“Estamos aquí para apoyar defensa de la soberanía nacional”; simpatizantes cerraron filas con Sheinbaum

“Estamos aquí para apoyar defensa de la soberanía nacional”; simpatizantes cerraron filas con Sheinbaum

FOTO: DARYHL RODRÍGUEZ

“Soberanía” es la palabra que más se repitía entre las pancartas. Estaba escrita con letras verdes, blancas y rojas; apareció pintada sobre cartulinas, algunas mantas y un centenar de banderas que ondeaban bajo el fulminante sol de mediodía. Así, la consigna avanzaba entre la algarabía de mariachis, vendedores ambulantes y miles de mexicanos que, entre fiesta, porras y fotografías, cerraban filas en torno a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

Al pie del Monumento a la Revolución, donde cuatro pilares de piedra sostienen la memoria de la Independencia, las Leyes de Reforma, las luchas agrarias y obreras, la palabra “soberanía” adquirió un significado particular. Dejó de ser consigna para convertirse en bandera. Ahí, en ese espacio donde tantas veces la historia mexicana ha tomado cuerpo, más de 130 mil personas se congregaron para arropar y defender un mensaje que ha marcado el discurso presidencial en los últimos meses: la defensa de la soberanía nacional frente a cualquier intento de injerencia extranjera.

Los asistentes sabían del tema. Conocían el motivo de la convocatoria. Hablaban de amenazas, presiones externas, intereses fácticos y un aparato mediático que se alinea con la derecha nacional e internacional. Para ellos, todos estos personajes buscan doblar la voluntad del pueblo. También les enfurece el plan injerencista que busca desestabilizar al país. Incluso, mencionaron que ese día, más que nunca, las palabras “un soldado en cada hijo te dio” dejaron de ser solo una estrofa y se convirtieron en una declaración de principios.

“La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo está defendiendo al país, lo hace muy bien, y nosotros estamos aquí para apoyar la defensa de la soberanía nacional”, declaró con aires de entusiasmo y sin ocultar su admiración el señor Mauricio Velázquez, quien arribó desde la alcaldía Cuauhtémoc para escuchar a la primera mandataria. “Antes decía que era obradorista, pero creo que ahora me volví claudista”, confiesa entre risas.

La defensa de la soberanía nacional fue la razón principal de su presencia en la explanada. Para él, la idea no es abstracta ni se reduce a una consigna estampada en las pancartas. Ésta tiene el rostro de una presidenta que, consideró, resiste las presiones del exterior y de una batalla política que, aseguró, se libra todos los días desde los medios de comunicación, las redes sociales y, sobre todo, de los centros de poder extranjeros –como la CIA–. Por ello, celebró la firmeza con la que la presidenta ha respondido a los embates de la oposición y a las tensiones internacionales. “Ella está defendiendo bien al país y nosotros hoy estamos aquí para apoyarla”, afirmó.

FOTO: DARYHL RODRÍGUEZ

Esa misma idea afloró en la voz de Micaelina Vázquez Martínez. Aunque los años le han encanecido su cabello, conserva una energía para salir a las calles y hacer suyas las disputas políticas. Bajo esta idea, asistió –acompañada de su prima– para demostrar que quienes respaldan a la presidenta son más de los que diariamente retratan las críticas y piden por una intervención extranjera.

“Estamos defendiendo a la patria”, dijo mientras observaba a la multitud que se extendía por toda la explanada. Para ella, la asistencia masiva fue también una respuesta a quienes cuestionan el respaldo popular del gobierno. Y refugiada en la sombra de un árbol, Micaelina equiparó la palabra “soberanía” con “defender tu propia casa”.

“Tu no dejarías que otra gente te ‘fuera a decir’ qué es lo que vas a hacer en tu casa. En tu casa mandas tú. Y nosotros mandamos en nuestra casa, que es todo México”, señaló.

La comparación parecía resumir buena parte del sentir de quienes acudieron al gran Monumento a la Revolución. De esta manera, la soberanía nacional dejó de ser un concepto asociado a la política exterior para convertirse en algo más cercano, es decir, en la capacidad de decidir el rumbo propio sin que otros intervengan. Con esto, Micaelina estaba convencida de que esa es la disputa de fondo. “Hay personas a las que les duele que ahora los derechos sean para todos. Como dice la presidenta, es el pueblo el que manda”.

A decenas de metros, el mensaje de la primera mandataria se propagó por las bocinas instaladas alrededor de la explanada. Sus palabras avanzaban con tropiezo entre los vendedores ambulantes, el estruendo de las matracas, el retumbar de algunas batucadas y el ir y venir de las banderas mexicanas que se agitaban sobre la multitud. Incluso, por momentos, el discurso se diluía entre los aplausos y las consignas de la concentración.

