nació como nombre de una nación, sino como categoría civilizatoria para distinguir lo civilizado de lo periférico, ya desde las inscripciones de bronce de la dinastía Zhou. Leída desde esta tríada, China no se concibe como un actor más del sistema internacional moderno, sino como portadora de una racionalidad política propia, con raíces que anteceden por milenios al Estado-Nación westfaliano (ese del que hablamos aquí en Contralínea el pasado 6 de marzo).
Ahora bien, para que estos principios éticos pudieran materializarse, se requirió de un acelerado proceso de industrialización. Y aquí es en donde China rompió con un aspecto más del sentido común occidental, al concebir al marxismo no como una reliquia de la Guerra Fría como se nos vendió, sino como un método vivo, capaz –como ninguna otra teoría social desarrollada hasta el momento– de transformarse junto con la realidad que analiza.
La prueba está en la propia historia del marxismo chino, y la frase emblemática de Mao Tse-Tung que merece leerse dos veces: “el marxismo abstracto no existe”, “el marxismo abstracto no existe”; y que consecuentemente le llevó a recuper el confucianismo como herramienta para “nacionalizar” una teoría nacida en la Europa del siglo XIX. Al seguir sus pasos, Deng Xiaoping repitió el gesto décadas más tarde y continuó con el marco marxista-leninista, y tomó como inspiración la NEP (Nueva Política Económica de Lenin) para las reformas de apertura de mercado de los años ochenta. Y sobre esta escuela, en el año 2022, ante el Comité Central del Partido Comunista Chino, Xi Jinping lo planteó casi como advertencia: si el marxismo no se adapta a las condiciones concretas de cada época y cada país, pierde su función guía, se debilita y la gente deja de creer en él.
Ese ejercicio de reinterpretación continua, contrario a la repetición de fórmulas liberales, constituye una aproximación al método científico que vale la pena recuperar. No solo para entender a China, sino para leer cualquier realidad social sin subordinarla de antemano a un esquema prestablecido.
La idea no es pensar en la sustitución de un centro del mundo –Estados Unidos– por otro –China–, sino de algo más incómodo y más honesto: aceptar que la historia humana tuvo –y tiene– varios centros articuladores a la vez, y que la pretensión de un origen único, sea mediterráneo o atlántico, fue siempre una construcción al servicio de una jerarquía, jamás una descripción neutral del pasado.
Por eso, cierro diciendo que pensar el concepto de civilización desde los tres ejes propuestos al inicio de esta columna no es un ejercicio de erudición para especialistas. Es, quizás, el primer paso necesario para entender la nueva era que ya comenzó.
Carolina Hernández Calvario*
*Académica de la UAM Iztapalapa. Licenciada y doctora en economía (Facultad de Economía, UNAM). Maestra en estudios latinoamericanos (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). Su campo de especialización es en economía política.
Referencias
Frankopan, P. (2015). The Silk Roads. A new history of the world. Bloomsbury
Hérodoto. (2006). Historia. Cátedra.



















