Guerras de la frustración

Guerras de la frustración

Alberto Piris*/Centro de Colaboraciones Solidarias

El 12 de octubre de 2001, con motivo de la guerra en Afganistán como respuesta a los ataques terroristas del 11 de septiembre de ese mismo año contra Estados Unidos, escribí: “Es fácil desencadenar la violencia bélica contra un país de ínfimo rango militar como Afganistán. Pero, como dijo Colin Powell cuando dirigía desde el Pentágono la Guerra del Golfo, ‘si el recurso a la fuerza militar se hace a impulsos de la frustración y sin objetivos claramente propuestos, el resultado final puede ser peor que la situación inicial’”.

Afganistán entró en una espiral de guerras y violencia que contribuyó a reforzar el terrorismo y propagarlo por el mundo, como se observa hoy.

Al citar a Colin Powell no pretendía poner a este general a la altura de Clausewitz o de Sun Tzu, dictando normas de alta estrategia al prevenir del riesgo que corre un Estado cuando recurre a la guerra “a impulsos de la frustración”. Fue un sensato militar, fiel a su gobierno que, como secretario de Estado, en febrero de 2003 tuvo que asumir el papelón de convencer al Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas de que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva.

Utilizó para ello unas falsas pruebas que él calificó de “irrefutables e innegables”. No tuvo mucho éxito inicial entre los miembros del Consejo, aunque sí logró el apoyo de Ana de Palacio, representante de España como miembro no permanente del Consejo y ministra de Asuntos Exteriores de José María Aznar. Éste apoyaría en la reunión de las Azores la decisión de Bush de atacar a Irak saltándose la legalidad internacional.

Lo que hoy observamos en Oriente Medio con la ofensiva internacional desencadenada contra el Estado Islámico es también una guerra motivada por una frustración general de múltiples orígenes. Quizá el principal sea la acuciante necesidad de “hacer algo” ante la brutalidad exhibida por los combatientes del Estado Islámico. ¿Qué hacer?, se preguntan, con tal de que sea algo que no repita los errores de anteriores intervenciones pero que muestre una firmeza disuasoria ante el terrorismo.

Frustración aún mayor porque algunos gobiernos afrontan compromisos electorales a los que conceden más importancia que lo que les pueda ocurrir a los pueblos mesopotámicos y sus vecinos, enzarzados en un conflicto de múltiples actores y enrevesados motivos, donde cualquier intervención puede acarrear consecuencias imprevisibles y complicar una situación enmarañada.

Conviene tener presente la sensación de confianza en sí mismos que a algunos gobiernos les producen las aventuras militares en el extranjero, así como el efecto político de agitar graves amenazas, lo que hace más fácil acallar las disensiones internas debidas a otros problemas.

Fruto de este planteamiento de la guerra es la decisión de resolverla desde el aire. Unos cuantos Estados de la vasta coalición, unos 60 países, contribuyen con sus aviones a bombardear a las tropas del Estado Islámico, sus instalaciones y recursos logísticos. Pero si no hay botas que pisen el terreno y operaciones terrestres que desalojen por la fuerza a los invasores, las operaciones aéreas podrán aumentar el prestigio de los gobernantes que las ordenan y facilitarles el próximo éxito electoral, pero no van a ganar la guerra.

Como recordaba un activista kurdo en la ciudad siria de Kobane, “cuando mueren cinco combatientes del Estado Islámico después de un bombardeo, ellos envían 50 más”. Y si una posición es destruida desde el aire, pronto será reconstruida en otro lugar más protegido y guarnecida por nuevos voluntarios.

Un conflicto que afecta ya directamente a Siria, Irak, Israel, Irán, a un pueblo sin Estado –los kurdos– y a dos países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte –Estados Unidos y Turquía–, y sobre el que se trenzan nuevas y antiguas rivalidades económicas, religiosas y culturales no encontrará solución en la guerra, ni aunque ésta se desarrollara como propugnaba el citado Colin Powell aplicando una potencia sin límites y con la mayor velocidad posible.

Las armas occidentales sembraron el caos en Mesopotamia y regiones contiguas, en sus fallidos esfuerzos por destruir unas armas de destrucción masiva que no existían y por implantar una democracia en la que ni creían quienes recurrieron a la guerra. La lista de desastres que aún pueden abatirse sobre las tierras que vieron nacer las primeras civilizaciones de la historia está por escribirse. Y todo indica que una vez más se escribirá con la sangre vertida en nuevas guerras, producto inevitable de la frustración.

Alberto Piris*/Centro de Colaboraciones Solidarias

*General de artillería en reserva del Ejército de Tierra (Fuerzas Armadas Españolas)

 

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Contralinea 410 / del 02 al 08 Noviembre del 2014

 

 

 

 

 

 

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