El 13 de septiembre se conmemoró a los héroes que defendieron el Castillo de Chapultepec ante el invasor estadunidense: Francisco Márquez, de 12 años; Vicente Suárez, de 14; Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca, de 18; Juan de la Barrera, de 19, y Juan Escutia, de 20, así como a los demás cadetes que participaron en el combate.
Los héroes de Chapultepec simbolizan la resistencia del pueblo ante la invasión estadunidense de 1847, que le costó a México la pérdida de más de la mitad de su territorio. Su figura representa la defensa de la soberanía nacional frente al feroz vecino del norte.
Desde los gobiernos neoliberales y neocoloniales de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, se ha intentado desconocer, minimizar e incluso negar la lucha de aquellos jóvenes y de todo un pueblo.
Se habla de la “Guerra México-Estados Unidos” en lugar de llamarla por su verdadero nombre: invasión estadunidense contra México. Al mismo tiempo, se alardea de la “integración de México a la región norteamericana”. ¿Acaso se aspira a una anexión “pacífica”, como supuestamente ocurrió con Texas?
Los gobernantes estadunidenses juraban que eran pacíficos. En su discurso inaugural del 4 de marzo de 1845, el presidente de Estados Unidos, James K Polk, declaró: “El mundo nada tiene que temer de las ambiciones militares de nuestro gobierno”.
Sin embargo, esas palabras ocultaban la ambición y la agresividad yanquis, pues el gobierno estadunidense planeaba apoderarse no sólo de Texas, sino también de California, Nuevo México, Nevada, Utah, Arizona y algunas regiones de Colorado y Wyoming.

Poco más de un año después, en mayo de 1846, la administración de Polk promovió la invasión y la declaración de guerra contra México. Para justificar la expansión territorial y presentar la anexión de Texas como un proceso “pacífico”, se amparó en la doctrina del “Destino Manifiesto”.
La derrota militar de México se debió a que quienes detentaban el poder, encabezados por Antonio López de Santa Anna –quien ocupó la presidencia en 11 ocasiones–, se negaron a armar al pueblo e impulsar la resistencia contra los ocupantes extranjeros. Temían que los mexicanos exigieran sus derechos, pues, en aquella época, los hacendados acaparaban la tierra y los campesinos aspiraban a una reforma agraria.
Los terratenientes, las altas jerarquías eclesiásticas, propietarias de más de la mitad de la tierra y de las fincas urbanas del país, y las camarillas militares que gobernaban México prefirieron ceder más de la mitad del territorio nacional antes que perder el poder. En vez de fomentar la organización y la resistencia, permitieron que la extensión territorial se redujera de 4 millones 500 mil kilómetros cuadrados (km²) a sólo 1 millón 900 mil km².
Por su parte, el pueblo siempre estuvo dispuesto a defender la patria y combatir la invasión, aun cuando carecía de armas. Así lo demostró en la Heroica Ciudad de México.
El 22 de agosto de 1847, el gobierno de Santa Anna firmó un armisticio con los estadunidenses. Sin embargo, cinco días después, 100 carros enemigos entraron en la capital para abastecerse de víveres. El pueblo se amotinó y el gobernador José María Tornel no pudo impedir que una multitud de 30 mil mexicanas y mexicanos rodeara a 2 mil 500 soldados fuertemente armados y, a pedradas, hiciera huir a la caravana estadunidense.
Los comerciantes de los mercados se negaban a venderles productos a los invasores: preferían que los alimentos se pudrieran antes que recibir dinero de los estadunidenses. Ante esta resistencia, las tropas enemigas comenzaron a saquear los comercios durante la noche. Sólo algunos comerciantes ricos, considerados traidores, se enriquecieron mediante el abastecimiento de los ocupantes.
En septiembre, las tropas estadunidenses ocuparon la Ciudad de México, después de vencer la heroica resistencia de miles de mujeres y hombres. Familias enteras combatieron durante varios días contra los invasores.
La represión fue brutal. Las tropas estadunidenses bombardeaban las casas desde donde se les disparaba, allanaban viviendas, cometían violaciones y asesinaban a familias enteras. El pueblo combatió abandonado por el ejército de Santa Anna, quien huyó hacia Querétaro el 13 de septiembre con el falso argumento de que carecía de municiones, pese a que aún había pertrechos.
En este contexto ocurrió la defensa del Castillo de Chapultepec. Allí combatieron los jóvenes cadetes del Colegio Militar, conocidos como los Niños Héroes, quienes murieron mientras defendían a su nación de los invasores.