“¡Claudia, el pueblo te acompaña!”, gritaba un contingente. “¡Soberanía nacional, nacional!”, gritaba otro. Algunos agitaban sus banderas con logos impresos de sindicatos o facciones políticas. El color guinda se manifestó y el blanco se coló. Así, el ambiente cargado de mitin político se convirtió en una especie de fiesta popular que absorbió con resignación los rayos del sol.

Para esquivar el sofoco, María Bárbara traía puestas unas gafas y Diana Mercado sostenía una sombrilla. Ambas llegaron desde distintos puntos de la capital; sin embargo, es tanta su admiración hacia la presidenta que asistir a este tipo de eventos les entusiasmaba. O al menos, eso comentaron a este semanario.

“Vimos el discurso. Estábamos muy entusiasmadas. Todo lo que dijo salió del corazón”, afirmó María Bárbara. Aseguró que la titular del Ejecutivo Federal expresó preocupaciones compartidas por buena parte de las y los asistentes; es decir, la defensa de la soberanía, pero no una abstracta ni reservada a discursos políticos, sino una que puede palparse en la mesa, en la salud, en la energía y en los recursos que llegan directamente a las familias mexicanas.

Para Bárbara la soberanía también significa garantizar alimentos, fortalecer los programas sociales y evitar que intereses económicos o políticos –tanto nacionales como internacionales– definan el rumbo de México. Por eso celebró que los recursos públicos hoy se destinen a obras e iniciativas que benefician a la población. “Antes se convertían en casas, en ranchos, en yates; ahora llegan a los hogares”, sostuvo.

Cuando la conversación giró hacia las tensiones con Estados Unidos, las dos mujeres coincidieron en que México enfrenta presiones externas, aunque rechazaron la idea de que el país cederá ante ellas. Diana habló de intereses políticos y económicos; María Bárbara, en cambio, recordó las consignas que cada día se pronuncian en las “Mañaneras del Pueblo”. “Somos un país soberano, libre e independiente”, sostuvo antes de evocar una frase del Himno Nacional que también circulaba entre los asistentes: “Un soldado en cada hijo te dio”.

De esta manera, las dos consideraban que la defensa de la soberanía también pasa por la información. Hablaron de contrastar fuentes, verificar datos y no dejarse llevar por lo que llaman “campañas de desinformación”. “Nos corresponde como mexicanos informarnos y compartir la información”, dijo Diana mientras María Bárbara asentía. Para ambas, el respaldo a la presidenta no nace de una obligación ni de un beneficio personal, sino de una convicción política.

FOTO: DARYHL RODRÍGUEZ

Esa misma certeza aparece para algunas personas que por años habían renegado, blasfemado e, incluso, se avergonzaron de su país debido a sus gobernantes. O al menos eso le sucedió a Lidia Victoria González Ramírez. Recorría la explanada con una camiseta estampada con la leyenda “¡Viva México!” y dos muñecos que colgaban a cada lado de su cuerpo: uno representaba a Andrés Manuel López Obrador; el otro, a Claudia Sheinbaum Pardo. La imagen contrastaba con su historia, pues costaba imaginar que la mujer que caminó entre consignas de apoyo alguna vez se definió a sí misma como antigobierno.

Situada en un vértice de la explanada, Lidia observó el templete con una mezcla de orgullo y reivindicación. Dijo que durante buena parte de su vida mantuvo una profunda desconfianza hacia los gobiernos mexicanos. La palabra “patria”, aseguró, llegó a parecerle vacía después de décadas de corrupción, promesas incumplidas y mucha desigualdad. Sin embargo, sostuvo que el cambio político iniciado en los últimos años transformó también la manera en que se observa al país.

Por eso escuchó con atención las referencias de la presidenta a Donald Trump, a las tensiones con Estados Unidos y a los intentos de injerencia extranjera. Para ella, la soberanía no solo se juega en los tratados comerciales o en las disputas diplomáticas; también depende de la confianza que una sociedad deposita en sus gobiernos y, también, en sí misma.

“No vamos a ser lacayos de nadie. La verdad, ahora somos libres de verdad, ahora sí lo somos. […] Antes ‘agachábamos la cabeza’ y la verdad no podíamos opinar porque teníamos que cuidarnos de lo que nos rodeaba. Y ahora, la verdad, considero que somos libres y debemos seguir apoyando a este gobierno”.

Sus palabras se diluyeron entre la multitud que lentamente emprendió el regreso. Tras casi una hora del discurso presidencial, los asistentes abandonaron el lugar cargando algo más que sus pancartas. Se llevaron las frases, las certezas y también las convicciones que continuarán circulando más allá, lejos de los cuatro pilares del Monumento a la Revolución.

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