Al menos 49 millones de personas podrían enfrentar hambre aguda hacia finales de 2027 si El Niño alcanza la intensidad prevista. El fenómeno ya se desarrolla sobre un Pacífico ecuatorial con temperaturas de hasta 2.6 °C por encima del promedio y podría persistir hasta febrero de 2027, con efectos sobre cosechas, agua e ingresos. Mientras tanto, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el calentamiento global podría superar los 1.5 °C durante los próximos años.
Al menos 49 millones de personas adicionales podrían enfrentar hambre aguda hacia finales de 2027 si el actual episodio de El Niño alcanza la intensidad prevista, de acuerdo con una estimación del Programa Mundial de Alimentos (PMA). Bajo ese escenario, el organismo calcula que la población en situación de inseguridad alimentaria en 45 países vulnerables aumentaría de unos 225 a 274 millones de personas, un incremento cercano al 22 por ciento.
El riesgo se suma a las presiones que enfrentan la producción de alimentos y el acceso al agua. El aumento de las temperaturas y la ocurrencia de sequías, inundaciones y otros fenómenos extremos pueden agravar las condiciones de las comunidades que dependen de las lluvias y de la agricultura para alimentarse y obtener ingresos.
El Niño puede alterar los patrones de temperatura y precipitación en distintas regiones del mundo. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) señala que el fenómeno ya está establecido y podría fortalecerse hasta alcanzar una intensidad muy alta hacia finales de 2026. La organización estima, además, una probabilidad cercana al 100 por ciento de que el episodio persista hasta febrero de 2027.
Aunque se desarrolla sobre un sistema climático que ha experimentado un calentamiento sostenido, El Niño no es provocado por el cambio climático. Es un patrón natural de variabilidad climática que aparece, en promedio, cada dos a siete años, y se caracteriza por un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental. El episodio actual ocurre, además, sobre un océano que ya registra temperaturas excepcionalmente elevadas, una condición que puede influir en la intensidad de sus efectos.
Las mediciones de la OMM muestran la magnitud de ese calentamiento. En la zona central y oriental del Pacífico ecuatorial, la temperatura superficial del mar se mantuvo entre mayo y julio de 2026 alrededor de 1.5 °C por encima del promedio, mientras que en julio la anomalía alcanzó 2 °C. Entre finales de julio y mediados de agosto, los registros semanales aumentaron todavía más, hasta ubicarse aproximadamente entre 2.2 y 2.6 °C por encima de lo habitual.
El calor tampoco se concentra en la superficie del océano. Durante julio y principios de agosto, algunas zonas del Pacífico tropical registraron temperaturas subsuperficiales de más de 8 °C por encima del promedio, según la OMM. La organización vigila este calentamiento para determinar cómo evoluciona el fenómeno y evaluar sus posibilidades de intensificación.
La OMM prevé que los efectos de El Niño se extiendan durante buena parte de 2027. Un episodio de esta magnitud puede modificar los patrones de precipitación y temperatura, y alterar la circulación atmosférica en distintas regiones.
La intensidad del fenómeno no determina por sí sola la gravedad de sus efectos en un país específico. La ubicación geográfica, la época del año y la interacción de El Niño con otros sistemas climáticos de los océanos Índico y Atlántico pueden hacer que una región registre déficits de lluvia y otra precipitaciones superiores a lo habitual.
Para el periodo comprendido entre septiembre y noviembre de 2026, los modelos utilizados por la OMM proyectan una mayor probabilidad de temperaturas superiores a lo normal en prácticamente todas las zonas terrestres, así como patrones de precipitación asociados con un episodio fuerte de El Niño. Los efectos previstos dependerán de las condiciones climáticas de cada región.
Afectaciones en la agricultura
Las alteraciones asociadas con El Niño pueden afectar directamente la producción de alimentos: una sequía prolongada reduce el rendimiento de las cosechas, mientras que las inundaciones pueden destruir cultivos, infraestructura y medios de subsistencia. Estas pérdidas pueden reducir los ingresos de las familias productoras, presionar al alza los precios y limitar la disponibilidad de alimentos.
Aunque el punto máximo del fenómeno está previsto entre septiembre y diciembre de 2026, sus efectos sobre la producción pueden extenderse más allá de esos meses. Un cambio en las lluvias o las temperaturas puede alterar un ciclo agrícola completo y comprometer las cosechas siguientes, de modo que las consecuencias sobre la disponibilidad de alimentos pueden permanecer incluso después de que El Niño comience a perder intensidad.
El riesgo aumenta en poblaciones que ya enfrentan pobreza, conflictos, inestabilidad económica o exposición recurrente a eventos extremos. El PMA recuerda que El Niño de 2015-2016 afectó la seguridad alimentaria de entre 60 y 100 millones de personas. En esas condiciones, una cosecha perdida o un incremento en el precio de los alimentos puede reducir todavía más la capacidad de los hogares para cubrir sus necesidades básicas y recuperarse antes de la siguiente temporada.
América Latina y el Caribe también está entre las regiones expuestas. El PMA calcula que más de 16 millones de personas podrían ver deteriorada su seguridad alimentaria, mientras que Centroamérica registraría el mayor incremento proporcional entre las regiones analizadas, con 83.1 por ciento.
Para los hogares que dependen de la agricultura y de las lluvias, una temporada adversa puede comprometer mucho más que una cosecha. La pérdida de ingresos puede limitar la compra de alimentos, la posibilidad de sustituir una fuente de abastecimiento o la capacidad para enfrentar un aumento de precios, lo que deja a las familias con menos recursos para afrontar el siguiente ciclo agrícola.
