Resulta que la guerra cognitiva no aparece, por ahora, como una categoría formal autónoma y central en la agenda oficial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la Semana de Alto Nivel del 21 al 28 de septiembre de 2026. Pero sería un error concluir que el fenómeno está fuera de la agenda. Está entrando por varias puertas: IA, integridad de la información, desinformación, manipulación digital, extremismo violento, seguridad internacional y resiliencia democrática. La agenda oficial de la Asamblea enumera el debate general, clima, desarrollo, nivel del mar, pandemias y otros grandes asuntos; no incluye una reunión titulada específicamente “guerra cognitiva”.
Y lo más parecido ocurrirá el 24 de septiembre cuando, al margen de la Asamblea General, se realizará en Naciones Unidas el encuentro Governance, Technology and Trust in the Age of AI, dedicado a cómo parlamentos y diplomacia parlamentaria pueden enfrentar las narrativas terroristas en línea. El documento de Naciones Unidas reconoce que IA, redes sociales, plataformas de videojuegos y comunicaciones cifradas están modificando la producción y circulación de propaganda, reclutamiento, desinformación, manipulación emocional y polarización identitaria. Es decir, aunque la ONU no utilice necesariamente la expresión “guerra cognitiva”, está describiendo varios de sus mecanismos fundamentales.
Entonces la paradoja más inquietante de nuestro tiempo podría formularse así: cuanto más sofisticados se vuelven los dispositivos destinados a conquistar la conciencia, más difícil resulta percibir que la conciencia misma se ha convertido en territorio de conquista. La guerra cognitiva puede aparecer ante nuestros ojos como una guerra sin soldados, mientras sus efectos atraviesan aquello que parecía más íntimo: la atención, el deseo, el miedo, la memoria, la confianza, la capacidad de distinguir una experiencia de una representación. La paradoja adquiere su verdadera dimensión cuando advertimos que el campo de batalla no está solamente fuera de nosotros: una parte decisiva de la confrontación consiste en intervenir sobre las condiciones mediante las cuales construimos aquello que llamamos “afuera”.
No es de creerse, pero la Organización de las Naciones Unidas todavía no coloca la expresión “guerra cognitiva” como categoría rectora de su agenda, aunque sus distintas piezas empiezan a dibujar el mapa de ese territorio. Esta semana, por ejemplo, Naciones Unidas abordará la relación entre gobernanza, tecnología, confianza y narrativas extremistas en línea, mientras sus organismos vienen trabajando sobre integridad de la información, desinformación, manipulación emocional y los efectos de la inteligencia artificial sobre la esfera pública. La cuestión merece ser mirada con una lente más profunda que la del simple peligro tecnológico.
Porque cuando una sociedad recibe millones de mensajes, imágenes, sonidos y estímulos cuya circulación puede ser calculada, segmentada y optimizada algorítmicamente, la mercancía que se disputa ya no es únicamente un objeto: se disputa el tiempo humano, la atención social y la capacidad colectiva de producir significado. Ahí comienza una economía política de la conciencia. El capital necesita reproducirse, ampliar mercados, anticipar comportamientos, conquistar preferencias; las tecnologías contemporáneas permiten acercarse como nunca antes a las zonas donde se forman hábitos, expectativas y deseos. La pantalla parece ofrecer libertad de elección mientras una arquitectura invisible organiza el universo de posibilidades dentro del cual elegimos. El sujeto recibe opciones y, al mismo tiempo, puede desconocer quién diseñó el campo de opciones.
Esta es una contradicción particularmente fecunda: la expansión de las posibilidades técnicas puede coexistir con una concentración inédita de las condiciones que determinan qué posibilidades llegan a ser perceptibles. Naciones Unidas reconoce ya que los avances de la IA han elevado urgentemente el problema de la integridad informativa y que los algoritmos opacos pueden encerrar a las personas en burbujas informativas, reforzar prejuicios y deteriorar la confianza pública. La guerra cognitiva aparece entonces menos como una fantasía futurista que como una forma avanzada de lucha por las mediaciones sociales de la realidad.
En el informe reciente del Comité contra el Terrorismo de Naciones Unidas resulta revelador: describe la propaganda como infraestructura operativa y registra el empleo creciente de IA para personalizar mensajes, ampliar el alcance multilingüe, reclutar y adaptar contenidos a públicos específicos. Ese dato permite comprender una transformación decisiva: el poder contemporáneo ya no necesita dirigirse a una multitud homogénea. Puede fabricar mensajes diferenciados para individuos y pequeños grupos, convertir las diferencias sociales en variables de precisión y transformar cada vulnerabilidad en una posible puerta de entrada. El antiguo propagandista hablaba a las masas; el sistema algorítmico puede aprender a hablarle a cada fragmento de la masa. La diferencia parece técnica, pero es profundamente social.
