Entre banderas y aplausos, la soberanía se volvió tarea colectiva

Entre banderas y aplausos, la soberanía se volvió tarea colectiva

FOTO: FERNANDA MONROY

Las banderas sobresalían por encima de las sombrillas como si flotaran sobre la explanada del Monumento a la Revolución. Debajo de ellas, miles de personas escuchaban a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo hablar de los logros del segundo año de su administración y la relevancia histórica para defender la soberanía mientras compartían agua, alimentos y horas de espera bajo el sol.

Cuando el discurso ya había comenzado, las calles cercanas seguían recibiendo gente. Camiones y microbuses permanecían estacionados en los alrededores mientras hombres y mujeres con playeras guinda, sombreros y banderas apresuraban el paso para alcanzar un lugar desde donde seguir el informe.

El camino hacia la explanada ya permitía entender el ambiente de la jornada. A ambos lados de las calles se extendían puestos de aguas frescas, nieves, sombrillas y sombreros para resistir el calor. Más adelante aparecían llaveros con los rostros de la primera mandataria y del expresidente Andrés Manuel López Obrador, chalecos con la palabra Morena y playeras con imágenes de los dirigentes de la cuarta transformación.

FOTO: FERNANDA MONROY

Entre los puestos de artesanías, ropa bordada, accesorios de chaquira y máscaras de luchadores se mezclaban también los aromas de la comida. El olor a longaniza, carne asada y tlacoyos recién preparados flotaba en el ambiente y acompañaba a quienes avanzaban hacia el monumento, donde el discurso ya estaba en marcha.

Frente a las pantallas instaladas en la explanada, la gente se acomodaba como podía. Algunas familias habían llevado bancos y sillas plegables para escuchar mientras descansaban; otras improvisaban techos con sombrillas mientras compartían agua y comida. Quienes permanecían de pie sostenían largas banderas sujetas a tubos de PVC que sobresalían por encima de la multitud y alcanzaban la altura de los semáforos.

Las banderas mexicanas convivían con las de Morena y con otras que identificaban alcaldías y municipios. Varias repetían el mismo mensaje: “presidenta, estamos contigo”. A pesar de la magnitud de la concentración, el ambiente era sereno. Había emoción, pero no desorden. Era posible caminar entre los grupos sin empujones ni tensión, salvo en la plancha principal del monumento, donde la multitud era más compacta.

FOTO: FERNANDA MONROY

De acuerdo con cifras del gobierno de la Ciudad de México, al informe acudieron 130 mil personas y la jornada concluyó con saldo blanco. Sin embargo, más allá de las cifras, la atención permanecía fija en las pantallas. Algunos asistentes seguían el discurso en silencio; otros comentaban entre sí los anuncios y las referencias a los programas sociales.

Las reacciones más intensas aparecían cuando la presidenta hablaba de soberanía. Entonces los aplausos recorrían la explanada, los puños se levantaban en el aire y las consignas comenzaban a multiplicarse. “¡Presidenta, presidenta!”, “¡No estás sola!” y “¡El pueblo unido jamás será vencido!” resonaban una y otra vez entre la multitud.

A los gritos se sumaban otros sonidos: el eco de las bocinas cercanas, el tintineo de unas campanas que un grupo llevaba consigo y la música de los concheros que acompañaban la concentración. Por momentos, la explanada parecía responder al mismo ritmo.

FOTO: FERNANDA MONROY

Cuando el informe terminó, las consignas comenzaron a transformarse en conversaciones. Algunas personas caminaron hacia las vallas metálicas con la esperanza de ver pasar a la presidenta durante su salida. Levantaban los teléfonos celulares buscando una fotografía o simplemente querían verla unos segundos más de cerca. Otras comenzaron a recoger sus pertenencias y a prepararse para el regreso.

Poco a poco las banderas fueron bajando de los cielos. Los tubos de PVC que durante horas las habían mantenido suspendidas sobre la multitud eran retirados entre varias personas para evitar golpear a quienes seguían caminando. Las sillas plegables desaparecían bajo los brazos de quienes las habían llevado y los más jóvenes ayudaban a levantarse a los adultos mayores. Las sombrillas seguían abiertas. El calor todavía acompañaba la retirada.

Fue en ese momento cuando comenzaron a escucharse las reflexiones sobre lo que acababan de presenciar. Entre quienes abandonaban la explanada estaba Gudelia García, originaria de Jaltenco, Estado de México. Mientras avanzaba entre la multitud, resumió en unas cuantas frases una idea que parecía repetirse entre muchos de los asistentes.

Tenemos a nuestra presidenta Claudia Sheinbaum al frente de México defendiendo la soberanía”, dijo. Para ella, el mensaje había dejado claro que el país atraviesa una etapa distinta a la de los gobiernos anteriores. Habló de los apoyos dirigidos a adultos mayores, madres solteras, estudiantes y personas con discapacidad, pero también de algo más: la responsabilidad de compartir ese mensaje con otras personas. “Siento mucha emoción y compromiso de hablar con nuestros vecinos y nuestra gente más cercana para decirles cómo están las cosas”, agregó.

A unos metros, Camila Martínez, secretaria Nacional de Comunicación, Difusión y Propaganda de Morena, compartía una impresión similar. Contó que el discurso la había conmovido por la defensa que hizo la presidenta de la soberanía nacional y por la insistencia en que son las y los mexicanos quienes deben decidir el rumbo del país.

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Mientras la gente se alejaba del Monumento a la Revolución, muchas conversaciones giraban alrededor de esas mismas ideas. Algunos comentaban los programas sociales; otros repetían frases escuchadas durante el informe. “Esa es mi presidenta”, se escuchó decir a una mujer mientras caminaba hacia la salida. Otros insistían en que era momento de hablar con familiares, vecinos y conocidos sobre la importancia de defender la soberanía nacional.

Poco a poco la explanada comenzó a vaciarse. Lo que durante horas había sido un mar de banderas se transformó en pequeños grupos que buscaban el camino de regreso hacia los autobuses, el metro o las calles del Centro Histórico. Detrás de ellos aparecieron los trabajadores de limpieza para recoger los últimos rastros de la concentración.

Las banderas ya no estaban en el aire, pero las conversaciones seguían acompañando a quienes regresaban a casa. Muchos se marchaban con la sensación de haber escuchado algo más que un informe de gobierno. Entre los comentarios de despedida se repetía una misma idea: el discurso había terminado, pero la tarea que cada uno decía llevarse consigo apenas comenzaba.

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