Wikileaks: el derecho a conocer

Wikileaks: el derecho a conocer

Encerraron a uno de los mensajeros: Julian Assange, el más importante y polémico, sin duda; pero esto no lo para nadie. Y no porque los documentos que nos ha proporcionado Wikileaks sean todos excepcionales –algunos lo son–, porque han desnudado cómo Estados Unidos es el máximo fisgón y el que tiene menos compromisos en las luchas que emprende. Pero eso sí, exige que otros hagan el trabajo que ellos demandan.

En el número más reciente de El País Semanal (1784), el notable escritor Juan José Millás, en su columna habitual, presenta una fotografía de un iraquí con su hijo en un campo de concentración. El título es “Ya os vale”. Y señala: “Cada vez están más claras las atrocidades cometidas en la invasión a Irak. Y los responsables, lejos de mostrar arrepentimiento, repiten que harían lo mismo una y mil veces”.

Denuncia que golpea al chismoso señorito Aznar, a Tony Blair y, sobre todo, a George Bush, y con él al sistema estadunidense, que incluso llegó al extremo de crear el Acta Patriótica: un estado de sitio, sobre todo informativo. Es decir, la suspensión de la libertad de expresión, uno de los principios básicos de la constitución yanqui.

Contra eso se alzó Wikileaks. No únicamente para sacudir a los vecinos del Norte, sino contra todos aquellos que hacen chismes, presunciones, supuestos análisis y tergiversaciones en lo que basan sus políticas en contra de la población de sus naciones y las de otros países.

En México, sin duda, muchos de los informes dados a conocer eran sabidos por la minoría ilustrada. Pero no habían sido difundidos con tal profusión ante los ciudadanos, quienes ahora tendrán muy claro que Gringolandia está metida hasta el tuétano en nuestros asuntos y, por tanto, que la llamada Iniciativa Mérida es un ardid para dictar órdenes en la lucha contra el narcotráfico sin que los de allá se manchen la ropa. Nosotros ponemos el dinero –10 mil millones de dólares anuales–, los muertos –30 mil hasta ahora– y la inseguridad de la población –Ciudades desiertas, título, por cierto, de una excelente novela de José Agustín– y ellos, “los buenos vecinos”, continúan obteniendo las mayores ganancias y la droga para que su población no se queje.

Pero no obstante muchos asuntos conocidos, fue bueno que nos dijeran Genaro García Luna “es un perdedor”, el Ejército Mexicano es desconfiable porque no hace caso a Washington, la Marina está atenta a lo que le sugieren quienes los entrenaron y el señor José María Aznar es un confidente de primera, quien descobijó a Felipe Calderón por andarle diciendo que la corrupción y el narcotráfico en México son realmente un cáncer.

Hay más, mucho más que nos enseñan esos papeles por discutir, como el aserto de Calderón acerca de que Hugo Chávez financió a López Obrador. Algo que parece increíble si vemos el trato dado por Felipe al mandatario venezolano.

Lo importante en nuestro caso y en muchos otros, empero, es que Assange ha prestado un servicio importante a la comunidad internacional. Ha mostrado cómo se hacen las salchichas, las cuales nos comemos muy frecuentemente, pero jamás tenemos idea que se elaboran con pellejos, tripas, desechos y saborizantes. Así, de esa manera, se lleva a cabo la diplomacia: con falsedades, exageraciones y otras maneras de ver al rival.

La mayoría está de acuerdo que la develación es trascendente. Algunos, como el premio Nobel, Mario Vargas Llosa, dice que él apoya la transparencia, pero que genera peligros, ya que si un Estado se debilita, podría minar la democracia, aunque a las dictaduras no les interesa realmente lo que se publica de ellas.

Antes, Julian Assange había señalado que en donde nació (Queesland, Australia), siempre se ha desconfiado de un gobierno grande y se cree que puede corromperse si no se vigila cuidadosamente.

Y justamente de eso se trata, no de fisgonear al estilo de la novela de George Orwell 1984, sino de que los asuntos públicos no sean de unos cuantos, más bien ventilarlos en muchos lados, principalmente en los medios. Y si éstos no responden a los intereses de las mayorías porque fueron cooptados, existe alguien que nos diga lo que se ocultó y nos alerte de lo que estamos viviendo. Algo que Wikileaks está llevando a cabo.

Incluso, dicha organización ya prepara otra bomba para 2011. Anunció que dará a conocer las operaciones de un banco privado y su manera de enriquecerse, explotar a los usuarios y a los gobiernos. Eso dirán algunos, ya lo sabemos también y somos parte de la extorsión, mientras las autoridades complacientes se hacen de la vista gorda.

Pero no está de más que puntualmente se nos ilustre cómo esos financieros –a los que Carlos Marx llamaba “rateros con patente”– hicieron de las suyas y continúan saqueando nuestros cada vez más exiguos bolsillos.

Por esas cuestiones y muchas otras, se encarceló a Julian Assange, luego de ser declarado por la derecha yanqui como terrorista. El pretexto fue dos supuestas o reales –no lo sabemos– relaciones sexuales con un par de señoras. Es decir, la moral por encima de todo, en tanto un poder mundial deshonesto, imparte lecciones, como señaló Millás.

Defender a Julian es evitar la imposición de la censura. Por eso, no sólo debemos abrir sitios espejos de Wikileaks como él dijo antes de ser encarcelado. Más todavía, necesitamos boicotear a quienes lo dejaron solo o se fueron con los poderosos: Amazon, Twitter y otros instrumentos modernos. Y desde luego, hacer grupos de solidaridad con el considerado anarquista, pero hombre comunitario en serio.

Extraño. Varios excomunistas y otros aparentemente liberales pusieron el grito en el cielo por lo de Assange. Bien. Pero jamás han dicho media frase contra la represión a los medios aztecas ni han condenado los asesinatos de periodistas en estas tierras.

Son, como se dice, candiles de la calle y oscuridad de aquí.

*Periodista

Contralínea 213 / 19 de diciembre de 2010

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