En el capitalismo nos enseñan desde muy pequeños a competir con otras personas. Competimos por un lugar en el metro, por un asiento en el microbús, por un espacio en la secundaria, en la preparatoria y, desde luego, en la universidad. En el ámbito educativo se establece una contienda permanente por obtener buenas calificaciones, por alcanzar el título y, después de eso, en vez de que se acabe la competencia, ésta se torna cada vez más difícil: cuando hay dinero de por medio, el mundo laboral exige pelear con uñas y dientes. Ahí se trata de presumir más cursos de capacitación, más experiencia laboral, más medallas, saber inglés, manejar diversos tipos de software y, sobre todo, aguantar la presión, el estrés y obedecer órdenes sin rezongar. La educación sirve para enseñar a competir, es el laboratorio de formación que mostrará en qué consistirá el mundo a partir de ese momento.
La competencia también está en el ámbito político: los partidos compiten entre sí para ganar más votos y tener más electores. Las campañas electorales son la cúspide de la pugna política: es la pelea por alcanzar cargos que a su vez proporcionan dinero y poder. Lo mismo sucedería con las empresas que, supuestamente, se confrontarían en el marco de los mercados para que los clientes consumieran lo que supuestamente considerarían mejor para sí. En el fondo, sabemos que las elecciones no son racionales ni abiertas, siempre están restringidas dentro de límites de las condiciones de clase en las que viven las personas.
La competencia en el capitalismo es descarnada y, desde luego, mentirosa: lejos de competir, los grandes capitalistas están en el lugar que están por sus nexos (corruptos o no) con el Estado, por los beneficios familiares y por los pactos entre los integrantes de las élites. Los compadrazgos y las relaciones de poder son realmente las que establecen los beneficios del capitalismo en formas de castas, lo mismo en los negocios que en la política, en las universidades y en las empresas, en el ámbito laboral y en el ámbito educativo, en el gobierno y en la iniciativa privada.
La competencia es un pilar del capitalismo que mezcla ficción con realidad. Por ejemplo, hace creer a las personas que si se esfuerzan mucho en algún momento podrían escalar hasta la cima del éxito y poseer riquezas inimaginables. Gracias a ese mito ficticio, personajes ruines difunden la idea de que la envidia ante el éxito de los más ricos es lo que genera resentimiento social. Ese relato es perverso porque hace creer que la culpa siempre es de los pobres, de los excluidos: ellos son los culpables de su propia desgracia al no esforzarse lo suficiente. Dañan la imagen de los ricos porque tienen envidia de no ser como ellos. Ese mito ficticio ayuda a legitimar las reglas del juego del capitalismo, exculpando a los ricos de la explotación y de la dominación que ejercen sobre las clases trabajadoras y achacándoles a ellas la culpa de su condición. Es una ficción que aceita los engranajes del capitalismo.
Y si bien la competencia es ficticia a nivel de los grandes ricos sí es completamente real al nivel de las clases trabajadoras, que luchan con un gran ahínco porque se juegan su supervivencia. En el reciente caso del examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) quedó claro que las y los jóvenes están dispuestos a hacer trampa o lo que sea necesario para entrar a una escuela que, según el mito, les permitirá lograr una mejor situación económica. Esas personas que hicieron trampa simplemente replicaron las mismas prácticas que hacen los grandes capitalistas todos los días a un alto nivel, sin embargo, los de abajo no tienen permiso para hacerlo, ellos sí tienen que competir de forma real, no pueden saltarse las reglas.
La competencia como regla de existencia promueve la desconfianza permanente entre las personas de abajo, pues cualquiera es un potencial adversario, o peor, enemigo porque en esas condiciones, muchos optan por la trampa, por sacar provecho del otro, por sacar una tajada, dar más cara una mercancía de lo que realmente es, con tal de obtener una mínima ganancia para sí. Por eso, para las personas es tan indignante sentir que les “vieron la cara”, que “se aprovecharon” y no se dieron cuenta. Son las trampas que buscan eludir las reglas de la competencia y obtener más ventaja. Sin embargo, los tramposos son mal vistos por quienes sí siguen las reglas al pie de la letra. Es terrible para una persona saber que se esfuerza por obtener una ganancia y otros llegan a ella sin cumplir con el mandato de la competencia.
Desde mi punto de vista, ese es un eje nodal que explica la frustración de las clases medias ante la inseguridad y los robos: “me esfuerzo por tener algo de dinero y alguien me lo quita”. Sin embargo, debido a que creen en la ficción de la competencia, no pueden concebir que a nivel de los grandes ricos los robos son todavía más frecuentes, más grandes y peores. No es tan fácil observar el robo que significa la explotación ni tampoco los beneficios que obtienen los grandes empresarios de los Estados. Por eso, la idea que utiliza la ultraderecha de atacar la delincuencia con todo el punitivismo y la saña posible se vuelve algo deseado por amplios sectores de trabajadores. El problema es que eso no resolverá absolutamente nada, mientras las reglas de la competencia se mantengan intocables.
Pablo Carlos Rojas Gómez*
*Doctor en ciencias políticas y estudios latinoamericanos



