La guerra y la invasión se prolongaron durante cerca de dos años, entre 1846 y 1848. Dejaron numerosas víctimas mexicanas y revelaron el patriotismo de quienes enfrentaron al enemigo estadunidense, entre ellos los jóvenes cadetes que perdieron la vida en la batalla de Chapultepec.
Antonio López de Santa Anna dejó solos a los defensores del Castillo de Chapultepec el 13 de septiembre. Al amanecer, el inmueble fue bombardeado con mayor intensidad que el día anterior. Sin embargo, alrededor de las nueve de la mañana, el fuego cesó porque los soldados estadunidenses habían comenzado a ascender por el cerro.
Cuando observó el movimiento de las tropas enemigas, el general Nicolás Bravo avisó a Santa Anna y solicitó municiones y refuerzos, pero la ayuda nunca llegó. El presidente, señalado como traidor, le ordenó retirarse con el argumento de que “la situación ya era muy complicada”. Los patriotas, sin embargo, no abandonaron sus posiciones ni se rindieron: durante dos días mantuvieron a raya al invasor.
Su papel durante la guerra fue desastroso. En la batalla de la Angostura, librada el 22 y 23 de febrero de 1847, contaba con un número de soldados muy superior y había logrado imponerse a las fuerzas del general Zachary Taylor; pese a ello, ordenó la retirada en lugar de consumar la derrota del ejército invasor. Una versión sostiene que se había vendido previamente a Estados Unidos por 10 millones de pesos, supuestamente entregados durante su estancia en Cuba, en 1846.
De hecho, cuando Santa Anna llegó a Veracruz a bordo del buque The Arab, la armada estadunidense, que rodeaba el puerto, le permitió desembarcar y entrar en el país. Así pudo asumir nuevamente el poder y dirigir una resistencia cuya derrota, según esta versión, había pactado previamente con el gobierno de Estados Unidos.
¿Qué acordó en junio de 1846, en La Habana, Cuba, con el almirante Alexander Slidell Mackenzie, agente confidencial del presidente Polk? No lo sabemos, pero los hechos despiertan sospechas. Pocas semanas después de la entrevista, el comodoro David Conner, comandante de la escuadra estadunidense que bloqueaba el puerto de Veracruz, lo dejó pasar sin molestarlo. Así regresó a México, dispuesto a ocupar una vez más la presidencia.
El 14 de septiembre de 1846, Santa Anna entró en la Ciudad de México entre flores y aplausos. Tuvo exactamente un año para cometer todos los “errores” que conducirían a la victoria estadunidense.
En la batalla de la Angostura, Santa Anna ordenó la retirada sin consumar la derrota del enemigo. En Cerro Gordo, dejó abierto un flanco que facilitó el avance del ejército invasor hacia el centro del país. Tras acordar una tregua e iniciar negociaciones el 22 de agosto, permitió que las tropas de ocupación entraran en la Ciudad de México para abastecerse de cuanto necesitaban.
Cuando se reanudaron las hostilidades en Padierna, Santa Anna abandonó al general Gabriel Valencia. A pesar de contar con 5 mil hombres, no intervino mientras la División del Norte era derrotada por las fuerzas invasoras.
En Churubusco, no envió municiones adecuadas ni suficientes al general Pedro María Anaya. Finalmente, en el momento decisivo, abandonó la Ciudad de México y la dejó a merced de los invasores.
No sólo combatieron los jóvenes cadetes. También lucharon valientemente el batallón de San Blas, comandado por Felipe Santiago Xicoténcatl; las tropas dirigidas por Nicolás Bravo, y un pueblo indignado. Todos defendieron la ciudad, pero, a partir del 14 de septiembre, los invasores izaron la bandera de las barras y las estrellas durante más de 10 meses en el Zócalo de la Ciudad de México.
Durante ese lapso se negoció apresuradamente el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848. Los terratenientes, las altas jerarquías eclesiásticas y las camarillas militares que gobernaban el país no fomentaron la organización ni la resistencia popular. Prefirieron que México perdiera más de la mitad de su territorio antes que alterar la “paz” que garantizaba sus privilegios. Así, aprobaron un tratado por la vía rápida en lugar de continuar la lucha hasta expulsar a los invasores.
Pasaron los años y, por si quedaba alguna duda de que Santa Anna era capaz de vender y venderse, en 1853 negoció con Washington la cesión del territorio de La Mesilla, cuya extensión era de alrededor de 76 mil 770 km², a cambio de 10 millones de dólares.
