El “emperador” Peña y la “emperatriz” Angélica… (¿Y el desastre nacional?)

El “emperador” Peña y la “emperatriz” Angélica… (¿Y el desastre nacional?)

Sobre todo desde Manuel Ávila Camacho, los presidentes todavía confunden al Palacio Nacional con el Castillo de Chapultepec, donde vivieron Maximiliano y Carlota, quienes nunca fueron emperador y emperatriz porque Benito Juárez era el presidente constitucional; y primero los austriacos dejaron su farsa, que Juárez y el pueblo se rindieran. Juárez optó por vivir en una de las alas de Palacio Nacional que hacerlo en el Castillo.

Pero desde Miguel Alemán hasta Felipe Calderón, los expresidentes hicieron de Palacio Nacional el lugar de sus ensueños de emperadores sexenales; y dieron un plato de lentejas a sus invitados a cambio de que les hicieran valla por donde pasaban con sus esposas y los vitorearan a su paso.

Acaban de repetir la escena los esposos Enrique Peña-Angélica Rivera. En todos los periódicos están las fotos del 15 de septiembre por la noche, casi todas proporcionadas por la agencia oficial Notimex. En la edición 1924 de la revista Proceso, Ernesto Villanueva canta loas a Notimex y sobre todo a su director Alejandro Ramos, como si en verdad fuera un medio de comunicación veraz, pero lo que busca el impúdico aplaudidor es que Notimex le reproduzca sus notas y se las pague a precio de oro.

En esas fotografías vemos al mexiquense y a la exestrella de Televisa pasando delante de sus serviles invitados (dicen las informaciones que eran más de 700). Todos ellos atrás de los aparadores para que no invadieran el pasillo y mucho menos entorpecieran el paso de vals con el que se trasladaban los emperadores al balcón, para que el rey Peña pronunciara tímidamente los nombres de los héroes de la gesta de 1810, ondeara la bandera e hiciera sonar la campana de Dolores, Hidalgo.

Ese acto es antirrepublicano, antidemocrático y anticonstitucional. Más todavía con los acarreados del peñismo (de a 330 pesos por cabeza y cena gratis de garnachas, más transporte de ida y vuelta), que al simular al pueblo auténtico les obligaron a gritar: “¡Peña, Peña, Peña!”, en un coro de más servilismo. Los soldados estaban apostados en todas las azoteas hasta de los hoteles, porque los acarreados podían enviar los olotes como proyectiles a quienes estaban en los balcones, para ver si le atinaban en la cabeza a uno de ellos. Pero las vallas afuera de Palacio Nacional mantenían a raya a los acarreados, que de todas maneras les echaron trompetillas y silbidos recordándoles el 10 de mayo. Tras aplaudir a la pareja del nuevo Maximiliano Peña y Carlota Rivera, los invitados se fueron a la opípara cena, y como en tiempos del populismo de Luis Echeverría, le entraron a los antojitos, el tequila y las aguas frescas.

Elegantes, como si vinieran del Palacio de Liverpool o de Hierro, entraron por las puertas secretas del edificio y pasaban por el detector de metales mostrando su invitación con código de barras, para llegar al patio convertido en restaurante para ricos, con soldados vestidos de meseros. Varias crónicas dieron el parte de ese suceso de monarquía en decadencia, como la que firmaron los reporteros Érika Hernández y Ernesto Núñez (Reforma, 16 de septiembre de 2013).

El nuevo pueblo de acarreados del Estado de México fue enviado a petición de Los Pinos por el desgobernador Eruviel Ávila, a quien ya se le cuecen las habas porque Peña lo introduzca en la lista de los príncipes herederos al trono. En la Plaza de la Constitución, donde ya no están los de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, expulsados por el Patton o McArthur de Manuel Mondragón con tácticas de una guerra fallida, pero por la cual le colgarán otra medalla que se unirá a las falsas que luce actualmente por sus batallas ganadas desde el 1 de diciembre de 2012 para arrestar a la oposición estudiantil del #YoSoy132.

El espectáculo dentro de Palacio Nacional era parecido al Castillo de Miramar o al reino de Francia de cuando Napoleoncito imperaba, y una vez que Maximiliano Peña anunció que no podía acompañarlos a cenar, porque se iba a coordinar las labores de auxilio por la embestida de la otra pareja Ingrid y Manuel, en lugar de también retirarse, se fueron a sentar y ordenaron les sirvieran el menú, mientras en todo el país hay más de 24 millones de mexicanos en la hambruna y 56 millones en la pobreza.

La fiesta real de los nuevos emperadores fue como si viéramos a Sissi Emperatriz y su consorte salidos de un filme. ¿Habrán leído Peña y su esposa Los sentimientos de la nación, documento todavía vigente con su declaración: “Que la América es libre: independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía…”?, pues la celebración no fue para recordar a Hidalgo y los que hicieron posible el inicio de la revuelta de Independencia que consumó Morelos y puso las raíces para la gloriosa Revolución de Ayutla, la Revolución de 1857 y la Revolución de 1910, sino una vez más como pretexto para una cena y un acto monárquico que ya debería cancelarse.

Pero Peña quiere sentirse emperador, no presidente de la República y busca el aplauso en cada acto que le hemos visto; incluso ahora que estuvo en Guerrero con motivo del desastre causado por las devastaciones ciclónicas, donde se lució empapado por la lluvia buscando aplausos de esos mexicanos que hoy están en la calle, y como el resto de la población son víctimas de la recesión económica con visos de depresión, cuyos síntomas son la deflación, porque Peña-Videgaray dejaron de intervenir con gasto público para obligar a los capitales privados a invertir.

Peña quería su fiesta monárquica y ordenó el desalojo de la Plaza de la Constitución, en lugar de haber convenido en una transacción con los maestros cuya legítima y legal oposición es la mecha en el contexto de la emergencia económica y social que vive la nación, a la que ahora, para colmo, Tláloc y los ciclones sumen al país en una crisis para la que se necesita un estadista y no un emperador ni una emperatriz.

*Periodista

 

 

 

 

 

Fuente: Contralínea 356 / 14-19 octubre de 2013

 

 

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