Equidad social, parlamentarismo y más democracia

Equidad social, parlamentarismo y más democracia

Todos los males de la democracia pueden remediarse con más democracia

Alfred E Smith

El Instituto de Estudios para la Transición Democrática, por medio de su Junta de Gobierno, ha publicado una síntesis de su documento-pronunciación, a mi parecer manifiesto a la nación y convocatoria republicana, con la firma responsable del doctor Lorenzo Córdova y el subtítulo La igualdad social no puede seguir siendo pospuesta (y) Sí al cambio del régimen político, al pluralismo y a la política de coalición (El Universal, 16 de junio de 2010). Y no es que haya pasado desapercibido para la opinión pública, pero es que irrumpió su publicación cuando estaba en su punto más alto la discusión, en la Suprema Corte (de injusticia) de la Nación, del trágico homicidio de 49 niños y 79 más lesionados de por vida a consecuencia del pavoroso incendio en la Guardería ABC. Y que la mayoría de los ministros, conservadores, cómplices (de Molinar Horcasitas, Káram, Bours y hasta de Calderón, quien a toda costa ha encubierto a la prima hermana de su esposa), carentes de perspectiva histórica y constitucional, y ajenos a resolver con más democracia y más republicanismo los problemas de nuestra democracia anclada todavía en el autoritarismo, resolvieron cobardemente para salvar a la elite y salvarse ellos mismos.

Somos una sociedad democráticamente en ciernes, y republicanamente sólo como un concepto desdibujado en la Constitución (que con todo y sus más de 500 reformas y contrarreformas, supuestamente para adecuarlas a las necesidades del tiempo, se mantiene como otro de los reclamos para, como en 1857 y 1917, promulgar un nuevo documento tras un congreso constituyente), que está urgida de transformaciones en el ejercicio de los poderes con auténticos contrapoderes (necesitamos un tribunal constitucional, defensor de la ley suprema con arreglo a interpretaciones democráticas y republicanas y no autocráticas, antidemocráticas y antirrepublicanas, como la actual Suprema Corte, a la que en maldita hora se le dieron facultades de control constitucional).

Se requiere promover “una segunda transición”, la cual, como primera, no se ha visto y en todo caso se empantanó en el umbral con motivo del fracaso de la alternancia; el resto de las propuestas, con su eje en un sistema parlamentario y de coaliciones en caso de que un partido no alcance la mayoría absoluta de escaños, para lograr la representación de minorías y mayorías relativas que nos facilite discutir y ejecutar programas que disminuyan el gravísimo y explosivo empobrecimiento masivo de la nación y sus problemas colaterales por la carencia de una política económica que transforme el capitalismo salvaje y su maridaje con el neoliberalismo económico que, en vez de apuntalar el libre mercado con sus controles, lo abate y convierte en botín de las elites depredadoras nativas y externas. El documento del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, AC, es lo que Keynes llamó la “agenda”, que ha de discutirse en foros por todo el país.

Ciertamente, “la democracia mexicana se halla en uno de sus momentos más pesimistas y sombríos. La desigualdad social crece y escinde cada vez más al país. La sociedad está desmoralizada, atemorizada y desconfiada. La clase política, ensimismada en rencillas de cortísimo plazo, deambula en la incertidumbre. Y la política misma es vista, por la mayoría de los mexicanos, como un espacio ajeno y hasta opuesto a sus intereses.

“Ya es hora de repensar el arreglo institucional en su conjunto. El formato que debemos imaginar y ensayar para resolver el problema de gobierno y la ecuación pluralista en México es el parlamentarismo. Ese régimen necesita que haya coalición cuando ningún partido alcanza la mayoría absoluta de escaños; una coalición de escaños para formar gobierno sin desplazar o abatir los intereses y las visiones distintas que requieren ser representadas… El parlamentarismo exige y ofrece a la vez, precisamente eso, conversación y compromisos entre adversarios, naturalización del acuerdo, política de coalición en el gobierno, todas ellas prácticas ausentes en la realidad política de México… el futuro de nuestra democracia va a depender, cada vez más, de saber gobernar en coalición, de compartir el poder con un aliado a menudo incómodo” (el texto completo puede consultarse en www.ietd.org.mx).

El documento publicado está dividido en una introducción y cinco apartados: “Hacia una segunda transición” (y que a este comentarista no le queda claro cuándo y cómo ocurrió la primera, puesto que no es suficiente lo de “la salida del autoritarismo, la histórica conquista de libertades políticas”, etcétera); “Pese a la democracia, desigualdad social”; “Legitimar al Estado, en una sociedad plural”; “El reto es compartir el poder y parlamentarismo”.

Para la equidad, quedan claras cada una de sus propuestas y es un documento valioso si “la democracia es discusión” (Hans Kelsen, Esencia y valor de la democracia).

Ante la pobreza, el desempleo masivo y abuso de los poderes políticos y económicos, la nación está a punto de encolerizarse y tratar, “con toda su pasión y todas sus fuerzas, de hacer algo respecto de su situación”. En los términos del razonamiento de Barrington Moore, en su libro La injusticia: bases sociales de la obediencia y la rebelión, editorial UNAM: “La población mexicana experimenta un sentimiento de fracaso generalizado que se trasmina en casi todas las áreas de la vida nacional… que alimenta permanentemente la desconfianza de los ciudadanos en sus dirigentes y en las instituciones políticas”.

Necesitamos contrapesos eficaces, aspirantes a estadistas, separación del jefe de Estado y el jefe de Gobierno y ministros responsables ante el Congreso, para el deslinde de responsabilidades por ineficacia, corrupción, abusos e interpretaciones antidemocráticas y antirrepublicanas de los fines de la Constitución ante un tribunal constitucional (Hans Kelsen, ¿Quién debe ser el defensor de la constitución?, editorial Tecnos), donde hasta los ministros de la Suprema Corte rindan cuentas. Y poner a funcionar el juicio político. Las propuestas y convocatoria del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, AC, han dado en el clavo. Se trata del presente, ya no del mañana (con el eslogan “Para nuestros hijos”), como bien lo remachan, pues “al país se le está acabando el tiempo”. Se trata de un cambio pacífico para deshacernos de los malos gobernantes sin derramamiento de sangre (Karl R Popper dixit).

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Contralínea 196 / 22 de Agosto de 2010

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