Desde mayo, el PMA ha activado mecanismos de preparación y respuesta en más de 50 países, incluidos Guatemala y El Salvador. En estos lugares se han destinado recursos a transferencias de dinero, seguros contra desastres, financiamiento anticipado y otras medidas para reducir las pérdidas provocadas por inundaciones, sequías y tormentas.
La acción anticipatoria también puede reducir los costos de una emergencia. El PMA calcula que por cada dólar destinado a estos programas pueden ahorrarse entre tres y siete dólares en pérdidas evitadas y costos de respuesta humanitaria. Estos mecanismos permiten destinar recursos antes de que ocurra un desastre, cuando todavía es posible proteger cultivos, ingresos y medios de subsistencia.
Para las poblaciones que dependen de la agricultura y de las lluvias, contar con apoyo antes de una inundación, sequía o tormenta puede marcar la diferencia entre perder sus medios de subsistencia y conservar parte de ellos. La preparación permite reducir los daños y facilitar la recuperación posterior.
El límite de los 1.5 °C
El episodio de El Niño ocurre dentro de un sistema climático que ha experimentado un calentamiento sostenido. El informe más reciente del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierte que el mundo probablemente superará los 1.5 °C de calentamiento respecto de los niveles preindustriales durante los próximos años.
Las proyecciones del PNUMA muestran que el calentamiento no se detendría en ese nivel. Incluso bajo la trayectoria considerada más favorable, la temperatura podría alcanzar un máximo de 1.8 °C, mientras que otras proyecciones contemplan incrementos superiores a los 2 °C. A medida que aumenta la temperatura, también se intensifican algunos riesgos para las poblaciones y los ecosistemas.
Superar los 1.5 °C no significa que el planeta cruce una frontera física a partir de la cual se desencadene automáticamente una catástrofe. Los impactos aumentan de manera gradual: algunos fenómenos extremos pueden volverse más frecuentes o severos y crecer la probabilidad de cambios difíciles, o incluso imposibles, de revertir.
Entre los procesos que preocupan se encuentran la desestabilización de grandes capas de hielo, la degradación de la Amazonia y modificaciones en importantes sistemas de circulación oceánica. El PNUMA no plantea que estos cambios ocurran de manera simultánea ni que se desencadenen automáticamente al superar los 1.5 °C; señala que el riesgo de algunos de estos procesos aumenta conforme se acumula más calentamiento.
Superar temporalmente los 1.5 °C tampoco impediría necesariamente que la temperatura regresara posteriormente por debajo de ese nivel. El PNUMA contempla una trayectoria de “sobrepaso, punto máximo y descenso”, en la que el calentamiento alcanza un máximo para después disminuir. Para acercarse a ese escenario sería necesario reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de manera inmediata y sostenida.
El tiempo que el planeta permanezca por encima de 1.5 °C también influirá en la magnitud de los impactos. Un periodo más prolongado de temperaturas elevadas aumenta la exposición de las poblaciones y los ecosistemas y puede agravar algunos daños. Reducir las emisiones con rapidez permitiría limitar tanto el nivel máximo de calentamiento como la duración del sobrepaso.
Alcanzar las emisiones netas cero no sería suficiente para regresar por debajo de 1.5 °C después de un periodo de sobrepaso. Para conseguirlo serían necesarias emisiones netas negativas: retirar de la atmósfera más dióxido de carbono del que se emite. El PNUMA advierte que las técnicas para retirar carbono no pueden sustituir la reducción de las emisiones y que su utilización también plantea riesgos ambientales y sociales que requieren mecanismos de gobernanza.
El PNUMA señala que limitar el calentamiento requiere reducir las emisiones en el corto plazo. Entre las medidas planteadas están acelerar la eliminación progresiva de los combustibles fósiles, ampliar las energías renovables, reducir las emisiones de metano y proteger bosques, tierras y océanos.
Estas acciones deben avanzar junto con la adaptación: reducir las emisiones mientras se fortalecen las capacidades de las poblaciones para enfrentar los cambios que ya están ocurriendo.
Un problema que no termina con El Niño
El actual episodio de El Niño eventualmente perderá fuerza, pero sus efectos pueden prolongarse más allá de los meses de mayor intensidad. Una cosecha perdida, una menor disponibilidad de agua o un aumento en el precio de los alimentos pueden dejar a las familias con menos recursos para enfrentar la siguiente temporada agrícola.
En las comunidades que dependen de la agricultura y de las lluvias, una temporada adversa puede traducirse en menores ingresos, dificultades para acceder a alimentos y menos capacidad para recuperarse antes del siguiente ciclo. Si a ello se suman nuevas sequías, inundaciones o tormentas, las pérdidas pueden acumularse.
El Programa Mundial de Alimentos (PMA) ha activado mecanismos de acción anticipatoria en más de 50 países para reducir las pérdidas asociadas con estos fenómenos. La Organización Meteorológica Mundial (OMM), por su parte, mantiene sistemas de vigilancia y alerta para seguir la evolución de las condiciones climáticas y anticipar sus posibles efectos.
También, el episodio actual se desarrolla sobre un planeta que continúa calentándose. El PNUMA estima que el calentamiento global podría superar los 1.5 °C respecto de los niveles preindustriales durante los próximos años y alcanzar niveles superiores dependiendo de la trayectoria de las emisiones.
Así, mientras El Niño tiene un inicio, una fase de mayor intensidad y un eventual debilitamiento, las condiciones climáticas de fondo continúan cambiando. Para millones de personas, esa combinación puede significar enfrentar un fenómeno temporal dentro de un escenario de temperaturas más altas, mayor exposición a eventos extremos y una producción de alimentos cada vez más vulnerable.



