La ambición de los estadunidenses por apoderarse de México existía desde décadas atrás. Incluso antes de la Independencia se conocían sus siniestros proyectos expansionistas.
En 1812, Luis de Onís dirigió una nota confidencial al virrey de la Nueva España, en la que advirtió sobre los proyectos expansionistas de Estados Unidos:
“Se [halla] enterado ya por mi correspondencia [de] que el gobierno de Estados Unidos se ha propuesto nada menos que fijar sus límites en la embocadura del río Norte o Bravo, siguiendo su curso hasta el grado 31 y, desde allí, trazando una línea recta hasta el mar Pacífico. Tomaría, por consiguiente, las provincias de Texas, Nuevo México, Nuevo Santander [actualmente Tamaulipas y San Luis Potosí], Coahuila, parte de la provincia de Nueva Vizcaya y la de Sonora.
“Parecerá un delirio este proyecto a toda persona sensata, pero no es menos cierto que existe y que se ha levantado expresamente un plano de las provincias, en el que también se incluye, por orden del gobierno, la isla de Cuba como una pertenencia natural de esa república estadunidense”.
El gobierno de Estados Unidos estaba convencido de que su pueblo había sido elegido por Dios para dominar el mundo. Seguía la doctrina del “Destino Manifiesto”, forjada por Thomas Jefferson y John Quincy Adams. Este último había afirmado: “Es inevitable que el resto del continente sea nuestro”.
Los estadunidenses pretendían apoderarse de puertos estratégicos, como el de San Francisco, y de una de las regiones más fértiles del mundo, localizada en California.
Además, la anexión de los territorios mexicanos fortalecería a los estados esclavistas del país vecino, pues las zonas arrebatadas –Nuevo México, Arizona y Texas– se encontraban al sur de la línea establecida por el Compromiso de Misuri. Nicholas Trist, negociador designado por el presidente Polk, también pretendía obtener el derecho de tránsito por el istmo de Tehuantepec.
Como vimos, antes de que los invasores ocuparan la capital del país, Antonio López de Santa Anna ordenó retirar al ejército hacia Querétaro, en lugar de organizar la defensa de la Ciudad de México.
Sin embargo, los cadetes del Colegio Militar, comandados por Nicolás Bravo, y el batallón de San Blas, dirigido por Felipe Santiago Xicoténcatl, dieron ejemplo de dignidad y amor a México. Lejos de huir para salvarse, aquellos jóvenes enfrentaron al invasor hasta perder la vida. Entre ellos se encontraban Juan de la Barrera, Juan Escutia, Francisco Márquez, Fernando Montes de Oca, Agustín Melgar y Vicente Suárez.
A pesar de haber muerto hace 179 años, los jóvenes héroes siguen presentes en la memoria de las y los mexicanos. Nunca envejecerán: permanecerán por siempre jóvenes y dignos. Como fueron valientes y no huyeron, nunca morirán en nuestros corazones.

México ha permanecido subordinado a Estados Unidos durante décadas, en particular a partir del endeudamiento y la sujeción al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial; la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC); la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN); la dependencia económica y comercial, y los acuerdos militares establecidos en el marco de los comandos Norte y Sur. Esta subordinación ha llegado al grado de que hoy se incluye a nuestro país en la denominada “región de América del Norte”.
Además, Washington aspira a ejercer un control absoluto sobre Cuba, Venezuela, México y el resto del continente americano. Busca imponer un gobierno títere que revierta por completo la transformación del país. Desde hace más de cinco años, amenaza con invadir el territorio nacional bajo el pretexto de combatir el narcotráfico, pese a que Estados Unidos ya ha invadido México en 11 ocasiones.
Hoy, el imperio estadunidense se encuentra en decadencia, pero pretende enfrentar a Rusia y China mediante la recuperación del dominio continental, desde Groenlandia hasta la Patagonia. Para lograrlo, recurre a todas sus armas y mantiene su alianza con el sionismo.
La unión de los trabajadores, mujeres y hombres, la juventud, las personas adultas mayores y el conjunto de la población permitirá enfrentar el neoliberalismo y el neocolonialismo, recuperar la soberanía nacional y garantizar un futuro para México y sus pueblos originarios.
En la situación actual, la gesta de los Héroes de Chapultepec, las mujeres y el pueblo que enfrentaron al invasor nos infunde fuerza y nos convoca a emprender una acción decisiva en defensa de la soberanía nacional.
Pablo Moctezuma Barragán*
*Doctor en estudios urbanos, politólogo, historiador y militante social



