Cuando la comunicación puede personalizarse a escala industrial, la conciencia colectiva corre el riesgo de fragmentarse en millones de experiencias informativas incompatibles. La sociedad conserva un mismo territorio físico mientras pierde progresivamente un horizonte común de interpretación. Esa fractura tiene consecuencias políticas porque una clase social puede compartir condiciones materiales objetivas y, simultáneamente, recibir representaciones completamente diferentes acerca de las causas de su propia situación.
Aquí aparece una de las operaciones más sofisticadas del poder: hacer que una contradicción material aparezca como un problema psicológico individual, una rivalidad cultural, una disputa moral o una enemistad entre grupos que padecen condiciones semejantes. La explotación puede quedar fuera de cuadro mientras el conflicto se desplaza hacia símbolos, identidades, agravios y enemistades cuidadosamente amplificadas.
No se necesita inventar las contradicciones: basta con administrarlas, intensificarlas y separarlas de sus determinaciones históricas. La guerra cognitiva puede producir así una extraordinaria inversión semiótica: aquello que debería conducir a comprender la estructura social termina funcionando como mecanismo para ocultarla. La conciencia recibe abundancia de información y puede perder capacidad de totalización. Sabe más detalles y comprende menos relaciones. Allí reside una tarea fundamental para una verdadera revolución de las conciencias: reconstruir la capacidad de relacionar aquello que el sistema presenta fragmentado. Leer una noticia junto a sus condiciones de producción; una imagen junto al interés que la vuelve visible; un conflicto cultural junto a la economía que lo atraviesa; una tecnología junto a las relaciones de propiedad que determinan su uso.
Esa pedagogía no puede reducirse a enseñar a detectar noticias falsas. Hace falta algo más exigente: aprender a preguntar qué relaciones sociales hacen posible que determinada representación aparezca, circule, se repita y adquiera apariencia de evidencia. La ética adquiere aquí una dimensión material. Defender la dignidad humana significa defender también el derecho colectivo a no ser convertido en materia prima de sistemas de predicción, persuasión y manipulación. La estética participa de la misma lucha porque las formas sensibles nunca son inocentes: una imagen organiza una mirada, un montaje ordena una emoción, una narrativa establece protagonistas y culpables, una repetición fabrica familiaridad. La lucha por la conciencia es también una lucha por las formas.
De ahí que la cuestión de la IA no pueda encerrarse en una discusión sobre regulación técnica. El propio presidente de la Asamblea General ha advertido que las capacidades más avanzadas están concentradas en pocas empresas y en un reducido número de Estados, por lo que plantea la necesidad de una gobernanza internacional que amplíe la participación y evite que los beneficios y riesgos se distribuyan de manera desigual. La pregunta decisiva pasa entonces de “¿qué hará la inteligencia artificial?” a otra mucho más incómoda: “¿qué relaciones de poder serán capaces de hacer determinadas cosas mediante la inteligencia artificial?”
Allí desaparece el fetichismo tecnológico. La máquina deja de presentarse como sujeto autónomo de la historia y vuelve a aparecer como producto de relaciones humanas, capitales, instituciones, conocimientos y decisiones. La verdadera guerra cognitiva no comienza cuando una máquina fabrica una mentira perfecta; comienza cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer quién posee las condiciones materiales para fabricar las verdades que millones de personas consumen como si hubieran nacido espontáneamente. Naciones Unidas está empezando a reunir las piezas: IA, integridad informativa, propaganda, seguridad, confianza, derechos humanos y gobernanza. El desafío histórico consiste en darles una lectura capaz de descubrir su relación interna.
Porque cuando una institución internacional como la ONU empieza a hablar de manipulación emocional, polarización, narrativas, algoritmos, bots, deepfakes, propaganda y capacidad de atacar simultáneamente a millones de personas, ya está describiendo buena parte del territorio de la guerra cognitiva, aunque todavía no lo denomine así. La pregunta que queda abierta es quién conseguirá dominar y mercantilizar ese territorio: las instituciones multilaterales, los Estados, las corporaciones tecnológicas o los aparatos militares y de inteligencia. La respuesta determinará también qué se entiende internacionalmente por “seguridad” en la era de la IA.
Porque la forma más eficaz de dominar una conciencia no consiste en prohibirle pensar: consiste en ofrecerle tantas interpretaciones prefabricadas que termine confundiendo abundancia de opiniones con libertad de pensamiento. Recuperar la conciencia significa romper esa ilusión, volver visibles las relaciones ocultas, reconstruir el vínculo entre experiencia y estructura, entre símbolo y propiedad, entre lenguaje y poder. Recuperar la conciencia de clase. Allí comienza una política de la emancipación capaz de entrar en el territorio donde se decide una parte creciente de nuestra época: no solamente quién controla las máquinas, sino quién consigue que una sociedad piense el mundo con categorías que otros han construido para ella.



















