La violencia como eje rector del mundo

La violencia como eje rector del mundo

Hiroshima y Nagasaki, no son simples episodios del pasado: nódulos semióticos de una violencia imperialista que se perpetúa y se renueva
IMAGEN: 123RF

Después de la invasión a Venezuela y la consecuente detención del presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente, Cilia Flores, representaron un punto de quiebre en las relaciones internacionales y demostraron el desprecio que prevalece por el derecho internacional. Estados Unidos impuso, nuevamente, sus afanes colonialistas e imperialistas, hasta ahora disfrazada bajo discursos vacíos. Hoy en día, el discurso es cínico y directo, lo que importa es el petróleo y persiguiendo dicho objetivo se impondrán por la fuerza.

Poco importó la constitución estadunidense, que proscribe cualquier acción militar en suelo extranjero si no es aprobada por el Congreso; como tampoco lo hizo la Carta de las Naciones Unidas, que afirma que todos los pueblos de la Tierra tienen el derecho de hacer valer su libre autodeterminación y que ésta sea respetada.

Como se ha hecho patente, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha quedado al descubierto como un instrumento al servicio del imperialismo, con nula capacidad para hacer valer el derecho internacional y prevenir los conflictos. El pasado 3 de enero, la ONU brilló por su ausencia, luciendo cómplice y manifestando su franca irrelevancia en el nuevo orden mundial, donde la coerción es norma general.

El mundo occidental, especialmente Estados Unidos, han retomado su política imperialista, con absurdos pretextos, que legitimen acciones militares, incluido el secuestro de un jefe de Estado y la reforma obligatoria del régimen. Paradójicamente, el presidente Donald Trump sentó un peligroso precedente para que Rusia se anexione Ucrania o China haga lo propio con la isla de Taiwán.

Trump ha demostrado que a él mismo sólo su propia opinión le parece relevante, como recientemente afirmó en entrevista para el New York Times: “sí, hay una cosa: mi propia moralidad, mi propia mente. Es lo único que puede detenerme. […] No necesito el derecho internacional”. Más allá del narcisismo exacerbado, esta declaración demuestra que nadie puede contradecirlo.

En la actualidad, estamos siendo testigos que los principios liberales que habían prevalecido en las relaciones internacionales, están siendo abandonados y pisoteados. En su lugar, un nuevo orden se está imponiendo por la fuerza, bajo la premisa de que cada quien vela por sí mismo. Esto se traduce en condiciones óptimas para el surgimiento de la Tercera Guerra Mundial, donde sólo la violencia rija las relaciones entre Estados. Estados Unidos no está dispuesto a ceder la preponderancia que ha mantenido y, como ha sido demostrado, exige la subordinación total o su eliminación.

Ante ese contexto, la ONU y el resto del orbe se mantienen absortos bajo el miedo y el egoísmo, con esperanza de mantener intactos sus activos. ¿Quién está dispuesto a enfrentar a Trump y desobedecerlo? Algunos dirigentes han denunciado la ominosa acción militar. Otros más, agazapados, se adhieren a las condiciones impuestas por el gigante y callan ante el atropello. Venezuela, según afirman, es un ejemplo de lo que puede suceder si se enemistan con Estados Unidos y, eventualmente, “pueden ser los siguientes”.

Sin embargo, el miedo como política de Estado tiene graves consecuencias, como el propio Maquiavelo apuntó. El terror genera hartazgo, frustración y, eventualmente, resistencia. Bajo esa premisa, la rebeldía social es la única salida de la vorágine, como lo han demostrado las y los ciudadanos de distintas partes del mundo, incluidas las calles de Venezuela y Estados Unidos.

El reciente asesinato de la poeta Renee Good en Minneapolis, Minnesota, a manos de agentes del servicio de inmigración estadunidense (ICE), demuestra la política racista asimilado a una purga levantada por la Gestapo. El mensaje es claro, se puede arrebatar la vida, aún la de los propios estadounidenses, ante el menor descuido, sin ninguna consecuencia real. Las ominosas declaraciones de la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem, confirman la política de Estado, las víctimas son culpables de su propio destino, Good era una representante del “terrorismo doméstico”.

La resistencia que ya ha tomado las calles de Estados Unidos debe encontrar eco alrededor del orbe. Sobre todo, si los gobiernos no hacen frente a la política exterior de Trump. Bajo ninguna circunstancia, el nuevo orden mundial debe estar caracterizado por la fuerza y la coerción impuesta por los proyectos neofacistas.

Pablo Carlos Rojas Gómez*

* Doctor en ciencias políticas y estudios latinoamericanos. Investigador del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS-UNAM).

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